Homilía de la Solemnidad de Pentecostés (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (C)

Lecturas: Hch 2, 1-11; 1 Co 12, 3b-7.12-13; Jn 20, 19-23

Efusión. En el día de Pentecostés, el Señor resucitado, sentado a la derecha del Padre, envió el Espíritu Santo a sus discípulos reunidos en el cenáculo. Por el sacramento de la Confirmación, los bautizados reciben también una efusión especial del Espíritu Santo, como aquella que fue concedida a los Apóstoles en Pentecostés. Por la fuerza del Espíritu Santo, Pedro y los apóstoles predicaron el Evangelio hasta los confines de la tierra.

La Confirmación, sacramento del Espíritu Santo, concede al cristiano una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana con firmeza y con íntima convicción. Esa fuerza se requiere para defender la fe y para vencer a los enemigos exteriores: el demonio, el mal ejemplo, las malas inclinaciones, el mal que existe en el mundo y también las persecuciones, abiertas o solapadas, que se desatan contra los cristianos. Además, la Confirmación da vigor para colaborar en la santificación del mundo y actuar como apóstol allí donde vive y trabaja.

El poder del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza (Hch 1, 8). Abramos nuestros corazones al poder del Espíritu de Cristo y a la riqueza de sus dones. Pero, ¿qué es este “poder” del Espíritu Santo? Es el poder de la vida de Dios. Es el poder del mismo Espíritu que se cernía sobre las aguas en el alba de la creación y que, en la plenitud de los tiempos, levantó a Jesús de la muerte. Es el poder que nos conduce, a nosotros y a nuestro mundo, hacia la llegada del Reino de Dios (Benedicto XVI).

Este “poder” fortalece la fe y la vida sobrenatural recibida en el Bautismo; concede la ayuda necesaria para no dejarse arrastrar por las tentaciones o por un ambiente contrario a la fe y a la moral de Jesucristo; introduce más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y hace más perfecto el vínculo con su Iglesia; en fin, fortalece en el alma los dones del Espíritu Santo.

Fuente de vida. La fuerza del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de vida a la Iglesia. A través de la gracia de los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza fluye también en nuestro interior, como un río subterráneo que nutre el espíritu y nos atrae cada vez más cerca de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo (Benedicto XVI). San Ignacio de Antioquía describió la fuerza del Espíritu como una fuente de agua viva que surge en su corazón y susurra: Ven, ven al Padre.

Como fuente de nuestra vida nueva en Cristo, el Espíritu Santo es también el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios que nos rodean. En la fiesta de hoy, pidamos que la fuerza del Espíritu Santo reavive la gracia de la Confirmación que recibimos un día. Que el Espíritu derrame sus dones abundantemente sobre nosotros para que seamos renovados en el espíritu de sabiduría e inteligencia, de consejo y fortaleza, de ciencia, piedad y de santo temor de Dios.

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