Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Jr 36, 4-6.8; Hb 12, 1-4; Lc 12, 49-53

Celebración de la Palabra. Leerás las palabras del Señor para que lo oiga el pueblo en el Templo del Señor. Las leerás también a oídos de todos los judíos que lleguen de sus ciudades. El Concilio Vaticano II ha dado más espacio a la Palabra de Dios en las distintas ceremonias litúrgicas para que los fieles conozcan bien Sagrada Escritura. La Liturgia de la Palabra es parte importante de la Santa Misa. Preguntémonos: ¿Qué atención presto a las lecturas bíblicas que se leen en la Misa? En la Palabra de Dios encontramos la verdad. Sólo conociendo bien lo que Dios nos dice con su Palabra podemos crecer en el amor auténtico.

Anunciar, celebrar y vivir la Palabra es requisito indispensable para la evangelización. Por tanto, es preciso estimular los esfuerzos que se están llevando a cabo para suscitar el movimiento bíblico entre los laicos, la formación de animadores de grupos, con especial atención hacia los jóvenes. Debe sostenerse el esfuerzo por dar a conocer la fe a través de la Palabra de Dios, también a los “alejados” y especialmente a los que buscan con sinceridad el sentido de la vida (Benedicto XVI).

Una lucha sin tregua. No habéis resistido todavía hasta la sangre al combatir contra el pecado, hemos leído en la 2ª lectura. La vida cristiana es un combate sin pausa contra el mal, contra cualquier forma de egoísmo y de odio. La lucha contra el pecado se plantea en el propio corazón. Es una lucha que no acabará nunca, sin tregua posible. Luego hay que luchar siempre, porque esta inclinación al pecado con la que hemos nacido no puede tener fin mientras vivimos: puede menguarse, pero no extinguirse, y en esa lucha andan toda su vida los santos (San Agustín).

El combate contra el pecado es, en último término, contra Satanás. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia. Quien quiere caminar en el amor de Dios y en su misericordia no puede contentarse con evitar los pecados graves y mortales. ¿Me esfuerzo por evitar los pecados veniales? Si no es así, no estoy luchando de verdad contra el mal. El que desea luchar, pone los medios. Y los medios no han cambiado en estos veinte siglos de cristianismo: oración, mortificación y frecuencia de Sacramentos (San Josemaría Escrivá). Con la gracia de Dios, venceremos.

Incendio de amor. Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? El fuego expresa frecuentemente en la Biblia el amor ardiente de Dios por los hombres. En el Hijo de Dios hecho hombre alcanza ese amor divino su máxima expresión. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8). ¿Cómo corresponder a ese don divino? La respuesta la da Cristo: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23).

Un día me miraste como miraste a Pedro. No te vieron mis ojos, pero sentí que el Cielo bajaba hasta mis manos (Ernestina de Champourcin). Cuando sintamos en el corazón ese fuego abrasador que nos enciende en el amor de Dios, hemos de propagarlo a otros muchos corazones.

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