Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Si 27, 5-8; 1 Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45

Dar fruto. En el pasaje evangélico que hemos leído hay varias enseñanzas del Señor que tienen un común denominador: no hay que atender a las manifestaciones externas de piedad o virtud, sino a la disposición interior. No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Para distinguir entre el buen árbol y el malo hemos de fijarnos en los frutos, en las obras, y no en las hojas, no en las palabras. La higuera que maldijo Cristo tenía mucho follaje, pero sin fruto alguno; no le sirvió al Señor para mitigar su hambre.

El cristiano debe dar frutos de santidad, sin adornarse de una piedad falsa y ridícula. También en su apostolado debe procurar lograr frutos, sin conformarse con la hojarasca de un activismo improductivo. Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios (San Josemaría Escrivá).

El tesoro del corazón. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca lo malo. Así como los frutos dan a conocer el árbol que los produjo, también las obras acaban por descubrir el corazón del quien las hizo.

El tesoro del corazón es lo mismo que la raíz del árbol. La persona que tiene un tesoro de paciencia y de perfecta caridad en su corazón produce excelentes frutos: ama a su prójimo y reúne otras cualidades que enseña Jesús; ama a los enemigos, hace el bien a quien le odia, bendice a quien le maldice, reza por el que la calumnia, no se rebela contra quien le golpea o le despoja, da siempre cuando le piden, no reclama lo que le quitaron, desea no juzgar y no condenar, corrige con paciencia y con cariño a los que yerran. Pero la persona que tiene en su corazón un tesoro de maldad hace exactamente lo contrario: odia a sus amigos, habla mal de quien le quiere, y todas las demás cosas condenadas por el Señor (San Beda).

Formarse bien. No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro. La Iglesia además de madre es también maestra y nos enseña las verdades que Dios ha revelado, no sólo para que las conozcamos sino para que influyan en nuestra conducta diaria, ya que Dios no enseña meras curiosidades para hacer perder el tiempo o para satisfacer una curiosidad malsana y perezosa.

No está inmune de culpa, aunque no mienta, el que cree lo que no debía creer, o juzga que conoce lo que en realidad ignora (San Agustín). Por tanto, los cristianos en la formación de la conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo, la Iglesia Católica es la maestra de la Verdad, y su misión es exponer y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios del orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana (Concilio Vaticano II).

 

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