Clases de Religión. Los Diez Mandamientos (Lección 4ª)

Segundo mandamiento

No tomarás el nombre de Dios en vano

Antes de entrar en el tema te cuento una anécdota ejemplar. Había una cantante de ópera que había tenido muchos triunfos y le habían aplaudido en las principales capitales. Pero un día comenzó a perder la voz y a sentir molestias en la garganta. Los médicos le descubrieron un mal incurable que podría acabar con su vida. Para evitarlo necesitaba operarse urgentemente. Le dijeron: Ya no podrá usted cantar y ni siquiera hablar jamás. El día convenido para la operación, momentos antes de entrar en el quirófano, el cirujano le dijo si quería decir algo. Ella respondió con una sonrisa, mientras decía: Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Y éstas fueron las últimas palabras que pronunció.

Este mandamiento, según está enunciado, es una prohibición. ¿Es que no manda nada en sentido positivo? Tienes razón, su enunciado indica lo que está prohibido, pero tiene una parte, como los demás mandamientos, positiva. De esto ya te hablé antes. En cada mandamiento hay unas obligaciones y unas prohibiciones. El segundo mandamiento de la Ley de Dios nos manda invocar, bendecir, alabar, respetar, glorificar y honrar el Santo Nombre de Dios, y cumplir los juramentos lícitos y los votos. Además, también manda que hablemos con reverencia de la Virgen, de los Ángeles, de los Santos y de cuanto se refiere a la Iglesia, al culto y a la religión en general.

¿Me puedes concretar algo más estas obligaciones? Mira. Honramos o santificamos el nombre de Dios cuando le alabamos como Creador y Salvador, confesando ante los hombres que es nuestro Dios y Señor; cuando escuchamos con devoción o meditamos la Palabra de Dios; cuando damos gracias por todo lo que nos concede, o pedimos con confianza su ayuda y protección; cuando cuidamos todo lo que está consagrado; cuando procuramos que Dios sea conocido, amado y honrado por todos; cuando juramos con piedad, justicia y verdad; cuando hacemos votos y promesas de cosas gratas a Dios con intención de cumplirlas.

Y en atención al nombre de Dios, que de alguna manera ostentan, hemos de respetar los lugares, las cosas y personas a Él consagrados. Son lugares sagrados los templos y cementerios, en los cuales nuestro comportamiento ha de estar lleno de respeto. No olvides que en cada iglesia está el Señor en el sagrario y que está dedicada al culto. Son cosas sagradas el altar, el cáliz, y otros objetos que se usan para el culto. Y por último, son personas consagradas los ministros de Dios y los religiosos. Por tanto, merecen todo respeto y nunca se debe hablar mal de ellos. Especial dignidad tienen el Papa y los Obispos, pues poseen la plenitud del sacerdocio.

            Antes hablaste de los votos y de las promesas. Las promesas, sí sé lo que son, pero no sé nada de los votos. ¿Me lo puedes explicar? Empiezo por las promesas. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y la ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel (n. 2.101)  

¿Y el voto? No seas impaciente, te lo explico a continuación. El voto es la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de una cosa buena -un bien posible- que no impide otra mejor, con intención de obligación. El voto es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una cosa buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que le ha prometido y consagrado.

Hemos de acostumbrarnos a hacer propósitos que nos ayuden a mejorar, sin necesidad de hacer votos o promesas, a no ser que Dios así nos lo pidiera. Si alguna vez queremos hacer alguna promesa a Dios, es prudente preguntar antes a algún sacerdote o al confesor, o consultarlo en la dirección espiritual para asegurarnos que podemos cumplirla.

¿Me lo puedes explicar un poco más? Empiezo por aclarar: promesa de una cosa buena -un bien posible- que no impide otra mejor. Y lo hago con un ejemplo. Un estudiante hace voto de ir a pie un domingo a una ermita de la Virgen que está es un sitio despoblado y lejos de cualquier pueblo o ciudad. El objeto del voto es una cosa buena: visitar una ermita de la Virgen para rezar. Pero el cumplimiento del voto le impide asistir a la Santa Misa ese domingo. He aquí una cosa buena que impide otra mejor, como es el cumplimiento del precepto dominical. Por tanto, no es lícito hacer esa promesa.

El bien que se promete hacer debe ser mejor que su contrario u omisión. Y pongo un ejemplo: es inválido el voto de no ser sacerdote aún en el caso de que se sintiera vocación al sacerdocio, porque el seguir la llamada de Dios es mejor que no seguirla. Sí es válido el voto de permanecer célibe por amor a Dios, porque el celibato y la virginidad son más perfectos que el estado matrimonial.

Tampoco se puede prometer un bien que físicamente es imposible. Por ejemplo, hacer una peregrinación desde La Rábida a Tierra Santa a pie y descalzo, y ayunando todos los días que dure la peregrinación.

            ¿Qué es el juramento? A veces es necesario que el que hace una declaración sobre lo que ha visto u oído haya de reforzarla con un testimonio especial. Por lo que en ocasiones muy importantes, sobre todo ante un tribunal, se puede invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o promete: eso es hacer un juramento. Fuera de estos casos, no se debe jurar nunca, y hay que procurar que la convivencia humana se establezca en base a la veracidad y honradez. Jesucristo dijo: Sea, pues, vuestro modo de hablar: sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno (Mt 5, 37).

