Homilía del Domingo II de Pascua (Ciclo C)

DOMINGO II DE PASCUA (C)

Lecturas: Hch 5, 12-16; Ap 1, 9-11a.12-13.17-19; Jn 20, 19-31

Dios misericordioso. Hoy es la fiesta de La Divina Misericordia. Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo (Ef 2, 4-5). La misericordia de Dios aparece repetidas veces en el Evangelio, especialmente en los pasajes en los cuales Cristo perdona los pecados (por ejemplo, al paralítico de Cafarnaúm, a la mujer sorprendida en adulterio, a la pecadora que le ungió los pies con perfume) y en las parábolas de la misericordia (entre otras, el hijo pródigo, la oveja perdida).

Pero también en el Antiguo Testamento hay bastantes pasajes que hablan de la misericordia divina, en todos aquellos en los que hay cambios de planes por parte de Dios: Nínive no fue destruida porque Dios vio el arrepentimiento y la penitencia de sus habitantes; Sodoma no hubiera sido destruida si hubiera habido 50 justos, a pesar de que Dios fue bajando la cifra a petición de Abrahán (45, 40, 30, 20, 10); Dios, a causa de una nueva infidelidad de los israelitas, decidió exterminar al Pueblo elegido. Moisés intercedió y Yavé se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo (Ex 32, 14).

Confianza en Dios. Somos pecadores y debemos acudir a la misericordia de Dios; implorar la clemencia de Dios, como hizo el rey David después de su doble pecado. El Salmo 50 (Miserere) es toda una llamada al corazón de Dios. Misericordia, Dios mío, por tu gran bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado (vv. 3-4). El rey David, autor de este salmo, reconoce su pecado. Porque yo reconozco mi maldad, y delante de mí tengo siempre mi pecado. Contra Ti solo he pecado; y he cometido la maldad delante de tus ojos (vv. 5-6).

Y tiene confianza en Dios. Con atrevimiento le dice: Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades (v. 11). Y tiene propósito de enmienda, sabiendo que necesita la ayuda divina: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renuévame por dentro con espíritu firme. (…) Yo enseñaré tus caminos a los malos, y se convertirán a Ti los impíos (vv. 12.15).

Un amor que no se apaga. La respuesta de Dios al pecado de nuestros primeros padres, contenida en el capítulo 3 del Génesis, nos permite conocer desde el principio a Dios como infinitamente justo y al mismo tiempo infinitamente misericordioso. El amor de Dios no se apagó; y a lo largo de toda la historia de la humanidad, a pesar de la ingratitud y pecados de los hombres, siguió -y sigue- derramando gracias sobre sus criaturas y mostrando su misericordia. Por eso, la Santa Iglesia implora al Corazón Sacratísimo y Misericordioso clemencia para todos sus hijos.

Recordando las palabras del Magnificat de Santa María, que proclama la misericordia de generación en generación, pidamos la misericordia divina para la generación contemporánea. Supliquemos a Nuestra Señora que en cada de nosotros se cumplan las palabras del sermón de la montaña. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7).

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