Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Ex 32, 7-11.13-14; 1 Tm 1, 13-17; Lc 15, 1-32

Ruptura con Dios. En el evangelio de la Misa de este domingo nos encontramos con las parábolas denominadas de la misericordia. La del hijo pródigo es quizás la parábola más comentada de todas. Conforma una de las páginas más bellas del Evangelio. En ella, de modo gráfico, Cristo se refiere a la infinita y paternal misericordia de Dios. Algunos señalan que mejor sería llamarla la parábola del padre misericordioso. Benedicto XVI señala que se tiende a denominarla parábola de los dos hermanos.

El hijo pródigo veía en la casa de su padre una serie de limitaciones que coartaban su libertad. Lo tenía todo. El amor de su padre, el bienestar, la consideración de hijo, la honra… pero para él esto era contrario a su libertad, y tomó la decisión de abandonar la casa paterna, después de exigir a su padre la parte de la herencia que le correspondía. Se produjo una ruptura en las relaciones con su padre. Y esto es el pecado: el rechazo del amor paterno de Dios y de los dones derivados de ese amor. Hay personas que ven en los mandamientos del Decálogo preceptos que limitan su libertad, pero se equivocan, porque en el cumplimiento de la ley de Dios está nuestro bien.

Ordenado a la vida. Malgastó su fortuna viviendo lujuriosamente. Aquel joven se dejó arrastrar por las más bajas pasiones. En lugar de vivir como una persona humana tuvo un comportamiento más propio de los animales, que se dejan llevar por el instinto sexual. Llenó su corazón de impurezas. Y los pecados de la carne provocan la insensibilidad para las cosas de Dios, y también para muchas cosas humanas rectas, entre ellas, la de enamorarse castamente. El hijo pródigo perdió la capacidad de amar.

El cristiano no mira la actividad sexual como algo malo, sino como facultad otorgada por Dios para la transmisión de la vida dentro de la unión matrimonial. Pocas cosas pueden tanta dignidad en la tierra como esta capacidad que se ordena a dar la vida. Dios ha dado a la especie humana el precepto de multiplicarse y poblar la tierra, y para facilitar el cumplimiento de esta obligación, asoció un placer al acto generativo. Buscar ese placer fuera de las condiciones establecidas por Dios es ir contra el plan divino, es un pecado grave. Por tanto, sólo es lícito hacer uso de la facultad generativa dentro del matrimonio.

Rehacer la vida. El joven, al verse en la situación en que había caído, recapacita. Me levantaré e iré a mi padre. Por muy enfangada que esté un alma, siempre es posible salir de esa situación. Se requiere humildad para reconocer el pecado e ir a la casa del Padre. Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies… El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de la vida nueva, pura, digna, llena de gozo que es la vida del hombre que vuelve a Dios. Eso sí es rehacer la vida.

Nunca es tarde para el arrepentimiento. En la casa del Padre está la felicidad. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

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