Homilía del Domingo VII de Pascua (Ciclo C)

DOMINGO VII DE PASCUA (C)

Lecturas: Hch 7, 55-60; Ap 22, 12-14.16-17.20; Jn 17, 20-26

Protomártir. Se pusieron a lapidar a Esteban, que oraba diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Puesto de rodillas clamó con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y con estas palabras murió. De esta forma tan sencilla, san Lucas cuenta la muerte del primer mártir del Cristianismo. Hay un cierto paralelismo entre la muerte de Jesús y la de Esteban. El discípulo siguió a su Maestro en las palabras y en las obras. Esteban tiene la sabiduría irresistible que Jesús había prometido a sus discípulos. También, como Jesús, es acusado de blasfemia por medio de un falso testimonio.

Más tarde, antes de su muerte, Esteban contempla la visión del Hijo del Hombre triunfante; la misma que había profetizado Jesús. Finalmente, lo mismo que Cristo, perdona a quienes le dan muerte y se abandona al designio de Dios. Así convenía que fuese el primer mártir de Cristo, para que por ser, con su gloriosa muerte, modelo de los mártires venideros, no sólo hiciese de pregonero de la pasión del Señor, sino que le imitase también en mansedumbre e inmensa paciencia (San Cipriano).

Corona de gloria para la Iglesia. Durante toda su historia, la Iglesia ha sido perseguida. Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires, verdaderos testigos de la fe. Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese amor más grande que compendia cualquier otro valor: Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada por Jesús en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23 ,34) (Juan Pablo II).

El número de mártires es incontable. Personas de todas clases sociales -hombres y mujeres, ancianos y niños, eclesiásticos y seglares- sufrieron por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia. En todos ellos, algo común: murieron perdonando.

Coherentes con la fe. Morir por la fe es un don para algunos: vivir la fe es una llamada para todos. El justo vivirá de la fe (Rm 1, 17). Una fe que debe ejercitarse y ponerse por obra. Un cristiano debe ser siempre coherente con su fe, y a estar dispuesto a sufrir persecución por su fidelidad a Cristo. Quien se acobarde o se avergüence de portarse como cristiano no será reconocido por Cristo como discípulo suyo. Un hombre de fe nunca se avergüenza del Evangelio, ni se deja arrastrar por el ambiente de mundanidad que le rodea; y sí procura influir en la sociedad para cristianizarla.

Siendo niño, a san Josemaría Escrivá no le gustaban nada las visitas; cuando llegaban las amigas de su madre, corría a esconderse debajo de la cama. Entonces su madre le reñía cariñosamente y aprovechaba la ocasión para dejarle una enseñanza indeleble en el alma: Josemaría, la vergüenza, sólo para pecar. ¿Vergüenza de que nos vean cumplir nuestros deberes para con Dios? ¡Qué disparate! ¡Fuera los respetos humanos!

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