Clases de Religión. Los Diez Mandamientos (Lección 12ª)

Décimo mandamiento

            No codiciarás los bienes ajenos

Jesucristo dijo: Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6, 21). El corazón del hombre anhela un tesoro en cuya posesión piensa encontrar la seguridad y la felicidad. Sin embargo, todo tesoro compuesto de bienes de la tierra, de riquezas, de dinero, se convierte en una continua fuente de preocupaciones, porque está expuesto al peligro de perderse, o porque su defensa lleva consigo una tensión llena de disgustos y sinsabores. Cristo enseñó que el verdadero tesoro son las buenas obras y la conducta recta, que serán premiadas por Dios en el Cielo eternamente. Por tanto, ninguna cosa creada puede ser el tesoro, el fin último del hombre

¿Cuál es el contenido del décimo mandamiento? Es toda una invitación a abandonarse en la providencia del Padre del cielo que libera de la inquietud por el mañana. Como el desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos, Dios nos ordena con este mandamiento que intentemos orientar rectamente nuestros deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no nos impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto. Este último precepto del Decálogo manda, además, que cada uno se contente con el estado en que Dios le ha puesto y sufra con paciencia y resignación la pobreza, cuando el Señor le quiera en ese estado.

¿Qué prohibe este mandamiento? Así como el noveno mandamiento prohibe la concupiscencia de la carne, éste prohibe la concupiscencia de los ojos, que lleva a la violencia y la injusticia. En concreto, la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos en el séptimo mandamiento.

El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otra persona (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.536).

Por tanto, está prohibido el deseo de quitar a otros sus bienes o de adquirirlos por medios injustos o de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales. Este deseo es un deseo desordenado de adquirir o gozar de bienes materiales, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder.

Además, el décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Ésta manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal. La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad. Procede con frecuencia del orgullo.

¿Entonces no se puede desear mejorar la posición social que uno tiene? Hemos dicho que el décimo mandamiento prohibe los actos internos contrarios al derecho de propiedad, es decir, los pensamientos y deseos voluntarios e injustos de bienes ajenos, o sea, la avaricia y la codicia. Así lo ha dispuesto Dios porque quiere que seamos justos interiormente y nos mantengamos siempre apartados de las acciones injustas. Pero esto no impide que se pueda desear mejorar la posición social o adquirir bienes ajenos por medios lícitos, como sería, por ejemplo, ganar dinero para comprar una finca. Por tanto, se puede desear obtener cosas que pertenecen al prójimo, siempre que sea por medios justos, y conseguir un mayor bienestar material, igualmente con medios nobles, pues el hombre está compuesto de alma y cuerpo, y por eso es conveniente un mínimo de comodidad para conseguir un desarrollo completo de las cualidades humanas de cada uno.

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