Homilía de la Solemnidad de Santiago (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO (C)

Lecturas: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12, 2; 2 Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Siguieron a Cristo. Celebramos la fiesta de Santiago el Mayor, uno de los apóstoles de Jesucristo. Según la tradición, predicó el Evangelio en España. Y fue el primer apóstol en dar la vida por su Maestro: El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. De la vida de este apóstol sabemos bastante. Era natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera norte del lago de Tiberiades. Sus padres eran Zebedeo y Salomé; y su hermano, Juan. Formaban una familia acomodada. Su profesión, como la de su padre y hermano, era la de pescador.

Tanto Santiago, como el resto de su familia, al conocer al Señor no dudan en ponerse a su total disposición. Santiago y Juan, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras de Él (Mc 1, 20). Salomé, la madre, siguió también a Jesús, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.

Hijos del trueno. Cuando aún era joven recibió la vocación, la llamada de Dios. Tendría unos 18 años, pues era un poco mayor que Juan, el apóstol adolescente. Santiago fue testigo de los principales  milagros obrados por el Señor. Junto con Pedro y con su hermano Juan, Santiago recibió del Señor particulares muestras de confianza y de amistad. Jesucristo quiso que sólo estos apóstoles le acompañasen cuando resucitó a la hija de Jairo; o que fueran testigos de su Transfiguración en el monte Tabor. Tam­bién en Getsemaní son los que están más cerca de Jesucristo.

Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos, hijos de Zebedeo. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Pero también sobresale el amor apasionado que tuvieron al Señor, que les hizo reaccionar alguna vez con cierta vehemencia contra los que rechazaban a su Maestro. Cuando unos samaritanos no quisieron recibir a Cristo, Santiago y Juan proponen a Jesús: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc 9, 54).

Una ambición santa. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose para pedirle algo. Díjole Él: ¿Qué quieres? Ella le contestó: Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino. La petición de la madre es muestra de un deseo muy lógico: querer lo mejor para sus hijos. La palabra ambición tiene mala prensa, pero injustamente, porque se puede ambicionar cosas buenas. La ambición de Juan y Santiago es estupenda: estar cuanto más cerca del Señor, junto a su Maestro. He aquí otra buena ambición: Jesús, que yo sea el último en todo… y el primero en el Amor (San Josemaría Escrivá). ¿Te parece poca ambición?

La figura de Santiago está indisolublemente unida a los orígenes y fundamentos apostólicos de la fe de España. Su fiesta nos recuerda cada año que la Iglesia en España ha nacido regada por la sangre de los mártires; y que en los momentos más críticos de su historia ha encontrado la fuente de su fidelidad en la profesión de la fe en el Evangelio, vivida y renovada en la comunión de la Iglesia Católica.

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