Clases de Religión. Los Diez Mandamientos (Lección 7ª)

Quinto mandamiento

No matarás

¿Qué manda el quinto mandamiento? Dios en este mandamiento nos ordena conservar la salud y la vida propias, así como las ajenas, tanto en lo espiritual como en lo temporal. De modo que en forma positiva podría expresarse el quinto mandamiento diciendo: Respetarás toda vida humana

Nos manda también querer bien a todos y amarlos, aun a los enemigos; hacer el bien a todos, dentro de las posibilidades, cuando la ocasión se presenta, y reparar el mal hecho, tanto espiritual como temporal.

Prácticamente, este mandamiento nos ordena: respetar a todos los hombres, porque todos tenemos el mismo origen y somos hermanos, como hijos de un Padre común, Dios, ayudar a los que están necesitados; compadecernos de los que están en la miseria; perdonar a los que nos han ofendido.

Debemos tener cuidado de la salud y vida del alma, porque está creada a imagen y semejanza de Dios, por su condición espiritual y personal del hombre y por medio de la gracia, de la vida divina. Y debemos respetar la salud y vida del cuerpo, por razón de ser el cuerpo de una persona humana y porque el cuerpo es templo del Espíritu Santo, morada del alma y destinado, como ella, a la vida eterna, después de la resurrección universal.

¿Tiene mucho valor la vida humana? Sí, por supuesto. En el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente (n. 2.258).

El respeto de la vida humana está testimoniado en la Sagrada Escritura. En el libro del Génesis se relata la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, que revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes. Dios manifiesta la maldad de este fratricidio: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano (Gn 4, 10-11).

En el libro del Éxodo está la prohibición de matar con estas palabras: No quites la vida del inocente y justo (Ex 23, 7). Pues el homicidio voluntario de un inocente es gravemente contrario a la dignidad del ser humano, a la regla de oro y a la santidad del Creador. La ley que lo proscribe posee una validez universal: obliga a todos y a cada uno, siempre y en todas partes.

En el Sermón de la Montaña, Jesucristo recuerda el precepto: No matarás (Mt 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, el Señor exige a sus discípulos presentar la otra mejilla, amar a los enemigos. Él mismo no se defendió y dijo a san Pedro que guardase la espada en la vaina.  

¿Cuáles son los deberes en cuanto al cuerpo? La salud y la vida del cuerpo son los mayores bienes temporales que Dios nos da; pero no somos dueños absolutos de ellos, sino sólo administradores, y, por tanto, sólo Él tiene el derecho de quitárnoslos. De ahí, la obligación nuestra de poner todos los medios ordinarios para conservarlos y perfeccionar el organismo hasta un conveniente desarrollo. Y lo debemos hacer para honrar a Dios en la salud y vida del hombre.

La salud vale más que las riquezas; para conservarla no es lícito desentender los medios ordinarios, como son: el alimento, tomado con sobriedad y templanza; la laboriosidad o trabajo moderado, que favorece la nutrición y robustez del cuerpo; la limpieza y la higiene, que preservan de muchas enfermedades. Pero no hay obligación de acudir a medios extraordinarios, por muy costosos o muy dolorosos.

Por tanto, ha de evitarse el uso de estupefacientes, que causan gravísimos daños a la salud y a la vida humana, y también el abuso de los alimentos, del alcohol, del tabaco y de los medicamentos.

La obligación de conservar la vida nace asimismo del precepto divino positivo del amor ordenado del hombre a sí mismo y del instinto de conservación que Dios le da. La misma razón se la dicta, puesto que el Creador nos ha dado esta vida como preparación para la futura.

La moral, por tanto, exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiene a promover el “culto al cuerpo”, a sacrificar todo por él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo. Semejante concepción, por la selección que opera entre los fuertes y los débiles, puede conducir a la perversión de las relaciones humanas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.289).

Tocante a la salud y vida ajenas, se ha de tener muy presente el mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo: Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 19, 19), confirmación de los preceptos de la ley natural: Haz a los demás lo que quieres que hagan contigo, y no hagas a otro lo que no quieres para ti.

