Álvaro del Portillo. Amor filial al beato Juan Pablo Ii

Amor filial al beato Juan Pablo II

Una cualidad patente en don Álvaro era su amor profundo y filial hacia el Papa

“Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, oos amores que compendian toda la fe católica?” Estas palabras de san Josemaría influyeron hondamente en Mons. Álvaro del Portillo desde que conoció el Opus Dei. El amor filial y la adhesión al Romano Pontífice -fuera quien fuera la persona que ocupase la Cátedra de Pedro en cada momento- marcaron su afán de servir a Dios a lo largo de su vida.

Su unión con el Papa, filial y sincera, se manifestaba de muchos modos: rezaba varias veces al día por su persona e intenciones, especialmente en la Santa Misa; en conversaciones y cartas, pedía frecuentemente a los fieles del Opus Dei y a otras muchas personas que orasen y ofreciesen mortificaciones por el Vicario de Cristo; recibía las enseñanzas pontificias con el deseo sincero de difundirlas.

La veneración por el “Padre común de los cristianos”, como le gustaba repetir, se mostraba también en detalles sencillos, pero que respondían a un profundo sentido de filiación. Un ejemplo es la postal que escribió en Jerusalén a Mons. Stanislaw Dziwisz, secretario del Papa Juan Pablo II, el 17 de marzo de 1994, seis días antes de su fallecimiento. En esa tarjeta, le rogaba que transmitiera al Papa “nuestro deseo de ser fideles usque ad mortem –fieles hasta la muerte- en servicio a la Iglesia Santa y al Santo Padre”.

Durante el Concilio Vaticano II, don Álvaro fue presentado a Mons. Wojtyla por Mons. Deskur, amigo de ambos. No consta que se volviesen a ver hasta el 5 de noviembre de 1977, fecha en que el Arzobispo de Cracovia visitó la sede central del opus Dei y rezó ante la tumba de san Josemaría. Mons. Del Portillo quedó muy impresionado por su calidad espiritual y humana, y el 16 de agosto de 1978, el cardenal Wojtyla acudió de nuevo a Villa Tevere invitado por él.

Al día siguiente de la elección de Juan Pablo II -17 de octubre de 1978-, Mons. Del Portillo fue al Policlínico Gemelli para visitar a Mons. Deskur, que había sufrido un ictus cerebral. Al salir de la habitación, le indicaron que estaba a punto de llegar el Papa y que debía esperar en la planta hasta que el Santo Padre dejara el edificio. Al abandonar la habitación del enfermo, juan Pablo II vio a D. Álvaro y se dirigió a él para darle un abrazo. El Siervo de Dios recibió con gran alegría esta manifestación de afecto.

El 19 de octubre, quiso devolver con oración esa muestra de cariño y acudió en peregrinación a La Mentorella, un santuario dedicado a la Virgen muy frecuentado por el Papa, para rezar por el Santo Padre. Desde allí escribió una postal a Juan Pablo II y al día siguiente una carta para decirle que podía contar con los millares de Misas que diariamente ofrecen los fieles del Opus Dei por las intenciones de quien hace cabeza en la Obra, y que él dirigía hacia la persona del Vicario de Cristo. Como respuesta, Juan Pablo II le invitó a una audiencia privada. Fue una entrevista cariñosa: la primera de numerosos encuentros.

Una de las tareas de Mons. Del Portillo como primer sucesor de san Josemaría era que el Opus Dei recibiera la configuración jurídica definitiva, deseada y preparada por el Fundador.

Con fecha 28 de noviembre de 1982, el Santo Padre Juan Pablo II, mediante la Constitución apostólica Ut sit, erigió el Opus Dei como Prelatura personal y nombró Prelado a Mons. Álvaro del Portillo. El 6 de enero de 1991, le confirió la Ordenación episcopal en la Basílica de San Pedro. No se trataba solo de un reconocimiento hacia su persona, sino de algo muy congruente con la peculiar misión que corresponde al Prelado del Opus Dei en la Iglesia.

