Viernes, 3 de enero de 2014

Viernes, 3 de enero de 2014

Memoria libre del Santísimo Nombre de Jesús

El Santísimo Nombre de Jesús, a cuyo solo nombre toda rodilla se dobla, en el cielo, en la tierra y en el abismo, para gloria de la Divina Majestad (Martirologio Romano).

Meditación

Al nombre de Jesús doblan la rodilla todas las criaturas del cielo, tierra e infierno (Flp 2, 10). El Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús.

En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús.

También, cuando un ángel de Dios reveló a san José el misterio de la concepción de Jesucristo, el mensajero del Cielo le dice al santo Patriarca que recibiera en su casa a María porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo, que su esposa daría a luz un hijo, y que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21). En la liturgia de la Iglesia se celebraba la circuncisión del Señor el primer día del año.

Con esta ceremonia, recuerdo perenne de la alianza establecida por Dios con Abrahán, Jesús queda legalmente incorporado al pueblo israelita. La circuncisión era ejecutada por cualquier hebreo, aunque solía hacerlo personalmente el padre de la criatura, que en ese momento le imponía el nombre.

Lo que más destaca en esta escena evangélica es el sometimiento de Jesucristo a la Ley que Dios había dado a su pueblo. El Señor no quiere ninguna cosa especial, ningún privilegio (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18). En la Antigua Ley, la circuncisión era el signo de una especial pertenencia a Dios. Mediante esa ceremonia, manifestación de la fe en el Mesías esperado, el nuevo israelita entraba a formar parte del pueblo elegido. Pero este Niño es precisamente el Mesías prometido; más aún, el Hijo Unigénito del Eterno Padre, que se ha hecho hombre para hacer de los hombres hijos de Dios.

La circuncisión es figura del Bautismo. Con las aguas bautismales el hombre es recibido en el seno de la Iglesia Católica, el Nuevo Pueblo de Dios. Además, se le imprime el carácter sacramental, que es cierta señal espiritual e imborrable, y que configura con Cristo, capacitándole para continuar su misión como fiel discípulo suyo. El bautizado pertenece a Cristo y recibe la filiación divina.

Imaginémonos la escena. ¡Cómo palpitaría el corazón de José al tomar al Niño en sus brazos para cumplir la Ley divina! Junto a la natural pena por causarle un dolor, le embarga una alegría inmensa, de la que sólo María, su virginal Esposa, es plenamente partícipe. Este Niño que a partir de ahora es un israelita más, con todos los honores derivados de la alianza entre Dios y el pueblo hebreo, es el Mesías tan largamente esperado durante siglos, es el Dios que salva: esto es lo que indica el nombre de Jesús.

Jesús significa Dios salva. San Lucas escribió: No hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que tengamos que ser salvados (Hch 4, 12). En el Catecismo Romano, publicado según los decretos del Concilio de Trento, se lee: Jesús es el nombre propio del que es Dios y hombre, el cual significa Salvador; y no le fue impuesto casualmente ni por disposición humana, sino por consejo y mandato de Dios. Todos los nombres profetizados en el Antiguo Testamento para el Hijo de Dios se pueden referir a éste, porque mientras los demás se referían a algún aspecto de la salvación que se nos había de dar, éste compendia en sí mismo la realidad y la causa de la salvación de todos los hombres (Catecismo Romano).

La Iglesia celebra en su liturgia el Santísimo Nombre de Jesús. Antes de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II esta celebración era movible. Se celebraba el domingo comprendido entre el 1 y el 6 de enero, y en su defecto, el día 2 de enero. En el Calendario Universal del Misal Romano surgido de la citada reforma litúrgica no figuraba esta celebración, había sido suprimida. Sólo quedó una Misa votiva del Santo Nombre de Jesús. Igualmente se quitó del Calendario en el día 12 de septiembre la celebración del Dulce Nombre de María. Pero en el año 2000 el papa Juan Pablo II aprobó la revisión de la Instrucción General del Misal Romano y del Calendario Universal y, gracias a Dios, se han recuperado estas dos celebraciones: la del Santísimo Nombre de Jesús (3 de enero) y la del Santísimo Nombre de María (12 de septiembre).

