Homilía del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Sb 11, 22 – 12, 2; 2 Ts 1, 11 – 2, 2; Lc 19, 1-10

Mucho más. Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Zaqueo había oído hablar de Cristo, del nuevo Profeta que surgido de Galilea. Se entera de que Jesús va a pasar por Jericó, su ciudad. Es su oportunidad. Quizá no se presente otra ocasión para conocerle. Decide aprovechar aquella oportunidad; pero surgen dificultades: hay demasiada gente y él es bajo de estatura. No se echa atrás. Pone los medios. Se sube a un árbol. Vence los respetos humanos. Y consigue mucho más de los que pretendía. Quería ver a Jesús; pero he aquí que Jesucristo le llama, se mete en su vida. Zaqueo se convierte. Es generoso y dice sí a Dios, correspondiendo a la gracia.

Saltándose los respetos humanos. Así debe hacer todo hombre en su búsqueda de Dios: ni la falsa vergüenza ni el miedo al ridículo deben impedir que ponga los medios para encontrar al Señor. Dios siempre premia el esfuerzo que el hombre realiza por encontrarle. Una vez convertido, Zaqueo no tiene vergüenza de manifestar su propósito de iniciar una nueva vida, devolviendo el cuádruplo de lo que había defraudado y dando la mitad de sus bienes a los pobres.

Unas preguntas. Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá). ¡Fuera los respetos humanos! ¿Vergüenza para formar una familia numerosa? ¿Vergüenza para bendecir la comida cuando hay invitados en la mesa o cuando estás en un restaurante? ¿Vergüenza para decirles a unos compañeros entretenidos en ver cierto tipo de revistas que la pornografía los embrutece, y que no son más hombres por dejarse llevar por las más bajas pasiones? ¿Vergüenza para asistir a Misa los domingos porque los amigos del barrio te pueden ver entrar en la iglesia?

Y podemos continuar con más preguntas: ¿Vergüenza para hacer una genuflexión al pasar delante del Sagrario o para ponerte de rodillas durante la consagración y elevación de la Sagrada Hostia durante la Eucaristía? ¿Vergüenza para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean? ¿Vergüenza para salir en defensa de la Iglesia o del Papa? ¿Vergüenza para hablar de Dios? ¿Vergüenza para confesarte?

La misión de salvar. Muchos murmuraron contra Jesús porque entró en casa de Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Ante estas críticas maliciosas, el Señor, en vez de excusarse por tratar afectuosamente a quien los murmuradores consideraban un pecador, manifiesta claramente que ha venido a eso: a buscar a los pecadores. Jesucristo es el Salvador de los hombres; ha curado a muchos enfermos, ha resucitado a muertos, pero sobre todo ha traído el perdón de los pecados y el don de la gracia. En esta ocasión, Jesús trae la salvación a Zaqueo, puesto que la misión del Hijo del Hombre es salvar lo que estaba perdido.

Jesús llamó individualmente, por su nombre a Zaqueo pidiéndole que lo recibiera en su casa. El evangelista subraya que lo recibió prontamente y con alegría. Así debemos responder nosotros a las llamadas que Dios nos hace por medio de su gracia.

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