Clases de Religión. Vida de Jesucristo (Lección 7ª)

Vida de Jesucristo

Lección séptima

Doctrina de Jesucristo

¿Por qué atraía Jesucristo a las multitudes? En bastantes pasajes evangélicos aparece Cristo rodeado de una multitud de gente. Por ejemplo, cuando llega a Jericó, el ciego  Bartimeo se enteró que pasaba el Señor por el rumor de la muchedumbre; en una de las multiplicaciones de los panes estaban unos cinco mil hombres, sin contar mujeres ni niños; Zaqueo se tuvo que subir a un sicómoro para ver pasar al Maestro; los portadores del paralítico de Cafarnaúm tienen que quitar el techo para poner la camilla delante de Jesús; la hemorroísa sólo intenta llegar a tocar el vestido de Cristo…

La figura de Cristo atrae porque enseña con autoridad. Pero también por la rectitud de su conducta; por la excelencia de su doctrina; por su humildad ‑es manso y humilde de corazón‑; etc.

En los tres años de vida pública, no cesó Jesucristo de recorrer ciudades, pueblos y aldeas de Palestina anunciando por todas partes el reino de Dios, invitando a la conversión. Varias veces acudió Jesús a Jerusalén, especialmente en los días de las fiestas principales de los judíos. Cristo aprovechaba estas ocasiones para enseñar su doctrina en los atrios y pórticos del templo. Acudían a oírle gente de todas las condiciones sociales, y todos quedaban admirados de la sublimidad de su doctrina. De entre la multitud que escuchaba estas palabras, unos decían: “Éste el verdaderamente el profeta”. Otros: “Éste es el Cristo” (Jn 7, 40-41). E incluso los alguaciles que habían enviado los príncipes de los sacerdotes para prender a Jesús reconocieron: Jamás habló así hombre alguno (Jn 7, 46).

¿Dónde está la doctrina del Señor? En los Santos Evangelios es donde está la doctrina, además de la vida y milagros de Jesucristo.

¿Cuáles son las principales enseñanzas de la predicación de Jesús? Por Jesucristo sabemos que en Dios hay tres Personas distintas, que son: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que estas tres Personas constituyen un solo Dios. Es el misterio de la Trinidad. También nos hizo saber que Él era el Hijo de Dios encarnado, es decir, verdadero Dios y verdadero Hombre.

Además, Jesucristo nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándole Padre nuestro, pues Dios es el Padre de todos los hombres; y, por consiguiente, todos los hombres somos hermanos y miembros de una sola familia: la familia de los hijos de Dios. Y cuando habló del primer mandamiento de la Ley de Dios nos dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 37-40).  

Para estimularnos más al cumplimiento del precepto de la caridad, advirtió que, el día del juicio, nos medirá Dios con la misma medida con que nosotros hayamos medido a los demás. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá (Lc 6, 37-38).

¿Qué otras enseñanzas nos dejó? Cristo, además de enseñarnos con su palabra, nos enseñó con su vida. San Juan concluyó su Evangelio diciendo: Hay, además, otras muchas cosas que hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir (Jn 21, 25). Entre otras cosas, Jesús nos recomendó que tuviéramos fe en la Providencia divina, porque Dios es todopoderoso para socorrernos, e infinitamente bueno para querer hacerlo. Por eso Cristo nos dijo: No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán (Mt 6, 24-33).

¿Qué dijo Jesucristo sobre el más allá? Cristo nos dio a conocer a un Dios que perdona de buen grado al pecador arrepentido, porque quieren que todos los hombres se salven. El mensaje del Señor es un mensaje de esperanza. El alma no muere con el cuerpo, sino que vivirá eternamente, y que los justos, después de juicio final, irán al Cielo en cuerpo y alma. Jesús nos prometió el Cielo: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararon un lugar? Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1‑3). Pero también Cristo habló del infierno. A ese lugar de sufrimiento irán los malos, a padecer el fuego eterno. Además Jesús nos enseñó que no solamente debemos abstenernos de los actos pecaminosos, sino también de los malos pensamientos; y que debemos hacer nuestras obras con el fin de agradar a Dios, y no para merecer las alabanzas de los hombres.

¿Habló Cristo sobre la necesidad de hacer oración? Sí. Varias veces nos aconsejó orar: Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer (Lc 18, 1). Vigilad, pues, en todo tiempo y orad (Lc 21, 36). Además nos dio ejemplo: Aconteció por aquellos días que salió él hacia la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios (Lc 6, 12). Después de esta oración, el Señor eligió a los doce apóstoles. A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba (Mc 1, 35). Pero él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración (Lc 5, 16). Y en el huerto de los Olivos, Jesús pide a sus apóstoles que le acompañen en la oración: Llegado allí, díjoles: Orad para que no entréis en tentación. Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba (Lc 22, 40‑41).

Es lógico que Jesucristo recomendara tanto este deber principal de la vida cristiana, ya que por la oración nos vienen tantos bienes del Cielo, y es medio necesario para tener intimidad con Dios y conseguir salvación. El mismo Cristo nos dijo que tuviéramos fe en la oración con estas palabras: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9‑10).

Jesús nos enseñó con su ejemplo que la oración debe ser hecha con humildad, confianza y perseverancia; que sea el diálogo confiado de un hijo que expone sus necesidades a un padre que le ama mucho. Para excitar en nosotros esta disposición, nos habló de la eficacia de la oración, aun prescindiendo del mérito o demérito del que la hace: En verdad, en verdad os digo: si le pedís algo al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn 16, 23). Y con el Padrenuestro, salido de sus labios, nos mostró la forma con que debemos rogar a Dios, a ese Padre nuestro que está en el Cielo.

¿Cuándo habló Jesús de las bienaventuranzas? La doctrina de Cristo está resumida, por así decirlo, en el Sermón de la Montaña, que comienza con las Bienaventuranzas. Estas son: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por ser justos, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3-10).

Las Bienaventuranzas son como el centro de la predicación de Jesús; recogen y perfeccionan las promesas de Dios hechas a partir de Abraham. Dibujan el rostro mismo de Jesús, y trazan la auténtica vida cristiana, desvelando al hombre el fin último de sus actos: la bienaventuranza eterna (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 360). El espíritu de las Bienaventuranzas consiste en tener una firme decisión de amar a Dios y a nuestros prójimos en todas las circunstancias de la vida, aun en las más difíciles. El premio que anuncia Jesús en las Bienaventuranzas es la felicidad plena y eterna con Dios en el Cielo. Las Bienaventuranzas responden al innato deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre, a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 361).

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