Lunes, 6 de enero de 2014

Lunes, 6 de enero de 2014

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del señor, en la que se recuerdan tres manifestaciones del gran Dios y Señor nuestro Jesucristo; en Belén, Jesús niño, al ser adorado por los magos; en el Jordán, bautizado por Juan, al ser ungido por el Espíritu Santo y llamado Hijo de Dios Padre; y en Caná de Galilea, donde manifestó su gloria transformando el agua en vino en unas bodas (Martirologio Romano).

Lecturas de la Misa: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3a.5-6; Mt 2, 1-12

Homilía

La adoración de los magos. Celebramos la Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación. Cristo Jesús ha venido para redimir a todos los hombres. Primero se ha manifestado a los pastores, después, a los Magos como primicias de los gentiles que recibirán la llamada a la salvación en Cristo.

Nacido Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. Los Magos habían visto una estrella distinta. Una estrella que anunciaba un gran misterio. Y siguieron la estrella. Una estrella brillante como ninguna otra que les lleva al encuentro de Cristo. Siguiendo las indicaciones de los sabios y después de oír al rey Herodes, los Magos llegaron a Belén. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Ha valido la pena tantas penalidades, porque lo importante es llegar hasta donde se encuentra Jesús, porque estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurase la felicidad (San Josemaría Escrivá).

Adoración a Cristo en la Eucaristía. También el cristiano, siguiendo el ejemplo de los Magos, se pone en camino para acercarse a Cristo en la Eucaristía, para arrodillarse ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo (Benedicto XVI). La presencia de Jesús en el Sagrario ha de ser un polo de atracción para los fieles deseosos de ser almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. Un campesino de Ars llevaba largo rato delante del Sagrario. Pasaron algunas horas, y el Santo Cura de Ars se le acercó para preguntarle: ¿Qué haces aquí tanto tiempo? Y la respuesta: Yo le miro, Él me mira. Nada más.

Hay una práctica de piedad que es la visita al Santísimo. Jesús está en el Sagrario. Allí, el Señor, nos espera siempre pacientemente. La visita a Jesús Eucaristía es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deseo de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente. En esta fiesta, miremos con especial atención la adoración de los Magos, para aprender de aquellos hombres de Oriente, postrados ante el Niño de Belén, con mucha fe, con mucho amor y con mucha humildad.

Ofrendas de dones. Abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. ¿Qué le podemos ofrecer a Jesús?: todo cuanto somos y podemos, es decir, nuestros pensamientos, afectos, palabras y obras. Ofrezcamos a Cristo lo más precioso que tenemos: el oro de nuestra libertad, el incienso de nuestra oración, la mirra de nuestro afecto más profundo.

Le ofrecemos: oro, símbolo de la realeza, porque queremos ofrecerle el mundo y las almas todas; incienso, símbolo de la esperanza mesiánica, porque queremos dar el buen olor de Cristo; mirra, símbolo de la debilidad de la naturaleza humana, porque queremos que nuestras enfermedades, sufrimientos y dolores nos unan a la Cruz de Cristo.

De las “Memorias” apócrifas de Melchor

Ahora que el fin de mi vida está cerca quiero dejar testimonio de un hecho ocurrido no hace muchos años que considero una manifestación del Dios único hecha a los hombres y del que fui -por gracia del Cielo- uno de los protagonistas.

Me llamo Melchor y casi toda mi vida ha transcurrido en Persépolis, dedicado a la astrología. Han sido muchos los años ocupados en el estudio de las estrellas. Una noche apareció en el firmamento una estrella singular. Enseguida me dí cuenta que era una señal del Cielo que anunciaba un gran misterio.

Yo tenía noticias que se esperaba en la tierra un personaje muy importante que cambiaría la historia de la Humanidad. Por todo el Oriente habían sido difundidas las esperanzas del pueblo judío en la llegada de un Mesías prometido por Dios, que sería rey de los judíos, pero cuya misión abarcaría a todos los pueblos y naciones. No concebía que el nacimiento del profetizado Mesías no tuviera como señal una estrella de especial singularidad. Por eso, cuando vi aquel astro distinto de los demás tuve el convencimiento de que había nacido el esperado rey de los judíos.

