Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Is 66, 10-14c; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

El Evangelio, fuente de alegría. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Aquellos discípulos, después de haber recorrido pueblos y aldeas enviados por Jesús, comprobaron la eficacia de su apostolado, de haber sido instrumentos en las manos de Dios para la difusión del Evangelio. De ahí su alegría. Evangelio significa buena noticia. Por eso, el mensaje evangélico es siempre una invitación a la alegría, algo que se recibe con gozo.

Al difundir el Evangelio, los cristianos somos sembradores de paz y de alegría. Deber de cada cristiano es llevar la paz y la felicidad por los distintos ambientes de la tierra, en una cruzada de reciedumbre y de alegría, que remueva los corazones mustios y podridos, y los levante hacia Él (San Josemaría Escrivá). Esa paz y esa alegría sólo se pueden encontrar en Cristo. Por eso el cristianismo es alegría.

Hasta los confines de la tierra. Dios quiere la felicidad del hombre. El anuncio que todos han de escuchar, hasta en las islas más remotas, es que Dios viene para reunir a su pueblo, hacer feliz al hombre y cuidar de la vida humana en todas sus dimensiones. Por eso su Palabra hace soñar y suscita una alegría incontenible. La vida cristiana es una llamada a un júbilo que sólo el pecado puede entorpecer, y a fundar el sentido de la existencia en la firme voluntad divina de transformar el luto en alegría, colmando sin límites las más profundas aspiraciones de toda persona humana (Juan Pablo II).

Para anunciar el Evangelio, Dios cuenta con nosotros. Como los apóstoles, también los cristianos del siglo XXI encontraremos dificultades en la difusión de la Palabra. Ya nos avisó Jesucristo: Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. Pero no olvidemos que los primeros cristianos, a pesar de las persecuciones, convirtieron al cristianismo todo un imperio pagano. Igualmente, con nuestro apostolado, conseguiremos cambiar el ambiente laicista de la sociedad actual por una sociedad más humana, más cristiana y más de Dios.

Salpicar de alegría. Hay personas que para encontrar la felicidad emprenden caminos distintos al que conduce a Dios. Y fracasan en su búsqueda. Sólo encuentran infelicidad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que lejos de Dios no hay alegría verdadera. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma. Sólo los que aceptan el Evangelio pueden realizar la maravillosa tarea de salpicar de alegría a las personas con las que se relacionan.

La alegría es compatible con la contradicción, con el sufrimiento, con el dolor, que es donde se prueba el amor. Dios es un Padre lleno de ternura que acoge, ayuda y perdona. Por eso, a quien permanece unido a Dios, que es la alegría de su vida, nada le causa tristeza.

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