Homilía del III Domingo de Adviento (Ciclo A)

DOMINGO III DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 35, 1-6.10; St 5, 7-10; Mt 11, 2-11

Una invitación a la alegría. Este Domingo III de Adviento es conocido como Domingo gaudete por las palabras de la Antífona de entrada: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4). Y en la 1ª lectura Isaías nos habla de alegría. Ésta es un bien cristiano, fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena noticia. algo que se recibe con gozo. En un sermón de Navidad, san León Magno decía: Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.

Allí donde se predica el Evangelio, irrumpe la alegría, como se constata en el libro de los Hechos de los Apóstoles: el etíope que fue evangelizado por Felipe, después de ser bautizado por el apóstol, continuó alegre su camino (Hch 8, 39); Pablo anunció el Evangelio al que había sido su carcelero y a la familia de éste, y aquel hombre se regocijó con toda la familia de haber creído en Dios (Hch 16, 34).

Alegría y paciencia. Alegría también cuando hay dificultades. El apóstol Santiago nos dice: Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra. Paciencia porque el Señor llegará y dará recompensa por el bien realizado. Es verdad que hay dificultades en la vida del hombre. Pero todo es para bien, también esas dificultades. Dios así lo quiere, o así lo permite. Permite incluso, a veces, errores y miserias personales para sacar bien, para que crezca más amor hacia Él, con una humildad más sincera. Dios es Padre, y muy Padre, y quiere el bien de cada persona. Dios es omnipotente, ama inmensamente a todo hombre, a toda mujer, y es fiel a las promesas. Aquí radica la alegría del creyente.

La alegría sólo es incompatible con el pecado. Debemos buscar la alegría en el espíritu de servicio; en el cumplimiento del querer divino; en la sinceridad; en la humildad; en el sacramento de la Penitencia; en el apostolado; en la filiación divina; en la generosidad; en el olvido de sí mismo; en Cristo.

La figura del Bautista. Cristo, después de responder a los enviados de Juan Bautista, elogia a éste. La figura del Precursor aparece repetidamente en los textos del Adviento. Al comunicarle que Isabel iba a concebir un hijo, el arcángel san Gabriel le dijo a Zacarías que su hijo será grande ante el Señor, y que convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios.

San Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia. También a los cristianos se nos pide esta tarea: preparar el camino, anunciar a Cristo. Como Juan Bautista procuraremos hacerlo con humildad, valentía y espíritu de oración.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s