Clases de Religión. Los Diez Mandamientos (Lección 10ª)

Octavo mandamiento

            No dirás falsos testimonios ni mentirás

            Vamos a comenzar hablando de la verdad y de la veracidad. Santo Tomás de Aquino dijo que la verdad es algo divino, por lo que hay que amarla y respetarla. Ésta es su definición: La verdad es la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. Y la veracidad es la conformidad de la palabra con la idea del que habla, o sea, la expresión sincera de lo que uno siente en su interior. Santo Tomás de Aquino la definió como la virtud que inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente

            Es la veracidad una virtud de nobleza en la convivencia humana. Jesucristo nos dio ejemplo y debió ser tan significativo que hasta sus mismos enemigos lo reconocieron, alabándole por ello: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar de nadie, pues no haces acepción de personas (Mt 22,16). Y además, esta virtud atrae las simpatías de cualquier persona normal, aunque no tenga el don de la fe. Nuestro Señor la estimó en gran manera, dejando constancia de ello en la alabanza que pronunció de Natanael: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez (Jn 1, 47).

¿Qué nos manda Dios en el octavo mandamiento? Mira, entre las características propias de la naturaleza racional del hombre, se encuentra la capacidad de expresar y comunicar los pensamientos y afectos mediante la palabra. El recto uso del lenguaje exige decir la verdad, y para eso el hombre ha de vencer: a) la dificultad para discernir lo verdadero de lo falso; y b) la inclinación a decir lo contrario de lo que se piensa. Pues bien, el octavo mandamiento del Decálogo se refiere al vencimiento de esta inclinación y ordena decir la verdad. A veces, decir la verdad cuesta y exige esfuerzo, pero hay que ser valientes para decirla siempre y no mentir.

            No siempre es lo mismo decir la verdad y hablar con veracidad. Una persona es verídica (dice la verdad) cuando afirma lo que es verdadero; y es veraz (habla con veracidad) cuando afirma que es verdad lo que cree que es verdadero, aunque sea erróneo. No siempre se puede ser verídico (no está el hombre libre de error), pero sí siempre puede ser veraz. Dios nos manda ser veraces.

            ¿Tan importante es esta virtud de la veracidad? Sí, porque es camino que conduce a la paz social; la garantiza; y llena de justicia y comprensión el trato entre los hombres. No sería posible la convivencia si los hombres no se fiaran unos de otros, si no estuvieran convencidos de que se dicen mutuamente la verdad. Además, todo hombre tiene el derecho a no ser engañado y el deber de no engañar. Lo uno y lo otro son indispensables en la vida social, ya que sin veracidad y lealtad no serían posibles la educación, la enseñanza, la familia, la amistad, el comercio, etc.

            ¿Qué pecados son contrarios al octavo mandamientos? En primer lugar vamos a referirnos a la mentira. Y comenzamos con una anécdota. Sir Henry Wotton, un embajador de Jacobo I de Inglaterra, fue autor de una muy famosa frase, que dice así: Un embajador es un hombre honrado a quien se envía al extranjero a mentir por el bien de su país. Sir Henry Wotton reconoció ser el autor de tal frase, pero dijo que la había escrito de broma, en un álbum, en Augsburgo. Denunciado ante el rey por un enemigo suyo, jamás recibió otro puesto diplomático.

La mentira es afirmar lo contrario de lo que se siente o piensa, con intención de engañar. Cuando se realiza no con palabras sino con gestos se llama simulación, y si es en toda la conducta, se llama hipocresía.

En nuestros días se ha hecho de la mentira una técnica. Muchos se sirven de ella para la consecución de sus fines. Es necesario sanear las relaciones humanas, volviendo a recomponerlas en un clima de verdad y de transparencia.

¿Cuál es la gravedad de la mentira? Mira. La malicia intrínseca de la mentira es fácil de entender, pues el que miente actúa de forma directa contra lo que sabe que es verdadero. Es decir, obra conscientemente contra su conciencia. Por tanto, la mentira siempre es ilícita. Con frecuencia es sólo pecado venial, pero también puede revestir mayor gravedad si se dice para conseguir injustamente algo en beneficio propio o para causar un daño a alguien. En estos casos puede llegar a constituir pecado grave contra la justicia.

