Homilía de la Conmemoración de los Fieles Difuntos (Ciclo C)

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (C)

Lecturas: 2 M 12, 43-46; Rm 8, 31b-35.37-39; Lc 7, 11-17

Oración por los fieles difuntos. Si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarían, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. En la 1ª lectura, Judas Macabeo hace una colecta para ofrecer un sacrificio por los que murieron en una batalla librada. El ofrecimiento de aquel sacrificio y las súplicas por los que habían muerto, no sólo significan la esperanza de la resurrección, sino la convicción de que es posible una purificación personal por los pecados después de la muerte, y de que las oraciones y sacrificios por los difuntos son eficaces para esa purificación. Es lo que la Iglesia cree cuando afirma la existencia del Purgatorio y el valor expiatorio de las oraciones y sacrificios por los difuntos.

La Iglesia es Madre, y no se olvida de sus hijos muertos. Hoy conmemora a los fieles difuntos, a todos aquellos que murieron en la amistad con Dios, con su alma en gracia, pero que tienen que purificarse en el Purgatorio antes de entrar en el Cielo. Por ellos ofrece sufragios, especialmente el santo sacrificio eucarístico.

Redimidos por el amor. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? En todas estas cosas vencemos con facilidad gracias a aquél que nos amó. Los cristianos, con tal de que queramos acoger los beneficios divinos, podemos tener la certeza de alcanzar la salvación, porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni temor de la muerte, ni amor a la vida, ni príncipes de los demonios, ni potestades del mundo, ni tormentos que nos hacen sufrir. Y, si por debilidad nos apartamos, siempre tenemos a nuestro alcance los medios para regresar a él.

No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. El ser humano necesita un amor incondicionado; necesita la certeza del amor absoluto, más fuerte que la muerte, capaz de otorgar plena serenidad interior. Y esa certeza se encuentra en el amor de Dios. Por eso puede decir: Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Resurrección de la carne. Muchacho, a ti te digo, levántate. Hemos leído el pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Creo en la resurrección de la carne. El Credo cristiano culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna. Ésta es nuestra esperanza. La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella (Tertuliano).

Del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día. Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor (2 Co 5, 8).

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