Álvaro del Portillo. En el Concilio Vaticano II (1962-1965)

En el Concilio Vaticano II (1962-1965)

Años intensos, de mucho trabajo, como Secretario General del Opus Dei y como Secretario de la Comisión conciliar sobre el clero

El 28 de octubre de 1958 era elegido Papa Juan XXIII. Unos meses después, el 25 de enero de 1959, el nuevo Pontífice anunció la convocatoria de un concilio ecuménico en la Iglesia. El 28 de abril de 1959 don Álvaro del Portillo fue recibido en audiencia por Juan XXIII. Era el preludio de una nueva etapa de trabajo en la Santa Sede, En efecto, poco después fue nombrado miembro de varias comisiones antepreparatorias del Concilio. A partir de ese momento , y de forma más intensa a medida que se acerca el inicio de la gran Asamblea ecuménica, la dedicación del Siervo de Dios a los diversos trabajos en la Santa Sede fue en aumento: reuniones, sesiones de trabajo, estudio y redacción de votos, propuestas de textos…

Junto a todo esto, mantuvo su cargo como Secretario General del Opus Dei. Es fácil darse cuenta de que tuvo que sacarle el máximo partido a su capacidad de aprovechar el tiempo. Escribía, en noviembre de ese año, a su hermana Pilar: la Santa Sede me ha confiado un nuevo encargo, que me quita hasta el último minuto libre, que pudiera emplear para mis cosas particulares (carta a Pilar del Portillo, 22-XI-1959).

En 1960, Juan XXIII creó las Comisiones preparatorias, para que analizarse todas las propuestas y prepararan los esquemas de los documentos que el Concilio estudiaría. Don Álvaro fue nombrado miembro también de una de esas comisiones.

Los trabajos preparatorios del Concilio Vaticano II iban avanzando con intensidad creciente, y con ellos aumentaba el ritmo del trabajo al que estaba sujeto don Álvaro, hasta el punto que su salud empezó a resentirse.

El 11 de octubre de 1962 tuvo lugar la solemne inauguración del Concilio, presidida por Juan XXIII, en la que participaron más de dos mil obispos de todo el mundo.

Don Álvaro fue nombrado Secretario de la comisión “De disciplina cleri et populi christiani”, y perito de otras dos. A partir de ese día, las sesiones plenarias y los trabajos de las distintas comisiones ocuparon buena parte de las mañanas del Siervo de Dios, y con frecuencia tamnbién las tardes.

La primera sesión conciliar terminó el 8 de diciembre. No acabaron, sin embargo, las tareas de don Álvaro. La Comisión Coordinadora del Concilio decidió, en enero de 1963, reunir en uno solo los tres esquemas sobre los sacerdotes que había elaborado la Comisión preparatoria. El Siervo de Dios, en calidad de Secretario de la Comisión correspondiente, se puso a trabajar en ello ya en los primeros meses de 1963.

Iniciada ya la segunda sesión conciliar, en otoño, la Comisión Coordinadora decidió que había que reducir ese texto a unas simples proposiciones. Los primeros meses de 1964 vieron al Siervo de Dios dedicado a ese trabajo en el seno de la Comisión conciliar, con el fin de sintetizar toda la doctrina sobre el sacerdocio en diez breves puntos.

El 14 de septiembre de 1964 tenía inicio la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Los días 13, 14 y 15 de octubre se discutió en el aula conciliar el breve documento dedicado a los sacerdotes: de los 17 esquemas iniciales sobre los presbíteros se había pasado primero a tres esquemas preparatorios, sintetizados después en un solo documento, y comprimido finalmente en esa diez proposiciones. La reacción de los Padres conciliares fue clara: un asunto de importancia tan capital para la Iglesia como es el sacerdocio ministerial no podía ser tratado de una forma tan expeditiva. Convenía preparar un nuevo texto, amplio, de forma que tratara todos los aspectos de la vida y ministerio de los sacerdotes; y había que entregarlo antes del fin de la tercera sesión.

No es fácil describir el esfuerzo que supuso, para todos los miembros de la Comisión, realizar ese trabajo en un lapso de tiempo tan breve. Tampoco es sencillo imaginar la tarea que recayó sobre don Álvaro, Secretario de ese grupo de trabajo: coordinar la Comisión conciliar, formada por personalidades de relieve en el mundo eclesiástico y teológico, no era tarea nada fácil. El Siervo de Dios supo escuchar las diversas propuestas, valorar los aspectos positivos de todas, reconducir las posturas contrarias hasta encontrar puntos de convergencia, para finalmente llegar a propuestas comunes positivas. El 20 de noviembre, un día antes del fin de la tercera sesión del Concilio, se entregaba el proyecto de decreto.

El 14 de septiembre de 1965 iniciaba la última sesión conciliar, y el 12 de noviembre el estudio del decreto sobre los sacerdotes. Para los miembros de la Comisión, fueron días extenuantes, en los que había que recoger las sugerencias de los Padres conciliares, examinarlas y proponer nuevas versiones de los textos, tomo en márgenes de tiempo muy reducidos; jornadas de trabajo que acababan bastante más tarde de la medianoche, corrigiendo textos, preparando respuestas, revisando pruebas de imprenta…

Tantos esfuerzos tuvieron su premio cuando el 7 de diciembre, en la última sesión plenaria, el decreto Presbyterorum Ordinis fue aprobado con 2.390 votos favorables sobre un total de 2.394.

El día siguiente, Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, tras promulgar 4 Constituciones, 8 Decretos y 4 Declaraciones. Terminaba una etapa de trabajos y discusiones, y se abría otra llena de expectativas e ilusiones.

Unos días después, el Card. Ciriaci, Presidente de la Comisión conciliar sobre el clero, escribía una sentida carta a don Álvaro, para agradecer sus esfuerzos en el seno de la Comisión. Decía el Cardenal: Reverendísimo y querido don Álvaro, con la aprobación definitiva del 7 de diciembre pasado, gracias a Dios se ha cerrado felizmente el gran trabajo de nuestra Comisión, que ha podido conducir así a buen puerto su decreto, último en el tiempo pero no en importancia entre los decretos y constituciones conciliares. Baste considerar la votación casi plebiscitaria del texto, tan contrastado por conocidos motivos, que pasará a la historia como una nueva confirmación conciliar -con casi unanimidad de sufragios- del celibato eclesiástico y de la elevada misión del sacerdocio. Sé bien qué parte ha tenido en todo esto su trabajo inteligente, tenaz y delicado que, sin dejar de respetar la libertad de opinión de los demás, no ha dejado de seguir una trayectoria de fidelidad a los grandes principios de la espiritualidad sacerdotal. Al referirlo al Santo Padre, no dejaré de señalar todo esto. Mientras tanto, deseo que le llegue a Vd., con un caluroso aplauso, mi más sentido agradecimiento (Carta del Card. Ciriaci a don Álvaro del Portillo, 14-XII-1965).

Franesc Castells i Puig

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