Antes de anunciar el descubrimiento, me puse en contacto con los demás astrólogos de la región por si ellos también habían observado aquel astro tan peculiar. No todos respondieron a mi pregunta, sólo unos pocos, y de éstos casi todos dijeron no haber visto nada extraño en el cielo, pero he aquí que dos de ellos sí me confirmaron la aparición de aquella señal. Baltasar, residente de Ecbatana, en los montes de la Media, me escribió diciéndome que en un atardecer, a la hora crepuscular, cuando el sol se retiraba por occidente y la noche envolvía de oscuras sombras la tierra, desde la alta torre de su observatorio, vio un astro que brillaba con un resplandor nada corriente, disipando de alguna manera la oscuridad nocturna. Para él, esa estrella indicaba que, en algún lugar de la tierra, la mano de Dios se había posado misteriosa e inefablemente.

También, desde una lejana ciudad india -no recuerdo ahora cuál era-, Gaspar me contestó afirmativamente. Éste me dijo que estando en la terraza de su casa vio la estrella del todo singular, como un lucero, ardiente como una llama. Grande fue su asombro. En su carta, me hablaba que el nacimiento del Rey-Mesías profetizado en los libros sagrados del pueblo hebreo, sería anunciado por una señal precisa, y que no tenía duda alguna de que aquella estrella era el signo esperado.

Con las respuestas recibidas de Baltasar y Gaspar, tuve la certeza absoluta que aquella luz nueva encendida en el cielo era reflejo de la omnipotencia de Dios y que, por querer divino, nos anunciaba la buena noticia profetizada desde antiguo y tan esperada desde tiempo inmemorial por la Humanidad.

No me dejó de asombrar que sólo tres de los muchos magos que nos dedicamos al estudio del firmamento viéramos el fulgor del nuevo astro. Pero tanto Gaspar y Baltasar como yo supimos descubrir su sentido, por lo que decidimos encaminarnos hacia el lugar donde había nacido aquel niño. Con prontitud y con fe, emprendimos un largo viaje, guiados siempre por la estrella que para nosotros tenía un significado bien preciso, y siendo conscientes de las dificultades que podríamos encontrar en el camino.

Antes de emprender el viaje no podíamos imaginar la incomprensión de familiares y amigos, e incluso de otros estudiosos de la astronomía, al comunicarles nuestra decisión de seguir la estrella. Para ellos era todo una locura sin lógica alguna. Nos hablaron de los peligros que encontraríamos en el transcurso de nuestra marcha, todos difíciles de superar. Mas, era tanta la alegría que proporcionaba aquella luz nueva -de alguna forma, embargaba nuestras almas-, que nada ni nadie pudieron hacernos cambiar la decisión tomada.

Por el camino comentábamos entre nosotros el gozo habíamos experimentado al ver en medio de tantas constelaciones, hermosas y admirables, el lucero de brillo singular que nos orientaba en aquel caminar hacia un lugar -ciudad, pueblo o aldea- aún desconocido para los tres, pero que estaba en Palestina.

Después de pasar por secos desiertos, atravesar altas montañas y caminar por bosques y llanuras dilatadas, siempre guiados por la estrella, llegamos al pie del Monte Hermón, que franqueamos, para seguir la ruta que solían tomar las caravanas procedentes de Oriente. Por lo cual vadeamos el río Jordán antes de su remanso en el lago de Genesaret. En Cafarnaúm se nos ofrecía dos posibilidades para ir a Jerusalén, donde teníamos pensado llegar para allí informarnos del recién nacido.

Nos dijeron que el camino más frecuentado era el que, partiendo de Cafarnaúm, conducía a Jerusalén a través de Siquem, Silo y Betel. Pero si deseábamos evitar pasar por Samaria había que pasar de nuevo el Jordán para seguir su curso por la orilla oriental, recorriendo de norte a sur la Decápolis y Perea, y cruzar otra vez el río a la altura de Jericó. Nos decidimos por esta segunda ruta.

Al entrar en Jerusalén, acompañados por nuestro séquito, sus habitantes -quizá por nuestra indumentaria y el porte de las bestias de carga- se dieron cuenta que no era la nuestra una caravana de mercaderes. Conocedores de que los jerosolimitanos son muy dados a tejer y destejer conjeturas, les hicimos saber que veníamos de tierras lejanas, más allá del Golfo Pérsico, donde nos dedicábamos a escudriñar los misterios del universo. Después les preguntamos: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle”.

