Álvaro del Portillo. Sacerdote y padre

Don Álvaro, sacerdote y padre

Artículo de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, publicado en L’Osservatore Romano el 25 de marzo de 1994, dos días después del fallecimiento del Siervo de Dios

En el mes de mayo de 1939, poco después del final de la guerra civil española, san Josemaría Escrivá escribía a Álvaro del Portillo: “¡Qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad del apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra!

S.E. Mons. Álvaro del Portillo fue uno de los tres primeros miembros del Opus Dei que fueron ordenados sacerdotes el 25 de junio de 1944. Las esperanzas, expresadas por san Josemaría en la carta citada, se habían cumplido; una secuencia maravillosa de gracias. Dios es fiel a sus promesas. Cada sacerdote, también si se encuentra para realizar el ministerio en la ladea más alejada, es testigo de la fecundidad que deriva del sacerdocio de Cristo: frutos en su mayor parte invisibles a los ojos de los hombres, que no se traducen en estadísticas, pero cuya consistencia tiene la duración de la eternidad. Frutos de gracia, de fidelidad al compromiso cristiano, de paz, de comprensión y de perdón, de generosidad y de sacrificio, de dolor transfigurado en amor.

Cristo está vivo en su Iglesia y actúa a través de los sacramentos y del anuncio valiente y fiel de la Palabra, renueva incesantemente los milagros del Evangelio: “Porque ahora también se devuelve la vista a ciegos, que habían perdido la capacidad de mirar al cielo y de contemplar las maravillas de Dios; se da la libertad a cojos y tullidos, que se encontraban atados por sus apasionamientos, y cuyos corazones no sabían ya amar; se hace oír a sordos, que no deseaban saber de Dios; se logra que hablen los mudos, que tenían atenazada la lengua porque no querrían confesar sus derrotas; se resucita a muertos, en los que el pecado había destruido la vida” (Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 131). Dispensador de los misterios divinos, el sacerdote fiel oye como resuena en lo más íntimo de la propia alma las palabras de Jesús: “Alegraos más bien porque vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10, 20).

Yo soy testigo de los prodigios obrados por Dios a través del ministerio de Mons. del Portillo. ¿Trazas de esta fecundidad sacerdotal? Antes que nada, el servicio a la Santa sede, con incansable dedicación y siempre con una ejemplar adhesión al Papa: desde los trabajos prestados en numerosas Comisiones conciliares, que lo vieron entre los expertos más activos del Vaticano II, hasta la tarea como Consultor de las diversas Congregaciones (Doctrina de la Fe, Causas de los Santos, Clero, Religiosos, etc.), Comisiones y Consejos Pontificios. En él aparecía, palpable, la aspiración de san Joasemaría Escrivá: “Servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”.

Desde el día de su elección como sucesor del Fundador hasta su muerte han transcurrido casi 19 años: en este período han recibido la ordenación sacerdotal unos 800 miembros de la Prelatura deseosos, con todo el corazón, de servir a la Iglesia. El Opus Dei ha iniciado de manera estable la actividad apostólica propia en 20 nuevos países: su impulso pastoral, en la línea de dinamismo evangelizador al que el Santo Padre Juan Pablo II está llegando de nuevo a toda la Iglesia, ha abierto horizontes inexplorados al mensaje del Opus Dei, la proclamación de la vocación universal a la santidad y del valor santificante del trabajo ordinario.

Y en todas partes, iniciativas sociales de gran relieve, que derivan siempre de aquello que constituye la responsabilidad primera y el cuidado preeminente de la solicitud de los Pastores: frutos espirituales de salvación. Algunas de estas iniciativas destacan por su incidencia en la solución de los problemas locales en los que se insertan: nuevas universidades en países que están empeñados en la formación de cuadros dirigentes capaces de contribuir a la promoción de un desarrollo homogéneo y respetuoso con la dignidad humana, obras educativas y asistenciales a favor de áreas y poblaciones particularmente deprimidas, en especial en América Latina y en África. Y en la apertura de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz se palpa la herencia del celo del Fundador al prodigar las mejores energías al servicio de la Iglesia, para formación de sacerdotes ejemplares en la doctrina y en la vida espiritual.

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