Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Ciclo A)

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN (A)

Lecturas: Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

El Misterio concepcionista. Celebramos hoy una fiesta grande de la Iglesia en honor de la Virgen María. Recordamos en este día uno de los privilegios con que Dios ha adornado a su Madre: su Concepción sin mancha de pecado original. Esta verdad de fe fue definida solemnemente el 8 de diciembre de 1854 por el beato Pío IX.

El hecho de celebrar la Inmaculada Concepción en Adviento ayuda a comprender mejor su sentido: María fue concebida Inmaculada porque iba a ser la Madre de Dios hecho Hombre y en atención a los méritos del Hijo al que Ella dio la naturaleza humana, gracias a la cual pudo ser Salvador y Redentor. Ella es la llena de gracia, toda santa. Es la mujer que aparece en la 1ª lectura, en perpetua enemistad con Satanás, la que aplasta la cabeza de la serpiente. María es la mayor obra y más pura hechura de Dios.

Modelo de santidad. Nada manchado hay en Ella. Es el esplendor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Más que Ella sólo Dios. En Ella habita el Señor, en Ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo (Benedicto XVI). El pueblo cristiano ha traducido a su lenguaje este misterio, llamando a Santa María con una sola palabra: la Purísima.

Hace tiempo a un pintor famoso le encargaron un cuadro de la Inmaculada. El artista fue buscar el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo. Y tuvo suerte, porque enseguida encontró a una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar para servir de modelo de un cuadro de la Virgen. La joven se sorprendió, pero aceptó, y dijo al artista: –Hoy no puede ser, iré mañana a su estudio de pintura. Al día siguiente la chica acudió al taller del pintor, y después de los saludos previos, dijo la joven: –Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente. La verdadera devoción a Santa María nos debe llevar a tratar de parecernos más a Ella. Y como Ella no tiene ninguna mancha, nosotros debemos procurar no tener ningún pecado.

Piedad mariana. El beato Pío IX encargó a un prelado de la Curia romana la redacción del documento por el cual proclamaba el Dogma de la Inmaculada: la bula Ineffabilis Deus. Una vez concluido su trabajo, el prelado rogó al Papa que le diese y firmase una copia del documento, pues era su deseo que cuando muriese le pusieran esa copia en el féretro para que le sirviese de pasaporte para el Cielo. Y pienso que hizo bien, pues el cariño a nuestra Madre, la devoción a la Virgen, la piedad mariana es camino que nos lleva a Jesús, y por tanto, a la vida eterna.

La devoción a María no es una devoción más. En la vida de quien ama a Dios no puede faltar el amor a la criatura a quien Dios más ama. La verdadera piedad mariana es santa: implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su oración, su inmaculada pureza, su paciencia, su dulzura, su espíritu de sacrificio…

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