Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 1 R 17, 17-24; Ga 1, 11-19; Lc 7, 11-17

Resurrecciones. En la liturgia de la Palabra se habla del milagro de la resurrección. El profeta Elías resucitó al hijo de una viuda de Sarepta; y Jesucristo, al hijo de la viuda de Naín. En Gálatas, san Pablo hace referencia a su conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía, y después escribe que Dios me llamó por su gracia. También fue milagro grande la conversión de Saulo, que pasó del estado de muerte espiritual a la vida de la gracia.

Fácil de imaginar es la alegría que experimentó la viuda de Naín al ver cómo su hijo muerto, al oír lo que decía Jesús: Muchacho, a ti te digo, levántate, se incorporó lleno de vida y comenzó a hablar. El gozo de la madre al recuperar vivo a su hijo recuerda la alegría de la Santa Madre Iglesia por sus hijos pecadores vueltos a la vida de la gracia. Comenta san Agustín: La madre viuda se goza con el hijo resucitado. La Madre Iglesia se alegra a diario con los hombres que resucitan en su alma. Aquél, muerto en cuanto al cuerpo; éstos, en cuanto a su espíritu. Aquella muerte visible se llora visiblemente; la muerte invisible de éstos ni se llora ni se ve. Busca a estos muertos el que los conoce, el que puede volverlos a la vida.

Gravedad del pecado. El pecado es un testimonio contra la vida divina de la gracia. El pecado grave se llama mortal porque destruye la vida sobrenatural. Por eso, es el único verdadero mal. El hombre que muere en pecado pierde la vida eterna para la que fue creado. Para él su muerte corporal da paso a la muerte eterna, sin esperanza alguna. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre.

Además, el pecado envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece; no lo hace más libre, sino que lo esclaviza. Yo sé de una persona a quien quiso Nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice aquella persona que le parece, si lo entendiesen, no sería posible a ninguno pecar, aunque se pusiera a mayores trabajos que se pueden pasar por huir de las ocasiones (Santa Teresa de Jesús).

Resurrección espiritual. En el sacramento de la Penitencia se realiza la resurrección espiritual de los pecadores; Dios vivifica el alma arrepentida. Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! (San Josemaría Escrivá). En este Sacramento, el Señor limpia el alma de sus manchas, miserias y pecados, la reconcilia Consigo. Todos necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades.

No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la Confesión no podrán encontrar en otra parte (Juan Pablo II).

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