La beatificación de san Josemaría fue otro gran acontecimiento en la vida de Mons. Álvaro del Portillo. Con profuna gratitud a Dios, el 17 de mayo de 1992, escuchó la fórmula de beatificación de labios del Papa Juan Pablo II. Al día siguiente, por concesión del Santo Padre, celebró la Santa Misa de acción de gracias en la misma plaza de San Pedro, con la participación de centenares de miles de peregrinos. Terminada la ceremonia, visiblemente emocionado, pudo felicitar al Papa que festejaba en ese día su 72º cumpleaños, y agradecerle su muestra de deferencia con el nuevo Beato y con el Opus Dei.

También constituyó motivo de agradecimiento, la paterna solicitud con que Juan Pablo II acogió cada año a los participantes del Congreso Universitario UNIV durante la Semana Santa. Eran reuniones de carácter familiar, en el Cortile di San Damaso o en el Aula Pablo VI, en las que el Santo padre disfrutaba de un momento de descanso, y estudiantes de los cinco continentes escuchaban con devoción la palabra del Vicario de Cristo.

Mons. Del Portillo secundó siempre , con prontitud, las iniciativas pastorales del beato Juan Pablo II: así, por ejemplo, animó a los fieles de la Prelatura a seguir fielmente las decisiones del Santo Padre para impulsar la Nueva Evangelización en 1985; por sugerencia del Papa, expandió la labor del Opus Dei por varios países de Escandinavia y Asia central; procuró que se invitara a muchos estudiantes a las misas que Juan Pablo II celebraba cada año para los universitarios, y a que numerosos sacerdotes de la Prelatura administraran el sacramento de la Penitencia durante esas ceremonias; procuró que la participación de los fieles en los viajes del Papa por el mundo fuese muy calurosa; se hizo altavoz de iniciativas pontificias por la paz o por el ecumenismo, etc.

Para cumplir un deseo de san Josemaría, mons. Álvaro del Portillo promovió el ateneo Romano de la Santa Cruz, hoy Universidad Pontificia de la Santa Cruz. También apoyó al Card. Caffarra en la puesta en marcha del Istituto Giovanni Paolo II y en la defensa de la doctrina de la Enc. Humanae vitae, de Pablo VI, pues veía que eran deseos del Romano Pontífice.

Más allá de la afinidad humana con el beato Juan Pablo II, esta sintonía procedía de su profunda visión de fe: el Santo Padre es el Vice-Cristo. Por eso, preparaba todos sus encuentros con el Romano Pontífice con mucha oración, y se conmovía en las audiencias, o cuando era objeto de una manifestación de estima por parte del Papa. Con el mismo espíritu, deseaba recibir la bendición papal y frecuentemente la pedía antes de emprender un viaje apostólico, para transmitirla a las personas con quienes se iba a encontrar.

En la madrugada del 23 de marzo de 1994, el Siervo de Dios entregó santamente su alma a Dios. Pocas horas antes, había vuelto a Roma tras una peregrinación a Tierra Santa. A las seis y media de la mañana, Mons. Echevarría, entonces Vicario General del Opus Dei, llamó por teléfono a Mons. Dziwisz, para pedirle que informara a Su Santidad de la muerte del Mons. Del Portillo. Inmediatamente, el beato Juan Pablo II hizo saber que ofrecería la misa que se disponía a celebrar en sufragio del alma del Prelado del Opus Dei.

Esa misma tarde, el Santo Padre acudió a rezar en la capilla ardiente, donde se detuvo en profundo recogimiento. Se le ofreció rezar un responso, pero prefirió incoar la Salve Regina, seguida de tres Glorias y las invocaciones Requiem aeternam dona ei, Domine y Requiescat in pace. Aspergió los restos de don Álvaro con agua bendita y se arrodilló de nuevo en oración. Antes de salir, el Santo Padre impartió su bendición a los fieles presentes.

Mons. Echevarría le agradeció en nombre del Opus Dei esa prueba de profunda benevolencia. El beato Juan Pablo II contestó, en italiano, que lo consideraba un deber: Si doveva, si doveva, fueron sus palabras.

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