Homilía del I Domingo de Adviento (Ciclo A)

DOMINGO I DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 2, 1-5; Rm 13, 11-14; Mt 24, 37-44

El Señor está cerca. Este domingo comienza el Adviento, tiempo de gozosa espera. La Navidad está próxima. En este tiempo con el que comienza el año litúrgico, la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento de Cristo, Redentor del género humano.

La liturgia del Adviento repite con acentos vibrantes y apasionados: El Señor está cerca. Sí, Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con Él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz (Benedicto XVI).

Escatología personal. Además del encuentro de la Navidad, hay otros encuentros con Cristo. Adviento equivale a encuentro. Se puede hablar de tres encuentros con el Señor: el primero, encuentro con Cristo al final de los tiempos, en su segunda venida a la tierra; el segundo, encuentro con Él en el momento de la muerte; y el tercero, encuentro al encarnarse y nacer en Belén.

Fijémonos en el segundo encuentro, cuando recibamos la llamada definitiva que el Señor nos hará un día. Será cuando Él quiera, dónde Él quiera y como Él quiera. Por tanto, toda la vida del hombre es como un tiempo de Adviento, de espera y de preparación para ir al encuentro del Señor. ¡Qué pena si Dios nos encuentra dormidos, metidos en la tibieza!

El Señor nos busca en el tiempo presente. En la 1ª lectura, el profeta Isaías habla de la era mesiánica, en la que Dios, por medio de Jesucristo, reunirá a todas las naciones en venturosa paz. En la 2ª lectura, san Pablo exhorta a vivir dignamente en espera del Señor. El evangelio nos previene que, a diferencia de lo que hicieron los coetáneos de Noé, vivamos alerta, pues el Señor puede llegar de improviso en cualquier momento. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. El evangelio de este primer domingo de Adviento es una recomendación para que nuestro espíritu esté vigilante. Una invitación para luchar contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la pereza… El color morado de los ornamentos sagrados del Adviento habla de mortificación, que sirve para purificarnos. Por eso, debemos prepararnos bien con espíritu de penitencia, acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

Durante el Adviento del año 1980 Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ‑¿Cómo os preparáis para la Navidad? ‑Con oración ‑responden los niños gritando. ‑Bien, con la oración ‑les dice el Papa‑, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los millares de chicos, más fuerte todavía, respondieron: ‑¡Lo haremos! ‑Sí, debéis hacerlo ‑les dice Juan Pablo II-. Y en voz más baja: –El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño‑Dios.

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