            ¿Qué prohibe el quinto mandamiento? La prohibición de no matar se refiere sólo a personas humanas. En beneficio del hombre se puede matar animales. Por ejemplo, cuando se mata una ternera o un cerdo para comer su carne; o se elimina un animal peligroso para la vida humana, que es el caso de matar una serpiente cobra para que no envenene con su mordisco a nadie; o con insecticidias se hace desaparecer los insectos por ser propagadores de enfermedades.

La prohibición de matar es porque sólo Dios da la vida al hombre, y sólo Él puede tomarla. Cada alma es individual y directamente creada por Dios y sólo Dios tiene derecho a decidir cuándo su tiempo de estancia en la tierra ha terminado. Por esto, se opone al quinto mandamiento: el homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo, ya que supone la usurpación injusta, por parte del hombre, del derecho que sólo Dios tiene sobre la vida humana; y el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en cuanto es una ofensa grave al justo amor de Dios, de sí mismo y del prójimo, y además, porque el hombre no se ha dado a sí mismo la vida y, por tanto, tampoco puede quitársela. Por lo que se refiere a la responsabilidad, ésta puede quedar agravada en razón del escándalo o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves temores. Pero en sí mismo, es un pecado especialmente grave, porque si el suicida actúa con pleno juicio (lo cual no ocurre muchas veces) y no se arrepiente en el último instante, se condena al infierno, pues peca en el mismo momento de morir.

¿Solamente están estos dos pecados? No seas impaciente y deja que continúe. Además de prohibir Dios el atentar contra la vida propia y la ajena, también prohibe el quinto mandamiento el mal uso de la salud y de la vida. Respecto al cuidado de la salud ajena, este mandamiento prohibe, en general, la violencia injusta, y todo lo que pueda exponer al prójimo a un mal grave, por ejemplo, conducir un vehículo de forma imprudente, o si sin estar en posesión de las necesarias facultades. También se puede faltar a este mandamiento de pensamiento, como sería el desear la muerte de otra persona, y de palabra, por ejemplo, el insultar al prójimo.

En resumen se puede decir que peca contra el mandamiento de no matarás el que a sí mimo o a su prójimo desea la muerte o algún otro mal grave, o le tiene odio; el que a otro mata, hiere o golpea; el que se embriaga, come cosas nocivas a la salud, pone en peligro su vida o se la quita, y el que a sí mismo o a otro maldice.

Y son pecados internos contra el quinto mandamiento el odio, la ira y la venganza. Respecto a la venganza hay que decir que no es lo mismo desear vengarse que desear que se haga justicia. Por ejemplo, si se produce un acto terrorista no es pecado desear que los criminales sean apresados, juzgados y condenados, porque lo que se quiere es que se haga justicia, y la justicia es algo bueno.

¿Y van contra el cuidado de la salud el ayuno y las mortificaciones? No están prohibidos por este mandamiento los ayunos, las mortificaciones y penitencias no peligrosas para la salud y hechas con discreción, bajo la dirección de una persona prudente. Y tampoco se prohibe el uso de estupefacientes (morfina, cocaína) y de narcóticos que los médicos prescriben para calmar dolores agudos, sin intención de hacer perder la conciencia ni adelantar la muerte.

¿Cabe alguna matización de esto último que has dicho? Sí. Puede haber causa justa para una sedación, que hace perder la conciencia; y para una administración de analgésicos que pueden adelantar la muerte, cuando hay motivos suficientes y no se busque directamente ese acortamiento. Pero en ningún caso está permitido abreviar la vida de un moribundo para que no padezca.

Antes dijiste que peca el que se embriaga… Sí, porque perjudica a la salud y pierde el control de sus actos. Mira lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos, al abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables (n. 2.290). También hay que evitar hacer deportes con demasiados riesgos para la integridad personal. Por ejemplo, hacer escalada sin la debida preparación y sin medios adecuados.

¿Hay algún supuesto en que sea lícito matar? Puede ser lícito matar a un hombre -y entonces no sería homicidio-, en algunos casos permitidos por la Ley de Dios. Por ejemplo, en la legítima defensa de la propia vida o de la un tercero, cuando es atacada injustamente por alguien, y matarle sea el único modo de defenderse. Del mismo modo, puede ser lícito a un policía matar a un criminal que amenaza con tomar o destruir bienes de gran valor, cuando no hay otra forma de disuadirle.

