Álvaro del Portillo. Un hogar cristiano

Un hogar cristiano

De Salvador Bernal, “Recuerdo de Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei”, Ediciones Rialp, Madrid 1996

Un día de julio de 1977, al comenzar el almuerzo, mientras se servía, absorto en la conversación, don Álvaro no advirtió que se ponía algunas patatas, además de las consabidas verduras. Al darse cuenta, se las pasó a don Florencio Sánchez Bella y a don Joaquín Alonso, sentados junto a él. Esto le recordó algunas palabras que le decía de pequeño Clementina, su madre. Álvaro tenía que comer rápidamente para llegar a tiempo a las clases de la tarde en el colegio. Al despedirse, tomaba algo del plato de postre de su madre, y ella solía repetir: “De tu boca te lo quitarán a ti tus hijos”.

Clementina Diez de Sollano Portillo era guapa y distinguida, buena cristiana. Había nacido en Cuernavaca, en Méjico, donde vivieron sus padres hasta su regreso a España tras el proceso revolucionario que comenzó en 1910. Conservaba la nacionalidad mexicana y el acento dulce y suave del habla de aquella tierra. Realizó parte de sus estudios en Londres, en el Colegio de las esclavas del Sagrado Corazón; además de consolidar el inglés, que siempre manejó bien, tal vez aprendió allí a vivir la rectitud cristiana con flexibilidad, sin sentimentalismos, con sentido común y visión sobrenatural.

Mujer culta y aficionada a la lectura, le gustaba leer biografías y libros de espiritualidad. Tenía siempre a mano el Kempis. Acudía diariamente a Misa.

Su hijo Álvaro heredó algunos rasgos de su carácter, tales como la afabilidad y la delicadeza en el trato; la sonrisa que acompañaba sus decisiones, aún las más enérgicas; el acendrado espíritu de comprensión, que le llevaba a no hablar mal de nadie ni criticar a ninguna persona. Y heredó algo mucho más elemental: la capacidad de tomar imperturbablemente las comidas europeas más picantes, nunca tan sabrosas para él, como el viejo chile chipotle mexicano.

El ambiente familiar infundió en su alma la devoción a la virgen, a través del rezo del Santo Rosario. Y aprendió de labios de su madre una popular e ingenua oración a Santa María, que se acostumbró a rezar a diario: “Dulce madre, no te alejes, / tu vista de mí no apartes, / ven conmigo a todas partes / y solo nunca me dejes. / Ya que me proteges tanto, /como verdadera Madre, / haz que me bendiga el Padre, / el Hijo y el Espíritu Santo”.

Evocaba también sus raíces mexicanas en agosto de 1977, a propósito del apelativo Santina -señal de cariño, de confianza, de amor- con que se dirigen en Asturias a su Patrona. Nos confesó que, de pequeño, llamaba a su madre “mamasita”, y que después aprendió de San Josemaría a invocar a la Santísima Virgen diciéndole: ¡Madre, Madrecita!

Algunas semanas atrás, en ese verano de 1977, relató incidentalmente un detalle heroico de la vida cristiana de su madre. Aunque ella tenía gran delicadeza de alma de no hablar de esto, su hijo se había dado cuenta de que se levantaba muy pronto -me pareció entender que a las cuatro de la mañana-, se bañaba con agua fría por mortificación y, luego hacía una hora de oración. Don Álvaro asociaba estos detalles con la preocupación de doña Clementina por la fe de una persona próxima a la que quería mucho.

Su marido, don Ramón del Portillo Pardo, había nacido en Madrid y estudió la carrera de derecho en la entonces llamada Universidad Central.

Trabajó en la compañía de seguros Plus Ultra. Hombre ordenado y trabajador, muy hogareño, era -según evoca su hija Pilar- “pulcro y correcto en todo, muy educado y elegante; sumamente puntual y muy minucioso”. Prevalecía en su carácter la precisión, la exactitud, la seriedad.

“De todos modos -puntualiza otro hijo, Carlos,- era serio, pero no severo. No lo recuerdo en absoluto como persona adusta, envarada o fría”.

Clementina y Ramón vivieron, al comienzo de su matrimonio, en la calle Caballero de Gracia. Pero pronto se trasladaron a una casa más amplia en la calle Alcalá 75. Allí nació Álvaro. Casi en frente, estaba el “Sotanillo”, una chocolatería castiza, hoy desaparecida, ligada a las actividades apostólicas del Fundador del Opus Dei en los años treinta. Más adelante, marcharon al último piso de otro edificio en la no lejana calle Conde de Aranda, número 16. Tuvieron ocho hijos: Ramón, Paco, Álvaro, Pilar, Pepe, Ángel, Tere y Carlos.

Álvaro nació el 11 de marzo de 1914 y fue bautizado seis días después en la Parroquia de San José.

Le impusieron el nombre de Álvaro José María Eulogio (este último, santo del día, según una costumbre muy arraigada entonces en España). El 28 de diciembre de 1916 recibió la Confirmación en la parroquia de la Concepción (en aquella época era usual en España administrar enseguida este sacramento a los niños).

El 11 de marzo de 1989, cuando cumplía 75 años, don Álvaro celebró la Misa en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz. En la homilía, al repasar con gratitud tantos eneficios como había recibido del Señor a lo largo de su vida, evocó en primer término, el hecho de haber nacido en el seno de una familia cristiana, donde aprendió a ser piadoso.

Recordó a doña Clementina, “que me inculcó una especial devoción al Sagrado Corazón y al Espíritu Santo, y una particular veneración a la santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen”. Y añadía: “Dios nuestro Señor quiso que fuera amigo de mi padre, y esto, evidentemente, evitó que tuviese malas amistades”.

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