Homilía del Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 1 R 8, 41-43; Ga 1, 1-2.6-10; Lc 7, 1-10

Con el alma limpia. Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa. (…) pero di una palabra y mi criado quedará sano. Cuando aquel centurión romano pronunció estas palabras, ni imaginarse podía que serían parafraseadas por todos los discípulos del Señor antes de recibir la Sagrada Comunión. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Al comienzo de la Santa Misa hemos reconocido nuestros pecados, hemos pedido al Señor que tenga misericordia de nosotros para celebrar dignamente el Misterio eucarístico.

La Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días. Hoy día, con las misas vespertinas y el ayudo eucarístico reducido a una hora, hay más facilidades para comulgar diariamente. Pero para participar de la mesa eucarística, para recibir a Jesús sacramentado en la Hostia Santa, siempre nuestra Madre la Iglesia nos ha dicho que el alma hay que tenerla en gracia de Dios, sin ningún pecado grave.

Frecuentar la comunión. Es verdad que, siendo pobres pecadores, no somos dignos de recibir al Señor. Sin embargo, la misericordia de Dios hace que, al perdonar nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia, sí podamos comulgar dignamente. Por tanto, no caigamos en el error jansenista de dejar de comulgar por no considerarnos lo suficientemente dignos de recibir a Cristo.  

Habrá quien diga que no comulga frecuentemente porque se ve frío en el amor. Precisamente por eso debe acercarse más menudo al banquete eucarístico. La comunión tiene como fruto principal la unión íntima con Jesús. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo  realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. Para crecer en la vida cristiana es necesario ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

Fe y humildad. Comulgar es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. La comunión es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo.

El centurión no pertenecía al pueblo elegido, era un pagano, pero fue tal su fe que su oración de petición fue eficaz, obtuvo de Cristo un milagro. Aquel hombre es un ejemplo de fe. Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Para alcanzar sus beneficios Dios mismo espera que pidamos con fe, atención, perseverancia y confianza. El centurión pidió con profunda humildad. Esta virtud es camino para la fe, lo mismo para recibirla que para vivirla. Esforcémonos por pronunciar con fe y humildad las palabras del centurión que la liturgia eucarística pone en nuestro corazón y en nuestra boca; por tener sinceramente esta misma disposición ante Jesús que viene a nosotros en la sagrada comunión.

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