No obstante, es necesario evitar incluso las mentiras leves, procurando adquirir el hábito de expresarse siempre con veracidad. No hay que olvidar que al igual que una cerilla, que es una cosa tan pequeña, puede destruir un bosque, así la mentira puede destruir cosas grandes como la amistad de un amigo o la confianza de los padres. Si se miente a los amigos o a los padres, se acaba perdiendo su amistad y su confianza. Después, aunque el mentiroso diga la verdad, ya no se le cree. Es muy conocida la siguiente fábula, pero por ello no deja de ser ilustrativa. Un muchacho, muy mentiroso, guardaba un rebaño en la ladera de un monte. Un día, por burla, empezó a gritar: ¡El lobo! ¡El lobo! Los del pueblo vecino acudieron armados de hachas y palos y, no viendo nada, se volvieron; el joven se puso a reírse de ellos. Al día siguiente gritó de nuevo: ¡El lobo! ¡El lobo! Los del pueblo acudieron, ya en menor número, y confusos al verse por segunda vez burlados, se volvieron. Al tercer día, el lobo llegó de verdad. El joven pastor se puso a gritar desesperadamente: ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡El lobo! Pero ninguno del pueblo dio oído a sus gritos de alarma, y el lobo le mató muchas ovejas.

¿También es pecado la “mentira piadosa”? Mentir siempre es pecado. Hay varias clases de mentiras. La mentira puede ser dañosa, oficiosa y jocosa. Es dañosa o perniciosa cuando perjudica injustamente al prójimo; es oficiosa cuando se dice una falsedad para utilidad propia o ajena, sin perjuicio de tercero; es jocosa o festiva cuando se dice por broma, diversión, juego o mero pasatiempo. Toda mentira es pecado. No siempre es falta grave. En cada caso depende de la materia, intención, advertencia del que miente y del daño que pueda ocasionar.

La mentira piadosa es una mentira que se dice para evitar un mal o un disgusto. También es pecado. Se puede ocultar la verdad sin mentir.

¿Me puedes explicar esto de ocultar la verdad sin mentir? Hemos dicho que nunca es lícita la mentira, pero esto no quiere decir que el hombre está obligado a decir siempre toda la verdad. A veces, porque el que pregunta no tiene derecho a saber todo, y en ocasiones porque es obligatorio guardar el secreto. Hay que considerar que en la vida se dan situaciones en las que no es prudente ni justo decir lo que se piensa. En estos casos es lícito ocultar la verdad, siempre que no se mienta.

Todo hombre tiene derecho a mantener aquellos aspectos -sobre todo de su vida privada e íntima- cuyo conocimiento no serviría para nada al bien común. Los demás tienen derecho a que hablemos con verdad, pero no lo tienen -salvo en casos excepcionales -a que revelemos lo que puede ser materia de legítima reserva. En esos casos no es faltar a la verdad el callarse o el decir que no se desea responder. En otros casos es, además, obligatorio ocultar la verdad. Por ejemplo, no se puede revelar un secreto.

¿Qué obligaciones tiene una persona cuando conoce un secreto? Se entiende por secreto el conocimiento que se tiene de una cosa que debe permanecer oculta. Asimismo, lo que se tiene reservado u oculto.

El secreto puede ser: a) natural. Es aquel secreto en que por su naturaleza la cosa ha de permanecer oculta, por ejemplo, una falta deshonrosa; b) prometido. Es aquel secreto que, después de conocido, se ha dado palabra formal de guardarlo; c) confiado. Es aquel secreto que fue comunicado a condición de callarlo; d) profesional. Es el secreto que se confía a un abogado, a un juez, a un médico, etc., por razón de su profesión; e) sacramental. Es el secreto de la confesión

A estas clases de secretos hay que añadir el epistolar o de la correspondencia, incluido en el secreto natural, y considerado, además, como secreto confiado.

            El secreto es para el que lo posee un depósito sagrado que no puede revelar sin causa proporcionada. Y cuanto mayor sea la obligación, tanto más grave ha de ser la causa que pueda permitir su revelación. El que sin motivo violase un secreto, cometería un pecado contra la justicia, la fidelidad o la caridad, y su gravedad variaría de forma proporcional al daño que se ocasionaría.

¿Hay algunas causas que permitan revelar los secretos? Vamos por partes. El secreto sacramental es siempre inviolable y no hay nada que pueda permitir su revelación. El natural y el confiado obligan de suyo y en justicia, según la importancia de la materia. El secreto profesional es muy grave y obliga siempre en justicia. El secreto prometido obliga por fidelidad a la palabra dada y según la intención que se tuvo al darla. El secreto epistolar, como se ha dicho ya, participa de las reservas del natural y del confiado. Nadie puede leer las cartas dirigidas a otro, sin el consentimiento del interesado, salvo en casos especiales.

La obligación de guardar un secreto cesa cuando ya se ha divulgado por otra vía, y también cuando de callarlo se seguiría un mal grave e injusto a un inocente, etc. Así, un médico, por ejemplo, debe declarar un caso de tifus al servicio de higiene. Si el secreto prometido se refiere a un acto criminal, es evidente que no se puede ocultar.