Se puede definir el juramento de la siguiente manera: El juramento consiste en poner a Dios o a los Santos por testigos de la verdad de lo que se dice o promete.

¿Cuándo un juramento es bueno? Para que el juramento sea bueno es menester que se haga con verdad, con justicia y con necesidad. Sin estos requisitos no puede prestarse juramento. Si se hiciera, se cometería pecado.

Jurar con verdad es afirmar lo que se cree ser una realidad, aunque uno esté equivocado; por tanto, se excluye toda mentira y toda duda prudente. Por ejemplo, si una persona está segura, sin ningún tipo de duda prudente, de reconocer en un hombre concreto al autor de un crimen y lo afirma en un juicio después de prestar juramento, ha jurado con verdad, aun en el caso de que se hubiera equivocado. Ahora bien, no lo haría con verdad si dudara, es decir, no estuviera seguro.

Jamás es lícito invocar el nombre de Dios para rubricar una mentira. Para jurar con verdad se requiere al menos que exista una certeza moral de aquello sobre lo que recae el juramento. La simple probabilidad no sería suficiente para jurarlo.

Jurar con justicia, o sea, que sólo se puede invocar el nombre de Dios cuando se jura una cosa en sí misma buena. En consecuencia, no se debe apelar al testimonio divino para hacer el mal. Por ejemplo, el juramento para la venganza. El tan frecuente “juro que me vengaré”, es un juramento ilícito e inválido.

Para jurar con justicia es preciso que lo que se promete hacer bajo juramento sea bueno, lícito y honesto; y que no se afirme nada ilícitamente, cuando se asegura bajo juramento una cosa pasada o presente.

Jura con justicia quien en un juicio testifica una realidad que presenció, siendo su testimonio necesario para aclarar la verdad de los hechos. Sin embargo, no juraría con justicia si afirmase -sin faltar a la verdad- una conducta pecaminosa del acusado, que no tiene nada que ver para aclarar los hechos.

Jurar con sensatez, es decir, con juicio, supone que no se jura con ligereza, sino por necesidad. El segundo precepto del Decálogo prohibe usar en vano el nombre de Dios. Sólo si las circunstancias lo demandan, se puede acudir al juramento como aval de la verdad humana. Dios no puede ser testigo de una banalidad.

Se jura con necesidad y derecho cuando hay causa grave y justa o, por lo menos, verdadera y grande utilidad. Es el caso de los juicios. Los testigos juran con necesidad porque es una causa justa.

            ¿Cuáles son los pecados contra el segundo mandamiento? Además de los pecados de perjurio o de incumplimiento del voto, los pecados contra este mandamiento son: pronunciar con ligereza o sin necesidad el nombre de Dios, la infidelidad a las promesas hechas en nombre de Dios  y la blasfemia.

El perjurio es hacer, bajo juramento, una promesa con intención de no cumplirla, o bien violar la promesa hecha bajo juramento. También es jurar sin verdad. Es siempre, por su misma naturaleza, pecado grave contra Dios, que siempre es fiel a sus promesas. Es un pecado mortal aunque recaiga sobre una mentira muy leve y no perjudique a nadie. Está prohibido jurar en falso, porque ello supone invocar en una causa a Dios, que es la verdad misma, como testigo de una mentira.

El incumplimiento del voto también es pecado, aunque aquí puede ser venial o mortal, según la materia del voto y la intención del quien lo hizo.

Quien se obliga con voto a una cosa en sí leve (por ejemplo, rezar por las noches tres avemarías) no puede prometerse bajo obligación grave. En este caso, el incumplimiento del voto es pecado venial.

El uso del nombre de Dios en vano consiste en proferir sin motivo alguno o sin la debida reverencia el nombre santo de Dios. Por extensión se aplica también al nombre de María y al de los santos.

Las palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohibe también “el uso mágico” del Nombre divino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.149).

El empleo del nombre santo de Dios en vano es pecado, aunque no suele pasar de venial, por tratarse de una irreverencia leve. Igualmente, si uno pronuncia con irreverencia alguna palabra que hace referencia a la Sagrada Eucaristía, peca, aunque sea una costumbre muy extendida. Y es una expresión irreverente emplear la palabra hostia como sinónimo de bofetada.

La blasfemia, que es todo dicho, hecho o gesto injurioso contra Dios, la Virgen, los Santos o la Iglesia. Si se hace de forma consciente, es un pecado grave, ya que va directamente contra Dios.

¿Qué se debe hacer cuando se oye una blasfemia? Un buen cristiano no se debe limitar a pronunciar el nombre de Dios con respeto, sino que ha de sentirse herido al oír un insulto contra su Padre Dios: no puede quedarse impasible. La reacción lógica, si es posible, será hacer callar -con caridad, pero con decisión- a esas personas que blasfeman, y, sobre todo, desagraviar a Dios por aquellas ofensas. Para desagraviar, un medio que han utilizado siempre los cristianos son las jaculatorias, que son invocaciones breves de alabanza al Señor o a la Santísima Virgen, con las que se intenta reparar el agravio producido por quienes blasfeman.

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