Homilía del Domingo III de Pascua (Ciclo C)

DOMINGO III DE PASCUA (C)

Lecturas: Hch 5, 27b-32.40b-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19

La misión de enseñar. ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? También hoy día hay quienes quieren que la Iglesia no enseñe, que no predique el Evangelio, que no transmita la doctrina recibida del mismo Jesucristo. Personas que sólo están dispuestas a oír lo que halaga a sus oídos, pero no de algunos de los  preceptos del Decálogo. Sí, que se hable del Cielo, pero el infierno ni nombrarlo; sí, de la misericordia de Dios, pero no de su justicia. Y hoy como ayer, la Iglesia es fiel a la misión recibida del divino Maestro. Habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina, dijeron de los apóstoles; y sus sucesores -los obispos- durante dos mil años no han dejado de enseñar las verdades de fe y la moral católica.

En la época de la tolerancia, sólo se es intolerante con aquellos ‑el Papa entre ellos‑ que defienden enérgicamente sus principios, sobre todo morales, y que osan disentir de lo que las todopoderosas mayorías consideran como permisible, tanto si es el aborto o la eutanasia como si se trata de las relaciones sexuales prematrimoniales. Prueba de esto son los ataques a Benedicto XVI por decir, al referirse al problema del sida, que no se puede solucionar este flagelo distribuyendo preservativos.

Fidelidad a Cristo. Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Papa, como Buen Pastor indica a las ovejas del rebaño de Cristo el camino a seguir, a la vez que denuncia los senderos equivocados. Y aunque un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y toma otros derroteros en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia, no por ello deja de decir que ha errado el camino. Seguir fielmente a Cristo quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico.

Es lógico que la enseñanza de la Iglesia choque frontalmente con la sociedad permisiva y hedonista de nuestra época, que margina a Dios. Sin embargo, no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia “Cuerpo de Cristo”; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (Juan Pablo II).

Un buen propósito. El Papa no desaprovecha ocasión para sembrar la buena semilla de la doctrina cristiana, de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Pero también somos conscientes de que el demonio, enemigo de Dios y de la salvación de las almas, no descansa en su afán por ahogar la siembra de doctrina que el Santo Padre derrama a manos llenas.

En la actualidad, con los medios de comunicación que hay, podemos estar al día del magisterio del Papa: encíclicas, homilías, mensajes, discursos… No nos conformemos con la breve reseña que aparece en algunos periódicos. Conozcamos bien sus enseñanzas, seamos propagadores de su palabra, porque su Magisterio es el verdadero, el que contiene la doctrina de Cristo, y queremos que llegue a todos los pueblos de la tierra.

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