Homilía del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Am 6, 1a.4-7; 1 Tm 6, 11-16; Lc 16, 19-31

Ayuda al necesitado. La parábola que hemos leído tiene bastante actualidad. ¿Cuántos hay que viven como el rico Epulón? Personas con abundancia de bienes, que no ven a su lado pobres que carecen de lo más necesario para vivir; ricos que despilfarran el dinero en caprichos lujosos y no ayudan económicamente a los necesitados. Un texto del Concilio Vaticano II dice: Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro.

Con esta parábola, Cristo nos habla de la supervivencia del alma después de la muerte y, por tanto, de la retribución ultraterrena. Después de la muerte el alma es juzgada por Dios de todos sus actos, recibiendo el premio o el castigo merecido. Quien se comporte como el rico Epulón, y no ayuda al desvalido, que no espere otra suerte distinta del rico de la parábola.

Retribución eterna. Otra enseñanza de esta parábola es que los bienes terrenos -también los sufrimientos- son efímeros: se acaban con la muerte. La vida del hombre es tiempo de prueba, donde hay posibilidad de pecar o de merecer. Al morir el hombre, comienza de forma inmediata para él el gozo del premio o el sufrimiento del castigo, merecidos durante la prueba de la vida. Las almas de todos los que mueren en gracia de Dios reciben el premio de la gloria eterna. Distinta suerte corren los que mueren en pecado; éstos, inmediatamente después de morir, van al infierno.

Quizás alguno se pregunte: ¿Pero hay gente que todavía cree en estas cosas? Para negar esta verdad de fe habría que arrancar bastantes páginas del Evangelio, las páginas en las que Cristo habla de este lugar de castigo eterno. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. (…) E irán al suplicio eterno (Mt 25, 41.46). Más claro no se puede decir.

Sin cambio. En el diálogo entre el rico Epulón y Abrahán, éste dice al otro: Entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Con estas palabras se manifiesta que tras la muerte y resurrección no habrá lugar para penitencia alguna. Ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Éste es un abismo infranqueable (Afraates).

Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite. Hay quienes dicen: Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia. A ésos les diría Abrahán: Si no escucháis la voz de los legítimos Pastores (el Papa, los Obispos); si no seguís la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, no es verdad que creáis en Dios, pues Jesucristo dijo: “Quien a vosotros os oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado” (Lc 10, 16).

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