Pero el principio de la legítima defensa se aplica sólo cuando se es víctima de una agresión injusta. Por esto, nunca es lícito quitar la vida a un inocente para salvar la propia. Por ejemplo, no es lícito matar a un niño aún no nacido para salvar la vida de la madre, ya que el hijo no nacido no puede ser un agresor injusto para la madre. Tampoco es lícito matar o amenazar de muerte a una persona inocente para conseguir algo de un tercero, aunque lo que se le pide sea justo.

La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave para el que es responsable de la vida de otros. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.265).

¿Qué me dices de la guerra? A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a rezar y actuar para que Dios nos libre de la guerra. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.

Dicho esto, el principio de la legítima defensa se extiende no sólo a los individuos sino también a las naciones. En consecuencia, el soldado que combate por su país en una guerra justa, no peca si mata. No es fácil que una guerra, que no sea de simple defensa, sea justa; en cualquier caso hace falta gravísimos motivos, y debe conducirse según las normas del derecho, y procurando en todo momento y por todos los medios, el restablecimiento de la paz.

            El Catecismo de la Iglesia Católica cita las condiciones para que una guerra sea justa. Se ha de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez: -Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto. -Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. -Que se reúnan las condiciones serias de éxito. -Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición. Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común (n. 2.309).

¿Qué dice la Iglesia de la pena de muerte? Te cito un número del Catecismo de la Iglesia Católica: La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana. Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos” (n. 2.267).

Hay personas que defienden el aborto. ¿Qué malicia tiene el aborto? El aborto, voluntaria y directamente provocado, es siempre un homicidio, que reviste una especialísima gravedad, pues, además de matar a un ser humano inocente, se le priva de recibir el Bautismo, y la Iglesia enseña que, para los niños antes del uso de razón, no conoce más medio que el Bautismo para que se les perdone el pecado original y, si mueren, puedan ir al Cielo. En cuanto a los niños muertos sin Bautismo (caso de los fetos abortados), la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina.

Hay quienes pretenden que el aborto no sea un crimen, diciendo que el hijo, antes de nacer, es parte del organismo de la madre, de modo que ésta podría disponer de su vida, según su capricho. Sin embargo, esto es falso e insostenible incluso desde el solo punto de vista de la ciencia biológica. Desde el instante de la concepción hay ya un ser humano, que vive temporalmente a expensas de la madre, pero que es distinto de ella y tiene derecho a la vida. La Iglesia pena a quienes cometen o ayudan directamente a cometer este crimen con la excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad. Esta pena de excomunión impide la recepción de los beneficios espirituales de la Iglesia.

En algunos países, se ha llegado incluso a la aberración de permitir legalmente el aborto. Para aprobar estas leyes inicuas, contrarias a la ley natural, suelen dar diversos argumentos: dicen que el aborto sería lícito en caso de que la madre hubiera concebido al hijo sin quererlo; o en caso de que hubiera peligro de que naciera con algún defecto físico; o con el fin de impedir que se practique el aborto clandestino, en condiciones que pueden representar un peligro para la vida de la madre, etc. Sin embargo, en todos los casos la respuesta es la misma: el niño concebido en el seno materno es un ser humano que tiene derecho a la vida y nada puede justificar quitársela. Incluso en el caso de que se tema que pueda nacer con algún defecto físico, no es lícito matarlo, como no lo es matar a los ya nacidos que tienen esos mismos defectos.

            ¿Qué dice la Iglesia sobre la protección de los embriones? La respuesta está en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: La sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. Cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismos de un Estado de derecho (n. 472).

            ¿Y la eutanasia? Por eutanasia -aunque etimológicamente significa buena muerte– se entiende el acto de provocar -con una acción o una omisión de lo necesario para conservar la vida- la muerte a un enfermo incurable para ahorrarle sufrimientos. La eutanasia directa es gravemente ilícita, aunque sea el enfermo quien la pida. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.277).

