Homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (C)

Lecturas: Ap 11, 9a; 12, 1-3.6a.10a; 1 Co 15, 20-27a; Lc 1, 39-56

La Virgen en la historia de la salvación. Hoy es una de las grandes fiestas marianas: la Asunción de Santa María en cuerpo y alma al Cielo. Con esta solemnidad culmina el ciclo de las celebraciones litúrgicas en las que contemplamos el papel de la santísima Virgen María en la historia de la salvación. En efecto, la Inmaculada Concepción, la Anunciación, la Maternidad divina y la Asunción son etapas fundamentales, íntimamente relacionadas entre sí, con las que la Iglesia exalta y canta el glorioso destino de la Madre de Dios, pero en las que podemos leer también nuestra historia (Benedicto XVI).

La concepción de María evoca el inicio de la historia del hombre. Éste, en el plan creador de Dios, habría debido tener la pureza y la belleza de la Inmaculada. El pecado de nuestros primeros padres echó por tierra aquel designio divino, pero sin destruirlo. Mediante la Encarnación del Hijo de Dios, anunciada y realizada en María, fue recompuesto y restituido a la libre aceptación del hombre en la fe. Por último, en la Asunción de María contemplamos lo que estamos llamados a alcanzar en el seguimiento de Cristo Señor y en la obediencia a su Palabra, al final de nuestro camino en la tierra (Benedicto XVI).

Con Jesús, hacia Dios. San Lucas, después de narrar la Anunciación, dice que María, se levantó y marchó deprisa a la montaña para visitar a Isabel. Para san Ambrosio esta prisa significa que la gracia del Espíritu Santo no admite lentitud. Al concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios encarnado, Santa María, dócil al Espíritu de Dios, comienza a recorrer un nuevo camino en su vida y se deja conducir solamente por Dios. En ese camino, meditando en el corazón los acontecimientos de su vida, descubre en ellos el misterioso designio de Dios para la salvación del mundo.

En la senda de su vida, María acompaña a Jesús desde su nacimiento en Belén hasta su muerte en la cruz; con Él va al destierro en Egipto, y con Él vive los años de la vida oculta de Nazaret. Discretamente aparece la Madre en la vida pública de Jesús, pero siempre viviendo en una constante ascensión hacia Dios.

Estrella del mar. La fiesta de hoy es motivo de esperanza. Al igual que Santa María, todo cristiano tiene un camino de seguimiento de Jesús, y al final de ese camino está una meta bien concreta: la victoria definitiva sobre el pecado, sobre la muerte, y la comunión plena con Dios. La Virgen ya entró en la plenitud de la unión con Dios, con su Hijo, y nos atrae y nos acompaña en nuestro camino.

En la vida de todo hombre se da esa tensión entre el bien y el mal, que en la 1ª lectura está representada en la lucha entre el dragón y la mujer. En esta tierra estamos como en un viaje por un mar borrascoso, pero en esa travesía María es la estrella que nos guía hacia su Hijo Jesús, sol que brilla sobre las tinieblas de la historia, y nos da la esperanza que necesitamos: la esperanza de que podemos vencer. En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a cada uno de nosotros; camino que finaliza en el Cielo.

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