Homilía de la Solemnidad de San Juan Bautista (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (C)

Lecturas: Is 49, 1-6; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66.80

Voz que anuncia. La Iglesia celebra el nacimiento del Precursor del Señor como algo sagrado. El Bautista viene a ser como la línea divisoria entre los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Comenta san Agustín: Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aún antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea.

A san Juan se le puede aplicar estas palabras del libro del profeta Jeremías: Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles (Jr 1, 5). El Bautista cumplió su misión de anunciar al Señor. Cuando le preguntaron: ¿Tú quién eres? (Jn 1, 22), él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto (Jn 1, 23). San Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía (Jn 1, 1). El Precursor era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio.    

Una misión propia. Cada persona debe considerar: “Dios me ha creado para que le preste un determinado servicio; me ha encargado un trabajo que no se lo ha encargado a nadie más. Tengo una misión propia”. Suplicadle también vosotros, como el ciego de Jericó: Domine, ut videam! (Lc 18, 41). Señor, ¡que vea! Que yo vea, Señor, cuál es tu voluntad; qué deseas de mi vida y cuál es tu designio sobre mi futuro y sobre mi vocación. Y pedidle que os conceda una generosidad sin límites para seguirle en el camino que, con su gracia, os vaya indicando (Juan Pablo II).

Dios respeta la libertad de cada hombre, de cada mujer, pero necesita, quiere necesitar, de personas que le ayuden en la tierra a abrir los corazones de sus semejantes, que anuncien como el Precursor a Cristo. Pregúntate: ¿Qué voy a hacer de mi vida?, ¿cuáles son mis proyectos?, ¿he pensado alguna vez en entregar mi existencia totalmente a Cristo?, ¿creo que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres?

Hacer presente a Jesucristo. Irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados. La Iglesia, en estos comienzos del tercer milenio, en un mundo tan expuestos a tentaciones que apartan al hombre del misterio de Dios, tiene la urgente necesidad de encontrar jóvenes generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo. Pidamos a Dios abundantes vocaciones sacerdotales.

Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto (Benedicto XVI).

 

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