Clases de Religión. Los Diez Mandamientos (Lección 2ª)

Los Diez Mandamientos

 

¿Cuáles son los Mandamientos? En la respuesta al joven rico Jesucristo enunció algunos de los mandamientos de la Ley de Dios. En total son diez los mandamientos. Por eso se conoce también con el nombre de Decálogo a la Ley de Dios. Los mandamientos hablan de las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios, y los otros siete, más al amor del prójimo.

Los Diez Mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones graves. Sin embargo, la obediencia a estos preceptos implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve.

Éste es el Decálogo:

1º  Amarás a Dios sobre todas las cosas

2º  No tomarás el nombre de Dios en vano

3º  Santificarás las fiestas

4º  Honrarás a tu padre y a tu madre

5º  No matarás

6º  No cometerás actos impuros

7º  No robarás

8º  No dirás falso testimonio ni mentirás

9º  No consentirás pensamientos ni deseos impuros

10ºNo codiciarás los bienes ajenos

            ¿Es necesario el cumplimiento del Decálogo para salvarse? Los Diez Mandamientos fueron entregados por Dios a Moisés en el Monte Sinaí. Pertenecen a la revelación de Dios y ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos fundamentales inherentes a la naturaleza de la persona humana. Por expresar estos mandamientos divinos los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los Diez Mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano. El Decálogo, pues, obliga a todos los hombres de todas las épocas y de todos los lugares.

La obediencia a los mandamientos implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. Así, la injuria de palabra está prohibida por el quinto mandamiento, pero sólo podría ser una falta grave en razón de las circunstancias o de la intención del que la profiere (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.073).

Sí es necesario cumplir con la Ley de Dios para salvarse. De la conversación de Cristo con el joven rico se deduce la estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de la Ley de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús los mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres; Él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como camino y condición de salvación.

He aquí un ejemplo ilustrativo de lo que estamos diciendo. Una persona conduce un coche y se dirige a una ciudad montañosa a través de una carretera estrecha y difícil, llena de curvas. Para evitar accidentes, la carretera está muy bien señalizada, con quitamiedos y barreras. Si esa persona quiere llegar a su destino lo lógico es que respeten las señales de tráfico. No están puestas como obstáculos, sino todo lo contrario, hacen más asequible la consecución del objetivo que es llegar a la ciudad a la que se dirige. Ahora bien, si un conductor no respeta esas señales, lo más seguro es que acabe en una cuneta o que tenga un accidente despeñándose y no llegue a su destino.

            ¿Es posible observar siempre, durante toda la vida, la Ley de Dios? Claro que es posible cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Eso sí, con la ayuda de la gracia. Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia. Dios no nos va a mandar algo imposible de cumplir. Si pidiera cosas imposibles no sería justo. Y sabemos que Dios es infinitamente justo.

            Parece ser que la Ley de Dios es una serie de prohibiciones… Pues no. La Ley de Dios es algo positivo pues es para nuestro bien y felicidad. Gracias a ellos vivimos como personas y no como animales. Imagínate, si se pudiera robar, matar, mentir…, el mundo sería como la selva, donde los animales se matan unos a otros y la ley que impera es la del más fuerte.

El inolvidable papa Juan Pablo II, en una ocasión dijo a los jóvenes: No veáis nunca los mandamientos como algo negativo, como preceptos que limitan la libertad o como avisos de castigo. Los mandamientos se entienden, se convierten en fuerza liberadora, cuando uno procura entender y cumplir el gran mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas (Discurso, 18.V.1988).

En los mandamientos hay obligaciones y prohibiciones. Estamos obligados a hacer las cosas buenas, como es amar a Dios, querer a nuestros padres. Por eso se nos manda hacerlas, porque son buenas. Algunos mandamientos están enunciados en forma positiva y otros en forma negativa, pero en todos hay unas obligaciones y unas prohibiciones. El quinto, por ejemplo, dice: no matarás. Pues bien, este mandamiento nos manda (entre otras cosas) cuidar de la propia salud (algo bueno) y nos prohibe (entre otras cosas) lastimar al prójimo (algo malo). El cuarto manda cuidar de nuestros padres cuando sean mayores y no puedan valerse por sí mismos, y prohibe que les faltemos al respeto con insultos y malas contestaciones o que les desobedezcamos.

Una idea que hay tener muy clara es que lo que está prohibido, lo está por ser malo, algo nocivo para el hombre. No confundamos y digamos que es malo porque está prohibido. Te pongo un ejemplo casero. Una madre prohibe a su hijo pequeño que enrede con los productos líquidos de limpiezas que hay en la cocina. Y así, le regaña si coge el bote de lejía o el del detergente líquido. ¿Por qué? Porque ella sabe que los niños se llevan todo a la boca y es posible que el crío quiera probar a qué sabe el líquido que contiene dicho bote. La madre conoce el peligro y no quiere que su hijo se envenene. Por eso tiene prohibido a su hijo coger esos productos. No envenena la lejía porque la madre se lo ha prohibido a su hijo, sino que se lo ha prohibido porque envenena.

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