En Jerusalén fuimos llamados en secreto por el rey Herodes, a quien le informamos cuidadosamente del tiempo en que había aparecido la estrella. Según nos dijeron, Herodes, antes de llamarnos, reunió a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo para preguntarles el lugar dónde había de nacer el esperado Mesías. Éstos le habían contestado que en Belén de Judá, pues un profeta llamado Miqueas había escrito siglos antes: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”.

En la audiencia con el rey hubo un poco de tensión. Herodes se esforzaba por mostrarse cordial, pero no podía ocultar una cierta hipocresía y falsedad. Se le notaba nervioso y preocupado. Le hablamos de nuestro deseo de adorar al Niño que según la estrella debía ser el Mesías por tanto tiempo deseado y anhelado. Supongo que se daría cuenta de nuestra alegría por estar ya cercano el momento de encontrarnos con el recién nacido rey de los judíos. Y nosotros, por nuestra parte, nos percatamos que el rey no compartía nuestro gozo, según comentamos al salir de palacio. Después, ya de nuevo en nuestra tierra, nos hemos enterado que Herodes consideró la noticia del aquel nacimiento de muy distinta manera a la nuestra. Sólo pensaba en la posibilidad de ser destronado y, con su argucia proverbial, había decidido ya liberarse cuanto antes del posible aspirante al trono.

Después de decirnos que el lugar por el que estábamos preguntando era Belén, cínicamente nos dijo: “Id e informaos bien acerca del Niño; y cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarle”. Nos despedimos de Herodes cuando ya anochecía en la ciudad santa de los judíos. Al día siguiente, al alba, reemprendimos la marcha, pero esta vez conociendo la ciudad término del viaje. Tuvimos que atravesar callejas tortuosas antes de encontrar el camino de Belén.

Ya fuera de Jerusalén me quedé pensativo. Hacía ya varios días que ninguno de los tres veíamos el fulgor de la estrella. Una pregunta me vino a la mente, una pregunta que me hacia sufrir. ¿Y si tanto Gaspar y Baltasar como yo hemos sufrido una ilusión? Ahora estábamos caminando sin que la luz de la estrella alumbrara los senderos. Un dejo de inquietud rondó mi corazón. Era verdad que al salir de Jerusalén estaba feliz pensando en la cercanía del final de lo que era -sin duda alguna- una aventura, pero la incertidumbre y la duda se abrían paso en mi ahora atormentada mente. No llegaba a comprender como nadie tenía noticia de aquel Rey que acababa de nacer. No era algo extraño que solamente tres personas -y además, no pertenecientes a Israel- hubieran tenido conocimiento del nacimiento del profetizado Mesías, me decía. Más en lo hondo de mi corazón brillaba aún la llama de la esperanza.

Comenté con mis dos compañeros de viaje mis inquietudes y también ellos habían pasado por la prueba de la duda, pero la memoria nos hacía presente de continuo el momento preciso -día y hora- en que vimos por primera vez la estrella. Aquello no podía ser algo ilusorio. Además, los sabios de Israel, después de consultar sus libros sagrados, habían dicho claramente que Belén era la ciudad en que había de nacer el Mesías porque así está escrito por medio del profeta. Estaba con estas consideraciones cuando he aquí que la estrella que habíamos visto en el Oriente iba de nuevo delante de nosotros. De nuevo la claridad en los ojos y en la mente, la alegría en el corazón, la ilusión renovada en la voluntad.

Avanzábamos por el polvoriento camino cuando, de pronto, en un recodo, apareció ante nuestros ojos la ciudad de David. ¡Qué diferencia con Jerusalén! Días atrás, cuando divisamos la capital del reino, los rayos del sol arrancaban destellos de oro al suntuoso Templo que Herodes había reconstruido. Ahora lo que veíamos era grupo de pequeñas casas en desorden en medio de olivos centenarios de hojas grises y brillo plateado.

Cubiertos de polvo y cansados de tanto peregrinar, pero felices, entramos en la aldea en medio de la curiosidad de sus habitantes. Éstos estaban acostumbrados al paso de viajeros que iban o venían de Egipto, mas nuestra comitiva no era de las habituales por aquellos contornos. Algún betlemita venido desde Jerusalén había hecho correr la voz de que éramos unos nobles y sabios príncipes orientales, que llevábamos ya unos dos años en busca del recién nacido rey de los judíos y que Herodes nos había enviado a Belén para encontrarlo.

