Homilía de la Solemnidad del Natividad del Señor (Ciclo A)

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (A)

Lecturas: Is 52, 7-10a; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18

El sentido profundo de la Navidad. Bendito seas, Señor, Padre que estás en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos ha dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y redentor (Juan Pablo II). En Belén, en el silencio profundo de la noche, en el regazo de la Madre, y en la tierna mirada del Niño, se nos revela el verdadero rostro de Dios. Dios ha querido mostrarnos la inmensidad y la profundidad de su misterio de amor en su Hijo recién nacido, hecho hombre por nosotros y para nuestra salvación; ha querido manifestar su amor lleno de misericordia, de bondad y de paz, su proyecto de comunicarnos y de hacernos participar de su misma vida divina.

El nacimiento de Cristo es el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Jesús, Dios hecho hombre, viene a la tierra para realizar la reconciliación de la divinidad con la humanidad; para dar muerte a las tinieblas del pecado y vida a los hombres.

Una gran alegría. Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa (San León Magno). La alegría más honda del creyente en este día arranca de esa fe: que Dios no es un ser lejano, sino Alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y la fragilidad de un niño.

Hay una nota triste de la primera Navidad: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Su Madre le recostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada. Que abramos las puertas de nuestro corazón de par en par a Cristo, que ha venido para amarnos, para salvarnos, para enseñarnos el sentido verdadero de la vida. Pero a todos los que le recibieron, le dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Éste es el mensaje de la Navidad: En Jesús somos hijos de Dios. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos (Benedicto XVI).

Una de las enseñanzas de la Navidad. En la Navidad Dios nos enseña a amar a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los enfermos, a los que padecen soledad, a los carentes de amor, a los ancianos y, especialmente, a los niños que sufren miseria y hambre. En todos ellos, es el Niño de Belén quien nos reclama el amor, el calor de nuestro cariño, la compañía que aleja las horas de soledad…

El que ha entendido el misterio de Belén, no buscará ya su propia felicidad; buscará ante todo el bien de sus hermanos. Para un discípulo del Niño de Belén, lo importante no es recoger para sí, sino dar y sembrar para los demás. Desde que Dios se hizo hombre en Belén, hay que ver a Dios en cada hombre que se cruce por el camino. En Navidad, deja que Dios nazca en ti, deja que aparezcan en tu vida su bondad, su ternura y su amor a los hombres.

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