Homilía del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Ex 17, 8-13; 2 Tm 3, 14 – 4, 2; Lc 18, 1-8

Oración insistente. Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer. Las lecturas bíblicas de este domingo tienen como tema principal la oración. Esta palabra de Dios que hemos leído contiene un mensaje que está destinado a iluminar en profundidad la conciencia de los cristianos. En el mundo actual, ante las realidades sociales difíciles y complejas, es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable.

Se puede resumir así: la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oración es expresión de la fe. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo (Benedicto XVI).

Manos alzadas hacia Dios. En la 1ª lectura se narra la batalla entre los israelitas y los amalecitas. Fue la oración elevada con fe a Dios lo que determinó que la victoria fuera para el pueblo elegido. Mientras Josué y sus hombres luchaban contra sus enemigos, en el monte Moisés tenía levantadas las manos en actitud orante. Las manos levantadas de Moisés garantizaron que el desenlace de la batalla fuera favorable a Israel. Dios estaba con su pueblo, quería su victoria, pero condicionaba su intervención a que Moisés tuviera en alto las manos, suplicando por los suyos.

Parece increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los brazos elevados de Moisés hacen pensar en los de Jesús en la cruz: brazos extendidos y clavados con los que el Redentor venció la batalla decisiva contra el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas sobre el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreciéndose con su mismo amor, hasta el fin del mundo (Benedicto XVI).

Oración, fuerza de esperanza. La oración mantiene encendida la llama de la fe. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra? Esta pregunta nos tiene que hacer pensar. La fe es esperanza, abre la tierra a la fuerza divina, a la fuerza del bien. La figura de la viuda de la parábola evangélica representa a tantas personas sencillas y rectas que sufren atropellos, que se sienten impotentes ante determinadas injusticias sociales y que padecen la tentación del desaliento. Jesús parece sugerirles: observad con qué tenacidad esta pobre viuda insiste y al final logra que un juez injusto la escuche. ¿Cómo podríais pensar que vuestro Padre celestial, bueno, fiel y poderoso, que sólo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo?

La oración nos pone decididamente del lado del Señor para combatir la injusticia y vencer el mal con el bien. La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno. La oración cristiana es fuerza de esperanza, expresión máxima de la fe en el poder de Dios, que es Amor y no nos abandona.

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