Homilía del XXX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Si 35, 12-14.16-18; 2 Tm 4, 6-8.16-18; Lc 18, 9-14

Vale pena. El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial. Dios es remunerador, premia a los buenos y castiga a los malos; un juez justo, que retribuye a cada uno según sus obras. Dios no hace acepción de personas (Ga 2, 6). No desestima la súplica del huérfano, ni de la viuda, cuando se desahoga en lamentos. La 1ª lectura es una invitación a confiar en Dios; Él no olvida del bien realizado ni quién lo hace. Esta confianza en la bondad divina de ninguna manera debe llevar al pecado de presunción, pues todo el mal que hacen los malos se registra (San Agustín).

En la 2ª lectura, san Pablo escribe a Timoteo: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día, y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. Al contemplar la proximidad de su muerte, el Apóstol expresa su esperanza en la recompensa que Dios le va a conceder por su vida entregada a la causa del Evangelio. También Juan Pablo II se expresó de forma parecida al final de su vida: Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!, porque Dios lo premiará con la vida eterna.

Humildad y contrición. En el pasaje evangélico, Cristo presenta dos tipos humanos contrapuestos: el fariseo, meticuloso en el cumplimiento externo de la Ley; y el publicano, considerado un pecador público. El primero, en su oración, llevado por su orgullo y creyéndose ya justo, se jacta de lo bueno que hace. Es una oración llena de vanidad, de autocomplacencia y, por tanto, no grata a Dios. La recompensa por sus buenas obras se desvanece en el humo de la vanagloria, debido a su soberbia.

Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador. La oración del publicano, una simple jaculatoria, llena de humildad y de arrepentimiento sincero, alcanza misericordia de Dios. Con razón algunos han dicho que la oración justifica, porque la oración contrita o la contrición orante eleva el alma a Dios, la une a su bondad y obtiene su perdón en virtud del amor divino que le comunica este santo movimiento (San Francisco de Sales).

Dolor de amor. La contrición, que es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar, es necesaria para la confesión. No despreciará Dios un corazón contrito y humillado (Sal 50, 9). ¡Qué pena dan las personas que, adoptando la actitud del fariseo, dicen: No tengo nada de qué arrepentirme. Nosotros, si queremos que se nos perdonen los pecados, diremos como el publicano: Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador.

Nuestras miserias no deben desalentarnos. Reaccionemos enseguida con humildad y con dolor de amor. Si hay contrición, las propias flaquezas pueden ser causa de una mayor humildad y unión con el Señor. La verdadera contrición lleva siempre al sacramento de la Penitencia. No hay contrición cuando se desprecia este sacramento instituido por Cristo precisamente para perdonar los pecados. No es suficiente el arrepentimiento para borrar los pecados sin el deseo de acudir a la Confesión.

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