Homilía del Domingo IV de Pascua (Ciclo C)

DOMINGO IV DE PASCUA (C)

Lecturas: Hch 13, 14.43-52; Ap 7, 9.14b-17; Jn 10, 27-30

Camino y Luz. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Quienes seguimos a Cristo no caminamos a oscuras. Él, con sus pisadas, nos muestra el camino para llegar al Cielo; un camino que el mismo Jesús llena de luz. La luz es siempre símbolo de vida, de verdad y de amor. La luz es manifestación de la verdad. Sin verdad, todo es confusión. Las tinieblas son símbolo de muer­te. Caminar en la oscuridad es estar perdido.

Y porque buscamos la vida, pero no una vida cualquiera sino la vida eterna que es la única que merece la pena, nos acercamos a Cristo, que es la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre (Jn 1, 8). Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida (Jn 8, 12). Jesús es nuestro camino, el camino que conduce al Padre. Nos acompaña, como hizo con los discípulos de Emaús. Nos muestra el sentido de nuestro caminar. Nos espera al final del camino, cuando llegue el momento de la recompensa.

Único camino. Sígueme, dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. Sígueme, esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse como la llave para comprender la vida cristiana. Seguir a Cristo, avanzar por la senda que nos señala, no es otra cosa que ser fiel a la vocación cristiana. Estamos convencidos de que los mandatos de Dios son el único camino para llegar a la santidad. Los marineros no miran al cielo sino para buscar la tierra; por el contrario, los cristianos… no miran a las cosas de la tierra nada más que para buscar a Cristo que está en los cielos (San Francisco de Sales).

Cuando se anda, cuando se recorre un camino suelen aparecer síntomas de cansancio. En este camino divino de seguimiento a Cristo hay que avanzar siempre y rechazar los síntomas de fatiga o de acostumbramiento malo. En la vida cristiana siempre hay que avanzar, porque pararse es ya retroceder. Y con nuestro caminar lleno de alegría, mostraremos a muchas personas desorientadas el camino que conduce a Dios.

Sólo en Cristo. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. No es fácil reconocer y encontrar la auténtica felicidad en el mundo en que vivimos. Sólo en Jesucristo está la salvación del hombre. Estemos plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en nosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo.

Sólo en Cristo, Camino, Verdad y Vida, encontraremos la verdadera vida. Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón (Benedicto XVI).

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