Homilía del II Domingo de Adviento (Ciclo A)

DOMINGO II DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 11, 1-10; Rm 15, 4-9; Mt 3, 1-12

La paz, don mesiánico. En la 1ª lectura Isaías, al referirse a la llegada del Mesías –brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz-, describe una nueva época de paz y de justicia, como don mesiánico. Cristo es Príncipe de la paz. El Señor está próximo a llegar e impartirá justicia.

Nada hay deseado más por la humanidad que la paz y, sin embargo, se observa en nuestros días que no hay paz. Hay guerras en varias partes del mundo, familias rotas con total ausencia de paz, personas angustiadas sin paz de conciencia. Y no habrá paz mientras los hombres construyan sus vidas al margen de Dios. La paz con Dios es la causa y la cima de toda concordia. Hay dos tipos de paz: aquella que los hombres son capaces de construir por sí mismos y la que es un don de Dios. La primera es frágil e insegura, porque se funda en el miedo y la desconfianza. La segunda, en cambio, es una paz fuerte y duradera, porque fundándose en la justicia y en el amor, penetra en el corazón (Juan Pablo II).

La paz es posible. Iluminados por la fe sabemos que la razón definitiva por la que el mundo es teatro de guerras, rivalidades, odios, injusticias y tremendas desigualdades es el pecado, es decir, el desorden moral del hombre. Pero la paz es posible. El cristiano no puede caer en un absurdo pesimismo, pues Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, ha enviado al mundo a su Hijo, y la gracia de Jesucristo puede transformar las tinieblas en luz, el odio en amor, porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo es imagen y efecto de la paz de Cristo. Él ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, ha dado muerte al odio en su propia carne y ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres. La paz que sólo Dios nos puede dar, ésa que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos de otros, es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; los pueblos sólo la tendrá cuando los hombres sigan los dictados de la ley de Dios, abriendo las puertas de su corazón a Cristo, Príncipe de la paz.

Necesidad de la conversión. En el evangelio de la Misa vemos a Juan, el Precursor, preparando la venida del Señor. Por eso invita a la conversión y al arrepentimiento con palabras claras: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Para recibir a Cristo es preciso dar el fruto que pide la conversión. Sería hacer inútil la venida de Cristo no dejarle entrar en el corazón, no acoger el don de la conversión, no buscar el perdón de los pecados, no acudir a la reconciliación con Dios.

La inminente venida de Cristo es motivo más que suficiente para que la conversión sea pronta, sincera y cabal. Si queremos una sociedad con más verdad, justicia y misericordia, comencemos por nosotros mismos, siendo verdaderos y justos, misericordiosos y ávidos de paz. En definitiva, dando frutos de conversión.

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