No tuvimos necesidad de preguntar porque la estrella iba delante de nosotros y se paró sobre el sitio donde estaba el Niño. Nos detuvimos, pues, ante el umbral de la casa de un carpintero llamado José. Éste con mucha amabilidad y gran cordialidad nos hizo entrar en su humilde casa, que estaba contigua a su taller. Tras atravesar un patio interior con unas higueras de curvas suaves, pasamos a una pequeña estancia donde estaba la esposa de José, María, con el Niño en su regazo. Una luz interior nos hizo reconocer en Jesús (éste es el nombre del Niño) al Mesías enviado por Dios.

Enseguida comprendimos que habíamos llegado al término de nuestro viaje, se había acabado el largo camino en busca del Rey-Mesías. No es fácil describir el gozo que experimentamos en aquellos instantes. Postrándonos le adoramos. Nuestros ojos se fijaron amorosamente en el Niño. Allí, después de estar un buen rato arrodillados ante Jesús, abrimos los cofres y le ofrecimos como presentes: oro, incienso y mirra. El por qué de aquellos simbólicos dones es bien sencillo: el incienso, porque creímos sin dudar de la divinidad del Niño; el oro, como expresión de nuestra fe en su realeza; y la mirra, como signo de su condición mortal.

Aquellas horas que estuvimos en la casa de José y María contemplando al Niño sonriendo, jugando alegremente con los regalos, han sido los momentos más felices de mi vida. ¡Qué lejanas quedaron las duras jornadas del camino! ¡Cómo compensaron aquellos momentos de todos los sinsabores que hubimos de soportar! Y creo que a Gaspar y a Baltasar, por lo que me comentaron luego, aquella visita también les llenó de una dicha imposible de ser superada y que permanecería con ellos el resto de sus días.

Realmente era una bendición del cielo contemplar al Niño -pequeño, indefenso-en el regazo de su Madre. Y cómo le miraban embobados José y María. Ellos estaban maravillados de nuestra visita, aunque no extrañados porque bien sabían quién era Jesús. Nos contaron las vicisitudes que pasaron desde que se promulgó el edicto de César Augusto ordenando el empadronamiento de todos sus súbditos hasta el nacimiento del Niño. No había en ellos el menor rencor hacia sus parientes betlemitas que no quisieron recibirles en sus casas. Estaban felices hablando de los prodigios que Dios había obrado tan cerca de ellos.

Descansamos en Belén el tiempo suficiente para recobrar fuerzas antes de regresar a nuestras casas. Ya podíamos tornar tranquilamente al hogar y al estudio de la ciencia de los astros, porque habíamos visto al anunciado Rey con nuestros propios ojos. Dimos por bien empleados los meses de vagar de un lado a otro, las incomodidades del camino, la incertidumbre… Valía la pena todo aquel esfuerzo realizado por la grande recompensa recibida.

Teníamos que pasar de nuevo por Jerusalén para informar al rey Herodes que estaría impaciente por saber algo más del Niño. Él nos había manifestado su deseo de ir para rendirle homenaje. Pero la noche anterior a emprender el regreso recibimos en sueños un aviso de Dios -no cabe la menor duda que procedía del cielo- de no volver a Herodes. Por tanto, volvimos a nuestros países por otro camino.

Años después me enteré que Herodes estalló en cólera cuando le informaron que habíamos salido subrepticiamente de sus dominios. Y tomando una de las más crueles decisiones de su vida, envió a Belén un pelotón de soldados con la siniestra orden de matar a todos los niños que habían en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de nosotros. Los aires de la ciudad de David se llenaron de los quejidos de unas criaturas inocentes y del dolor de sus madres. En cuanto al Niño Jesús sé que ya no estaba en Belén cuando llegaron los soldados asesinos, pues José había sido avisado en sueños por un ángel de Dios para que abandonara la ciudad con el Niño y su Madre huyendo de la cólera del viejo rey de Palestina.

De todo lo relatado doy fe de su veracidad. En Persépolis, año tercero del imperio de Tiberio.

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