Homilía del XXV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Am 8, 4-7; 1 Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13

Deberes de justicia. Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. El profeta Amós denuncia a los que son injustos y explotan a los pobres. En el Decálogo está el 7º mandamiento: No hurtarás, que trata de la virtud de la justicia. Este precepto de la ley de Dios ordena hacer buen uso de los bienes terrenos. Manda Dios respetar el derecho del prójimo a los bienes de fortuna, y de guardar la justicia en todo lo que mira a la hacienda de los demás. Su cumplimiento es la salvaguardia de la justicia y del derecho de propiedad, y el fundamento del orden, de la paz y de las relaciones laborales.

Es obligación de justicia: pagar las deudas, dar el justo jornal a los operarios, pagar los impuestos, buscar al dueño de aquello que se ha encontrado, y -en caso de infracción – restituir cuanto antes lo robado y reparar la injusticia cometida. Y exige respetar las promesas y los contratos estipulados.

Restitución. El 7º mandamiento se quebranta con los actos externos contrarios a la justicia y al derecho de la propiedad, como son el hurto, la rapiña, el fraude, la usura, la retención injusta, la cooperación injusta, y cualquier otra acción voluntaria que cause daño al prójimo en sus bienes, como sería no pagar maliciosamente las deudas y los salarios debidos, o percibir éstos sin haberlos ganado; violar los contratos y compromisos adquiridos, la especulación, la falsificación de cheques y facturas; el abuso privado de bienes sociales; los trabajos culpablemente mal realizados y el despilfarro.

Cuando se ha faltado al 7º mandamiento hay que reparar la injusticia causada. Esta reparación puede comprender tanto la devolución de la cosa injustamente robada como la compensación del daño injustamente causado. Todo el que tiene algo que no le pertenece, o que ha causado un daño injusto, debe restituir. La obligación de hacerlo, en el caso de materia grave, es absolutamente necesaria para obtener el perdón de los pecados. Si el impío hiciere penitencia y restituye lo robado, tendrá la vida verdadera (Ez 33, 15).

Mundo solidario. Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. El hombre es administrador de los bienes que ha recibido de Dios. Esta tierra pertenece a Dios, pero ha sido dada al conjunto de los hombres. Dios no quiere el despilfarro de los unos y el hambre de los otros, la abundancia de unos porque su suelo es generoso, y el despojamiento de los otros porque no tienen esta suerte. No tiene que haber privilegios para los ricos y los fuertes, e injusticia para los pobres y los minusválidos. Todos son iguales en dignidad (Juan Pablo II).

Es bueno que cada uno tenga una responsabilidad personal, desarrolle sus talentos y tome una parte de la naturaleza para revalorizarla. Pero Dios ha querido un mundo en el que se compartan las cosas, se sea solidario y se preste ayuda mutua.

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