Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Sb 9, 13-18; Flm 9b-10.12.17; Lc 14, 25-33

Poderosos enemigos. ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? El cristiano cada día debe enfrentarse contra enemigos poderosos, pero tiene a su disposición la gracia que Dios le concede para vencer. En el viejo Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito por Gaspar Astete, se aconsejaba usar la señal de la Cruz muchas veces porque en todo tiempo y lugar nuestros enemigos nos combaten y persiguen. Y a la pregunta: ¿Qué enemigos son éstos?, se respondía: El demonio, el mundo y la carne.

San Josemaría Escrivá, refiriéndose a estos enemigos de nuestra alma, escribió: El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregue el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad.

Mundo y demonio. La victoria está asegurada para quien acude a la ayuda divina, porque nuestro Dios no pierde batallas. Hay que guerrear en primer lugar contra el príncipe de este mundo, el espíritu del mal, que ya en los mismos orígenes de la humanidad, con sutil tentación, hizo que nuestros primeros padres se apartaran de los mandatos de Dios. Satanás es un ser de naturaleza angélica -es el ángel caído- que emplea sus poderes sobrehumanos tratando de apartar al hombre de su camino de salvación. Pero, a pesar de ser su poder superior al de la naturaleza humana, el hombre sabe que le puede vencer, pues puede decir con san Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13).

El segundo enemigo contra el que es preciso pelear es el mundo, ese mundo considerado como enemigo de Dios y contrario a Cristo, porque la maldad de los hombres esclavizados por el pecado y el demonio lo ha hecho malo. La lucha será dura. El mismo Cristo lo ha dicho: En el mundo tendréis tribulación (Jn 16, 33), pero pongamos toda nuestra confianza en el Señor que nos dice: Confiad: Yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).

El tercer enemigo. Por último, hay un enemigo que no es exterior al hombre sino que lo llevamos dentro: la carne. Enemigo que hay que combatir y vencer. También a san Pablo le fue dado el aguijón de la carne, y cuando rogó al Señor que le librase de lo que él denominó ángel de Satanás recibió de Dios por respuesta: Te basta mi gracia (2 Co 12, 9). Habrá quien diga que es débil. Sí, todos estamos inclinados al mal, pero no es ésa razón para dejar de luchar. Busquemos la fortaleza de Dios y la victoria se inclinará de nuestro lado.

Tenemos a nuestra disposición los medios para vivir bien la pureza, especialmente la devoción a la Virgen María, Madre del Amor Hermoso. Sed fuertes en la guerra, era el lema de una División del ejército. Pidámosle a Dios la fortaleza necesaria para afrontar el combate, y venceremos a esos aventureros de los que hablábamos al principio.

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