También suele llamarse eutanasia a la muerte de vidas humanas “sin valor” (por ejemplo, retrasados mentales, personas de una determinada raza, etc.). Es una atrocidad, a la que se puede llegar -e históricamente se ha llegado- cuando se pierde el sentido cristiano de la vida o el valor del sufrimiento, con el que esos enfermos podrían ganarse la felicidad eterna, como si esta vida no valiera la pena vivirla si no es para disfrutar físicamente de ella.

No hay que confundir la eutanasia con el no poner medios extraordinarios para alargar la vida, lo cual con frecuencia es lícito. La enseñanza del Magisterio la Iglesia es clara: La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.278). 

            ¿Qué es el “encarnizamiento terapéutico”? Es la utilización de tratamientos médicos desproporcionados y sin esperanza razonable de resultado positivo.

            Entonces, ¿qué cuidados deben procurarse a los moribundos? Los moribundos tienen derecho a vivir con dignidad los últimos momentos de su vida terrena, sobre todo con la ayuda de la oración y de los sacramentos, que preparan al encuentro con el Dios vivo (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 478).

            ¿Es pecado tomar drogas? Sí es pecado el consumo de drogas, no como medicina -que puede ser necesario en algunos casos- sino como medio para producirse sensaciones de placer. Las drogas, incluso las llamadas blandas, dañan, en mayor o menor medida, la salud física y psíquica de la persona. El uso de drogas duras es, sin justificación alguna, un atentado contra la propia vida. Además, cada drogadicto se convierte fácilmente en un difusor de la droga, causando así un grave daño a los demás. El uso de la droga suele ser también ocasión para cometer otros crímenes.

            Conviene estar prevenidos contra algunas motivaciones que -sobre todo entre la población juvenil- pueden incitar al uso de drogas, como son: la curiosidad, unida a una falta de personalidad (se piensa que la droga es una experiencia moderna, típica de estos tiempos); el gusto de la ilegalidad (pues al estar prohibidas las drogas, algunos piensan, con poco sentido común, que consumiéndolas se rebelan contra la sociedad, que protestan, etc.); la ausencia de creatividad, que lleva a procurarse experiencias fáciles, sin esfuerzo; y, en el fondo de todo, el egoísmo, pues con el uso de la droga se pretende escapar de la realidad y huir de los deberes que cada uno tiene para con los demás y para con Dios.

            Todo lo dicho es sobre la salud y vida del cuerpo, pero ¿cómo se falta a este quinto mandamiento en lo referente a la salud y vida del alma? Este mandamiento prohibe también atentar contra la salud espiritual del prójimo. Se atenta contra ella con el escándalo. En el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave (n. 2.284).

El escándalo es toda palabra, acción u omisión, mala en sí misma o en apariencia, que induce a otros a pecar, aunque éstos no lleguen a hacerlo. En resumen, cualquier inducción a otra persona para que cometa pecado es escándalo. Se evita el escándalo respetando el alma y el cuerpo de la persona.

Escandaliza de palabra, por ejemplo, el que blasfema, ridiculiza la religión, canta canciones obscenas, participa en conversaciones inmorales, etc. Escandaliza por obra o acción, por ejemplo, el que realiza actos impuros delante de otros. Escandaliza por omisión, por ejemplo, el que no cumple con el precepto dominical. Todas estas acciones puestas por ejemplo son escandalosas sólo cuando suponen incitación para el prójimo; se puede, por ejemplo, faltar a Misa el domingo del modo más discreto y, por tanto, no dar lugar al escándalo.

El escándalo es un pecado gravísimo, del que dijo el Señor: ¡Ay del hombre que causa escándalo! (Mt 18, 7). Por esto, es necesario ser muy prudentes para no caer en él, cultivando, por ejemplo, la virtud del pudor, cuidando el comportamiento externo, dando buen ejemplo, etc.

Hay obligación de reparar el escándalo. El escandaloso está gravemente obligado -unas veces por caridad, otras, por justicia- a reparar, en lo posible, los daños espirituales y aun los materiales que hubiese ocasionado. Le obliga a ello la caridad, si el escandalizado pecó a causa de él; y le obliga la justicia, si se valió de medios injustos para hacerle faltar, o, si por su empleo o cargo, tenía obligación de evitar el escándalo. Si éste fuese público, ha de haber reparación pública.

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