Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 2 S 12, 7-10.13; Ga 2, 16.19-21; Lc 7, 36 – 8, 3

Amor misericordioso. La escena evangélica de la pecadora arrepentida que hemos leído refleja la misericordia de Jesucristo. No hay pecados que superen la grandeza del amor y de la misericordia de Dios. Sin embargo, en los Evangelios vemos cómo los escribas y los fariseos se escandalizan porque Jesús perdona los pecados: sólo Dios puede perdonar los pecados, dicen. Y, en efecto, es el amor misericordioso de Dios el que resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús ha perdonado siempre, por grave que sea el pecado.

Para lograr el perdón de los pecados nos reconocemos pecadores, necesitados de la misericordia de Dios, y arrepentidos sinceramente. En la 1ª lectura, Natán recrimina a David su doble pecado: asesinato y adulterio. Sólo cuando el rey exclama: He pecado contra el Señor, el profeta le dice: El Señor perdona tu pecado. Cristo perdonó a san Pedro sus negaciones cuando el apóstol lloró amargamente (Lc 22, 62) su pecado.

Amor y conversión. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. En la historia de la Iglesia ha habido grandes pecadores (María Magdalena, Agustín, María Egipcíaca…), que se convirtieron y llegaron a alcanzar la santidad. Dios no sólo les perdonó, sino que recreó a esas personas con su perdón, hasta el punto de transformarlas en instrumentos de su amor misericordioso: hizo de Pedro, que le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, e hizo del perseguidor Pablo el apóstol de los gentiles. Así pues, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).

En su mensaje póstumo para el Domingo de La Divina Misericordia, Juan Pablo II escribió: A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don de su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a la esperanza. Es amor que convierte los corazones y da la paz- ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!

Confesión de los pecados. El hombre pecador no puede y no debe esconderse ante Dios, sino reconocerse como lo que es, criatura necesitada de piedad y de gracia. Quien acepta esta verdad y se dispone a acoger la misericordia, la recibe como don. La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. Si decimos: no tenemos pecado: nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de todo injusticia (1 Jn 1, 8-9). Jesucristo está pronto a perdonar todo pecado. Es el mismo Dios quien perdona los pecados cuando recibimos del sacerdote la absolución sacramental impartida.

El amor a Dios y el perdón de los pecados están en íntima relación. El perdón suscita el amor, y el amor obtiene el perdón. Un ejemplo de esa relación es la historia de la pecadora arrepentida; la de Simón el fariseo es el contraejemplo, pues si no hay amor a Jesús no se puede obtener el perdón, y si no se siente necesitado del perdón, se está muy lejos de tener amor.

 

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