Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Is 66, 18-21; Hb 12, 5-7.11-13; Lc 13, 22-30

Salvación y libertad. Señor, ¿son pocos los que se salvan? Sabemos que todos los hombres estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque Dios quiere que todos se salven (1 Tim 2, 4). Cristo murió por todos, la Redención es universal. ¿Esto quiere decir que todos los hombres se salvarán? Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti (San Agustín). Dios respeta nuestra libertad. Por eso, aunque Dios quiere la salvación de todos, no se salvará quien se resista a la gracia. Para alcanzar la meta de la salvación hay que luchar seriamente contra el pecado, y esforzarse por entrar por la puerta angosta.     

El mismo Jesús concretó lo que hay que hacer para salvarse cuando el joven rico le preguntó: ¿Qué obra he de realizar para alcanzar la vida eterna? (Mt 19, 15). Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19, 17). A la nueva pregunta del muchacho: ¿Cuáles?, Cristo respondió: No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre, y ama al prójimo como a ti mismo (Mt 19, 18-19).  

La vuelta al camino. El pecado se define diciendo que es el quebrantamiento de algún mandamiento de la Ley de Dios. El hombre cuando peca se aleja de la salvación; ahora bien, puede volver al buen camino si, arrepentido, confiesa sus pecados en el sacramento de la Penitencia. Y para confesarse bien, hay que examinar la conciencia a fin de ver los pecados que han manchado el alma y arrepentirse de ellos. En este examen hay que repasar cómo se ha cumplido los diez mandamientos, sin limitarse a ver comprobar que no he matado ni robado.

Pío XII dijo en una ocasión: El mayor pecado del mundo de hoy consiste en que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado. Y años después, Juan Pablo II escribió: Uno de los pecados más graves y de más transcendencia en nuestro tiempo, que quizá sea el más grave mirado en su propia malicia y sus funestas consecuencias, es el pecado de no ver pecado en nada. Se ha perdido la conciencia de pecado, y sin embargo el pecado existe.

Formación de la conciencia. Hoy en día, ciertos comportamientos pecaminosos se van extendiendo -sin que sea algo generalizado- como, por ejemplo, la embriaguez entre la gente joven, las relaciones prematrimoniales en los novios, la corrupción administrativa en los funcionarios, la difamación en los presentadores de algunos programas de televisión frívolos, las prácticas anticonceptivas o incluso abortivas en el personal sanitario de ciertos hospitales y clínicas, y un largo etcétera. Porque muchas personas tengan estos comportamientos, no por ello dejan de ser pecado.

Formar rectamente la conciencia es una obligación de todos los creyentes. A la formación de las conciencias contribuyen múltiples y valiosos instrumentos espirituales y pastorales que es preciso valorar cada vez más. Entre ellos, la catequesis, la predicación, la homilía, la dirección espiritual, el sacramento de la Reconciliación y la celebración de la Eucaristía (Benedicto XVI). Procuremos aprovechar estos medios para tener una conciencia recta que sepa distinguir el bien del mal.

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