Homilía de la Fiesta de la Transfiguración del Señor (Ciclo C)


FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR (C)

Lecturas: Dn 7, 9-10.13-14; 2 P 1, 16-19; Lc 9, 28b-36

La gloria del Tabor. Celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. Este misterio de la vida de Cristo es una manifestación de la gloria del Hijo de Dios, una señal, dada a los Apóstoles, de la Divinidad de Jesús. A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Maestro comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir… y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio; los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa la Transfiguración de Jesús.

Jesús desea fortalecer la fe y la esperanza de sus Apóstoles, especialmente de los que estarán más próximos en los días tristes de la pasión y Muerte. La visión de Cristo glorioso en el Tabor, como un anticipo de la felicidad que aguarda en el Cielo a los que sean fieles, les ayudará a propagar y defender la fe en medio de las más duras persecuciones.

Dios ha hablado. Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Todo lo que Dios quiere decir a la humanidad lo ha dicho a través de Cristo, al llegar la plenitud de los tiempos. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría necedad, sino agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas; oídle a Él, porque ya no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar” (San Juan de la Cruz).

Entre otras cosas, Dios, con el maravilloso ejemplo de Cristo en su vida oculta, nos ha dicho que nos santifiquemos en la vida ordinaria. Es, por tanto, en la vida corriente donde hemos de buscar y encontrar al Señor.

En la vida ordinaria. La santidad en la vida ordinaria no es utópica sino real, sin caer en la mística ojalatera, que san Josemaría Escrivá llamaba así porque suele invocarse con un ojalá y tiene menos valor que la hojalata. ¡Ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!… Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías (…) y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. Lo único decisivo es alcanzar el Tabor, gozar de la visión beatífica, y lo conseguiremos por el camino seguro que discurre a través de la vida real, ordinaria.

La santidad consiste en amar a Dios en cada instante, viendo detrás de cada acontecimiento -también de una pequeña o grande contrariedad- su mano paternal y providente. De ordinario, Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi insignificantes, que objetivamente valen poco. Sin embargo, con ese poco -que es todo lo que tene­mos- podemos aliviar al Señor, desagraviarle, compensarle el desamor que ha reci­bido de nosotros y de los demás.

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