Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

¿Soy buen samaritano? Hemos leído la parábola del Buen Samaritano. En ella, Jesucristo traza con precisión cómo debe ser la caridad con todos nuestros semejantes, explicando en qué consiste amar al prójimo como a ti mismo. Pasaron tres personas: un sacerdote, un levita y un samaritano. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó del que cayó en manos de los bandidos? El letrado contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Que cada uno nos examinemos si estamos desempeñando el papel del Buen Samaritano.

A ninguno de nosotros nos está permitido pasar de largo, con cruel indiferencia como hicieron el sacerdote y el levita, ante el dolor del prójimo, de ese hermano que quizás no conozcamos, pero que también es hijo de nuestro Padre Dios. Que seamos como el Buen Samaritano que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que sea; que se conmueve ante la desgracia del prójimo; que ofrece ayuda. Y en esa ayuda pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales.

Caridad heroica. Hay momentos en la vida en los que uno desearía cerrar los ojos para no ver más miserias, más dolor. Es entonces la hora de la caridad heroica. Quizás esto te exija pasar largas horas durante la noche junto a la cabecera de un enfermo consumido por la fiebre y el dolor; o la de acompañar en la tarde festiva del domingo -cuando otros ríen y sólo buscan el regocijo en el bullicio de las calles céntricas de la ciudad- a ese anciano imposibilitado que vive en la soledad, para que, al menos como por unas horas sienta el calor del cariño humano.

Ante las necesidades de tu prójimo, no dudes nunca de asumir una actitud constante de ayuda, servicio, amor, caridad con todos y, sobre todo, con los más necesitados y los que padecen mayor dolor, porque en ellos encontrarás a Cristo que sufre, a Cristo que pasó por la tierra haciendo el bien, y que se identifica tanto con los que sufren, que considera a Él mismo dirigidas todas las atenciones que se tienen con una persona doliente.

Lección de amor. Contaba la beata Teresa de Calcuta: Un niño muy pequeño de Calcuta me dio una espléndida lección de un gran amor. En una ocasión no había azúcar en toda la ciudad. No sé cómo pudo ocurrir que aquel pequeño niño hindú de no más de cuatro años oyera decir que la Madre Teresa no tenía azúcar para sus niños. Al volver a casa dijo a sus padres: “No tomaré azúcar durante tres días. Quiero dárselo a la Madre Teresa. Sus padres nunca habían venido a nuestro hogar para nada, pero a los tres días llegaron con su hijo. Era muy pequeño. En su manecita traía un pequeño recipiente de azúcar. ¿Cuánto puede comer un niño de cuatro años? Apenas era capaz de pronunciar mi nombre. Sin embargo fue generoso y el amor que puso en su generosidad fue algo muy hermoso. De aquel niñito aprendí que, cuando damos algo a Dios, por poco que sea, se convierte en infinito.

No quiero añadir ningún comentario, solamente decir que para ser buen samaritano es necesario poner mucho amor en todo lo que hagamos por nuestro prójimo. La generosidad es una medida de ese amor.

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