Jesús, en el día de tu onomástico, te felicito por tu Nombre, el Nombre sobre todo nombre; es júbilo para mi corazón, melodía para mi oído, miel para mi boca, esplendor para mi mente, esperanza para mi vida. Quiero vivir y morir pronunciando tu nombre: Jesús.

A san Josemaría Escrivá la invocación del nombre de Jesús le encendía en deseos de amor a Dios Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu! (Jesús, Jesús, sed para mí siempre Jesús), le gustaba repetir. Y nos aconsejaba: pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quieres (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 303).

El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: Jesús. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la economía de la creación y de la salvación. Decir Jesús es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

¿Cuántas veces invocamos el nombre de Jesús? Seguramente repetimos con frecuencia la jaculatoria Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu! El Santo Nombre de Jesús nos habla de santidad, poder y dulzura. El sólo hecho de oírlo despierta ternura en el alma cristiana y confianza en su poder salvífico.

La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino sencillo de la oración continua. El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum Nostrum Iesum Christum… (Por Nuestro Señor Jesucristo…). El Avemaría culmina en y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. La oración del corazón, en uso en Oriente, llamada oración a Jesús dice: ¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de nosotros, pecadores.

Numerosos cristianos a lo largo de la historia del cristianismo, entre ellos santa Juana de Arco, han muerto teniendo en sus labios una única palabra: Jesús.

En Andalucía, el 3 de mayo se celebraba mucho las cruces de mayo. En casi todas las casas con patio había una cruz hecha con flores. Y el motivo de dicha celebración era la fiesta litúrgica de la Invención de la Santa Cruz (fiesta que también desapareció a raíz de la reforma de la liturgia surgida del Concilio Vaticano II). Y en ese día de la Cruz se acostumbraba decir: Satanás, Satanás, en mí no entrarás, porque en el día de la Cruz dije mil veces Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús…

La Iglesia nos revela las grandezas del Verbo encarnado al cantar las glorias de su nombre. También insiste en el poder de intervención y en la majestad temible de este nombre, que está sobre todo nombre y ante el cual se arrodilla todo ser en los cielos, en la tierra y en los infiernos.

La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cfr. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 434).

En el año 1862 el papa beato Pío IX aprobó las Letanías del Santo Nombre de Jesús. Sus invocaciones nos pueden servir de jaculatorias: Jesús, esplendor del Padre. Ten piedad de nosotros; Jesús, rey de la gloria. Ten piedad de nosotros; Jesús, amante de la castidad. Ten piedad de nosotros; Jesús, nuestro refugio. Ten piedad de nosotros; Jesús, camino y vida nuestra. Ten piedad de nosotros; Jesús, corona de todos los santos. Ten piedad de nosotros…

También le pedimos: Líbranos, Jesús de todo mal, de todo pecado, del espíritu impuro, de la muerte eterna… por el misterio de tu santa encarnación, por tu natividad, por tu infancia, por tu agonía y pasión, por tu muerte y sepultura, por tu resurrección, por tu ascensión…

Ahora le decimos a nuestro Redentor: Señor nuestro Jesucristo, que has dicho: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”; te rogamos nos concedas el fuego de tu amor divino, para que amemos de palabra, de obra y de todo corazón y nunca cesemos de bendecir tu santo Nombre. Haz, Señor, que reine siempre en nosotros un temor respetuoso y un amor ardiente a tu santo Nombre, ya que jamás privas de tu asistencia a los que has establecido sólidamente en tu amor.

En la epístola a los Filipenses, san Pablo, después de hablar de la humillación de Cristo con estas palabras: el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8), se refiere a la exaltación del Señor: Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: “¡Jesucristo es el Señor!” para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9- 11).

Venerando, pues, el santísimo Nombre de Jesús damos gloria a Dios, que es el fin de nuestra vida. Nos podemos imaginar cómo pronunciará la Virgen María el nombre de Jesús. En infinidades de veces lo utilizaría, pero siempre que salió de sus labios este bendito nombre, de su corazón saldría un acto de amor hacia su Hijo, que no era otro que el Verbo de Dios encarnado.

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