En algunas profesiones -como el periodismo o la política- es necesario tener muy en cuenta todo lo referente al secreto. Un periodista no tiene derecho a revelar todo lo que llegue a su conocimiento sobre la vida de otra persona, escudándose en un falso derecho a la información, que violaría el derecho a la intimidad de los demás.

Además de la mentira y de la violación de los secretos. ¿Qué otros pecados hay contra el octavo mandamiento? Para contestar a tu pregunta, empiezo a hablar de la buena fama. Se entiende por fama la buena opinión que se tiene de la vida y de las costumbres de una persona. También se llama buen nombre. Todos los hombres tienen derecho a su buen nombre, que es un bien más importante que los bienes materiales. Por eso no se puede quitar o destruir la fama de los demás. Quien lo haga comete el pecado llamado difamación.

Hay diversas formas de atentar contra la buena fama del prójimo (difamación). Unas formas son con el pensamiento (sospecha infundada y juicio temerario), y otras, con la palabra (murmuración, calumnia, susurración y falso testimonio).

La sospecha infundada consiste en dudar interiormente, sin fundamento suficiente, sobre las buenas intenciones de los demás, inclinándose a tener como cierto un pecado del prójimo. Es ordinariamente pecado venial. Por ejemplo, si alguien, inesperadamente, realiza una buena acción y otra persona que ve esa acción piensa: me parece que trata de engañar, comete un pecado de sospecha infundada.

El juicio temerario es el asentimiento firme de la mente sobre el pecado o las malas intenciones del prójimo, sin tener motivo suficiente. Es de suyo pecado mortal contra la justicia, pero admite parvedad de materia. Por ejemplo, si alguien hace un acto bueno de generosidad, y otra persona se dice a sí misma: Ahí está ése, haciéndose el bueno, peca por realizar un juicio temerario.

Hay que distinguir la diferencia entre sospecha infundada y juicio temerario. Éste afirma como cierto el pecado ajeno, mientras que la sospecha infundada lo supone como probable.

La murmuración consiste en criticar y revelar sin motivos los defectos o pecados ocultos de los demás. Cuando la falta es pública, este hecho le quita a quien la cometió el derecho a conservar la fama; derecho que tiene, sin embargo, mientras el pecado permanezca oculto. Sin embargo, aun cuando la falta sea pública, si no existe justo motivo, tampoco hay razón para la crítica, pues la fama ya de suyo deteriorada se menoscabaría todavía más. Por ejemplo, aun cuando sea patente la corrupción o la ineptitud de ciertas personas, no se ha de criticar por el solo hecho de hacerlo, pues carece de motivo justo.

La calumnia consiste en imputar a los demás defectos o pecados que no tienen o no han cometido. También se puede cometer este pecado exagerando notablemente los defectos de nuestro prójimo.

La murmuración y la calumnia son de suyo pecados graves, pero admiten parvedad de materia.

La susurración consiste en referir a una persona los chismes o habladurías o defectos de otra, para fomentar la discordia entre las dos. Es un pecado grave contra la caridad, pero admite parvedad de materia.

El falso testimonio es declarar en un juicio algo que no es verdad y que perjudica al prójimo. Supone un triple pecado, porque en realidad es una mentira que contiene dos agravantes: perjurio (por violación de un juramento); e injusticia (por el daño injusto que se hace al prójimo declarando contra él). Es siempre pecado mortal, sin que admita parvedad de materia.

Si se comete un pecado de difamación. ¿Qué hay que hacer? Dos cosas. Confesarlo en el sacramento de la Penitencia y restituir la buena fama del prójimo que se le ha quitado. Esta obligación de restituir es necesaria. Dios quiere que seamos guardianes de la buena fama de los demás. El que destruye esta buena fama, peca gravemente, si el defecto que descubre o el daño que produce es grave. El que ha dañado la buena fama del prójimo está obligado a reparar, esto es, a decir públicamente que aquello que ha dicho no es verdad o que ha exagerado. La reparación hay que hacerla -igual que cuando se roba algo material- para que se pueda perdonar el pecado.

Me gustaría que me dijeras algo sobre la información en los medios de comunicación social. Sí. El octavo mandamiento exige el respeto a la verdad, acompañado de la discreción de la caridad: en la comunicación y en la información, que deben valorar el bien personal y común, la defensa de la vida privada y el peligro del escándalo; en la reserva de los secretos profesionales, que han de ser siempre guardados, salvo en casos excepcionales y por motivos graves y proporcionados. También se requiere el respeto a las confidencias hechas bajo la exigencia de secreto.

La información a través de los medios de comunicación social debe estar al servicio del bien común, y debe ser siempre veraz en su contenido e íntegra, salvando la justicia y la caridad. Debe también expresarse de manera honesta y conveniente, respetando escrupulosamente las leyes morales, los legítimos derechos y la dignidad de las personas (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 525).

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