Homilia de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY (C)

Lecturas: 2 S 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43

Rey triunfador. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos”. La Iglesia celebra hoy la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo.

Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo derramado en tus venas se ocultaba celosamente, y para los que te vieron eras sólo un despojo humano, unos restos inútiles… Dios sin vida para hacernos vivir. Dejaste de alentar para infundirnos aliento. Te sometiste al abandono, a la traición, al desamparo, para que cifremos nuestra dicha en sentirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la posibilidad de morir. No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor (Ernestina de Champourcin).

Una petición. Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Con las mismas palabras del buen ladrón le pedimos al Señor que se acuerde de nosotros; que nos lleve a su reino, que es un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz (Prefacio de la Misa).

Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso. Al responder a san Dimas, Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna de los hombres; y que es también infinitamente misericordioso, pues no rechaza a quien se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

En nuestros corazones. En la 2ª lectura hemos leído: Él nos sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Las tinieblas designan el mal y las potencias del Maligno. Muriendo en la cruz, Cristo, que es Luz verdadera, nos rescató del reino de las tinieblas, de la tiranía del Maligno, de la esclavitud del pecado, para trasladarnos al reino de la luz, en el que podemos gozar de libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo (Jn 18, 37). Y, efectivamente, Jesús quiere reinar en el corazón de cada hombre. Quiere reinar en tu corazón. Al Señor hay que darle el corazón entero. Jesús no se conforma con medios corazones. Ved si en vuestro corazón hay algún rincón que no es de Dios, y echad de allí lo que estorbe (San Josemaría Escrivá). Reinará Cristo en nuestro corazón si lo tenemos libre, sin dejarle que se apegue a las cosas terrenas. Pidamos Santa María, Reina y Madre del Rey del Universo, su ayuda para que siempre Cristo reine en nuestras vidas.

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