Homilía del Domingo V de Pascua (Ciclo C)

DOMINGO V DE PASCUA (C)

Lecturas: Hch 14, 21b-27; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35

El mandamiento. Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos para con otros. Son las palabras de despedida de Jesús antes de su muerte. Han transcurrido ya muchos años -veinte siglos- desde que estas palabras del Maestro fueron proclamadas; sin embargo, para muchas personas bautizadas, éste sigue siendo un mandamiento nuevo, porque apenas lo cumplen o lo practican muy poco. Hoy hombres y mujeres parece que sólo se mueven por egoísmos, sin tener en cuenta las necesidades de sus semejantes. De ahí que proliferen en nuestros días violencias, odios, rencores, venganzas, incomprensiones, enemistades…

Hagamos nuestra la oración de san Francisco de Asís: Señor, hazme instrumento de tu paz. Donde haya odio, siembre yo amor; donde haya injuria, perdón; donde haya tristeza, alegría, donde hay desaliento, esperanza. ¡Oh Divino Maestro!, que no busque ser consolado, sino consolar; que no busque ser querido, sino amar; que no busque ser comprendido, sino comprender.

Servir a los hermanos. El Apóstol de los gentiles nos dice: Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6, 2). Debemos hacer esto con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, de tal forma que esa ayuda pase inadvertida. Dios sí la tendrá en cuenta y la premiará. A veces, el cariño, la comprensión y la amabilidad tienen más valor que la limosna, que no es la forma más elevada de caridad.

El beato Juan Pablo II nos apremiaba a ser buen samaritano: Sentíos siempre al servicio de los hermanos que caminan con nosotros por el sendero polvoriento y fatigoso de la vida. ¡Cuánto hay que amar hoy! ¡Cuánta necesidad de amor se palpa en toda clase de personas! Tenéis una tarea maravillosa que cumplir, pues podéis amar, ayudar, aliviar, consolar e iluminar con la “gracia” divina que os acompaña siempre (Juan Pablo II).

Corazón amante. Pidamos al Señor tener un corazón a la medida del suyo; un corazón amante y lleno de misericordia. Un corazón humano que goza y sufre, pero que no deja de amar; un corazón que tenga los mismos sentimientos que el suyo. Preguntémonos: ¿Cómo amaba Cristo? La vida de Jesús nos enseña a tratar a cada uno según sus circunstancias particulares. El cariño de Cristo no se esconde en el anonimato de la multitud, ni se difumina entre la turba de los que le siguen: se dirige a cada uno, de modo personal e íntimo.

La preocupación de Jesús por cada persona era todavía más evidente con quienes tenía más cerca. Y así, como amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro (Jn 11, 5), le vemos llorar ante la muerte del amigo querido y conmoverse. En otra ocasión, el Señor se preocupa por el descanso de los discípulos: venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco (Mc 6, 31). El amor, el cariño, arrastra. Por eso debemos servir con amor. A las personas también hay que ganarlas con cariño, con una amistad sincera, desinteresada.

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