Álvaro del Portillo. Hablad sólo de Dios… Siempre y en todo sólo sacerdotes

Hablad sólo de Dios… Siempre y en todo sólo sacerdotes

Ordenación sacerdotal y primeros meses del ministerio pastoral

El 25 de junio de 1944, tras años de intensa preparación filosófica, teológica, canónica y litúrgica, los Siervos de Dios Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz recibieron la ordenación sacerdotal. Se realizaba así uno de los sueños del Fundador del Opus Dei, por el que tanto había rogado a Dios. Años después, en una Carta fechada el 8 de agosto de 1956, San Josemaría escribía a sus hijos: Recé con confianza e ilusión, durante tantos años, por los hermanos vuestros que se habrían de ordenar y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración. Don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, ofició el rito en la capilla del Palacio Episcopal. Lógicamente, el acontecimiento se vivió con intensidad, oración y espíritu festivo entre los fieles del Opus Dei y en las familias de los ordenandos. Mientras tanto, San Josemaría celebraba la Santa Misa en el oratorio del centro del Opus Dei que se encuentra en la calle Diego de León, y pedía con fervor a la Trinidad Beatísima por la santidad de aquellos hijos. El Fundador del Opus Dei no quiso asistir a la ordenación para ofrecer ese sacrificio por los nuevos sacerdotes, y para seguir su norma de conducta habitual: Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca. Además, ofreció esa mortificación por los nuevos sacerdotes.

Mons. Eijo y Garay almorzó con los recién ordenados. Después, en una animada tertulia, aprovechando una momentánea ausencia de San Josemaría, don Leopoldo subrayó a los más jóvenes de la Obra el gran agradecimiento y aprecio que debían al Fundador. También tuvo palabras de elogio para la fidelidad y prudencia de don Álvaro en su ayuda a San Josemaría, ante las graves contradicciones que se habían cernido sobre la Obra en España, durante aquellos años.

La madre y los hermanos de don Álvaro participaron con inmensa alegría de la ordenación sacerdotal, y el gozo familiar tuvo otro momento el día de la primera Misa solemne del nuevo sacerdote, el 28 de junio de 1944, en la capilla del Colegio del Pilar, donde había realizado los estudios de enseñanza primaria y secundaria. Fue muy concurrida la asistencia de sus antiguos compañeros, ingenieros de caminos y ayudantes de obras públicas, y de numerosas amistades.

Don José Luis Múzquiz recuerda una manifestación pequeña, pero elocuente, del espíritu de oración y recogimiento con que el Siervo de Dios vivió aquella ceremonia: Era costumbre entonces en España que el sacerdote se sentara en un sillón y pasaran todos los asistentes a saludarle y besarle las manos. D. Álvaro me dijo que había estado durante el “besamanos” con los ojos cerrados para no distraerse, pues había querido vivir esos momentos después de su primera Misa con especial recogimiento (Testimonio de José Luis Múzquiz de Miguel, AGP, APD t-17519, p. 53).

San Josemaría sintetizaba la actitud que esperaba de sus hijos sacerdotes con estas palabras: Sed, en primer lugar, sacerdotes. Despues, sacerdotes. Y siempre y en todo, sólo sacerdotes. -Hablad sólo de Dios. -Cuando seáis llamados por un penitente, dejadlo todo para atenderle (Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol.II, Rialp, Madrid 2002, p. 648). Al recorrer la vida del Siervo de Dios, a partir del 25 de junio de 1944, se tiene la impresión de asistir a la encarnación de ese ideal.

Desde el día siguiente a la ordenación, don Álvaro fue el confesor de San Josemaría. Además de continuar desempeñando las tareas de Secretario General del Opus Dei, se ocupó de la atención sacerdotal de las personas de la Obra que vivían en Madridy en las ciudades del centro y norte de España, a las que viajaba periódicamente para impulsar los apostolados. Dedicó muchas horas a la dirección espiritual de las almas. El Señor le adornó con singulares cualidades de prudencia, humanidad, bondad y simpatía, que le hacían particularmente idóneo para esta tarea. Sabía despertar confianza en las personas y sus consejos eran muy acertados. Así lo testimonia don José María Casciaro: Era siempre comprensivo y, al mismo tiempos, exigente con amabilidad: mezclaba las razones teóricas, alentadoras, con la concreción en los puntosen que debía esforzarme por mejorar o rectificar. Y atendía también a mi salud física: un día me invitó a hacer de deporte (Casciaro, J.M., Vale la pena, Rialp, Madrid 1997, pp. 138-139).

La predicación de don Álvaro era sencilla e incisiva. Buscaba mover a las almas hacia el amor de Dios, y confiaba en que el fruto provendría no de su elocuencia, sino de la acción de la gracia. En 1983, con la sencillez de una profunda convicción, aseguraría durante una charla de catequesis: Lo importante no es lo que diga yo; lo importante es lo que el Espíritu Santo sugiere en el alma de cada uno, en la mía también (AGP, P01, 1983, p. 929).

Su guía próxima para toda su labor sacerdotal fue siempre la fidelidad al espíritu del Fundador, como se refleja en la siguiente carta: El domingo dejé al Señor en el oratorio, que ya estaba terminado. Lo hice temprano (…). Hubo el correspondiente fervorín, en el que dije lo que imaginaba de Vd diría: “…el Padre, seguramente, os diría…” (Carta a San Josemaría del 2.XII-1945).

Andrés Vázquez de Prada narra en su biografía sobre San Josemaría que alguien, antes de la ordenación, había comentado: “ahora los ordena, y después los matará a trabajo”. Al poco tiempo el dicho cobró cuerpo y nació la leyenda de que, efectivamente, los “mataba” a trabajar. Y algo tenía de fundamento, porque el Padre, tan pronto se ordenaron y los vio en condiciones de predicar y ejercer su ministerio, los lanzó a viajar apostólicamente de aquí para allá (Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, op. Cit., vol. II, p. 643). Efectivamente fue así. En una carta del Siervo de Dios, escrita a los diez meses de la ordenación sacerdotal, leemos: Aparte de las muchas horas semanales que resultan de dirección espiritual y de confesiones, llevamos entre los tres en los diez meses de sacerdocio, en los que no hemos dejado el estudio, treinta tandas de ejercicios espirituales y cerca de 90 días de retiro para intelectuales (Carta a José Orlandis y Salvador Canals del 22-Iv-1945).

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