Homilía del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 2 M 7, 1-2.9-14; 2 Ts 2, 16 – 3, 5; Lc 20, 27-38

Vale la pena. Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. En la 1ª lectura hemos leído el martirio de siete hermanos con su madre. Todos ellos profesaron un gran amor a Dios y sólo conocieron el temor de ofenderle. En todas las épocas de la vida de la Iglesia ha habido mártires. El primer mártir cristiano fue san Esteban, que siguió al pie de la letra la enseñanza de Cristo y su ejemplo. En el momento de ser martirizado san Esteban rogaba al Señor que no tuviera en cuenta el pecado de aquellos que le estaban lapidando. Esto -rezar por sus perseguidores- lo han hecho a lo largo de dos milenios todos los mártires cristianos.

Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Bien convencido de esto estaba santo Tomás Moro. Prisionero en la Torre de Londres, su mujer fue a verle y le dijo que prestara el juramento que exigía el rey, para salvar la vida. Bueno, Alicia -dijo Tomás-, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida? Su mujer contestó: Por lo menos veinte años, Dios mediante. Y Tomás replicó: Mi buena mujer, no sirves para negociante. ¿Es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?

Fortaleza para vencer. El Señor que es fiel os dará fuerzas y os librará del Maligno. El lema de la División Mecanizada Guzmán el Bueno era: Sed fuertes en la guerra. Como la vida del hombre sobre la tierra es milicia (Jb 7, 1) y hay que pelear contra los enemigos muy poderosos -el mundo, el demonio y la carne-, necesitamos la virtud de la fortaleza. Vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros. Resistidle firmes en la fe (1 P 5, 8-9). Sepamos mantener el combate sin doblegarnos ante las dificultades o ante el cansancio, o ante la propia fragilidad. ¡Señor, danos fortaleza!, la necesitamos para salir victoriosos en las batallas que nos plantea el diablo.

El Catecismo de la Iglesia Católica define la fortaleza como la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.

El martirio. El cristianismo nace de un acto sublime de fortaleza y de caridad: la muerte de Cristo en la Cruz; y se ha desarrollado gracias también a la sangre de los mártires. Nadie como el cristiano se siente comprendido en sus flaquezas, disculpado en sus errores, perdonado en sus pecados. Pero nadie como el cristiano se sabe solicitado al ejercicio de la fortaleza, hasta el extremo.

Los mártires son ejemplos admirables para todos los cristianos. El martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II).

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