Martes, 7 de enero de 2014

Martes, 7 de enero de 2014

Memoria libre de Raimundo de Peñafort

San Raimundo de Peñafort, presbítero de la Orden de Predicadores, eximio maestro en derecho canónico, que escribió de modo muy acertado sobre el sacramento de la Penitencia. Elegido maestro general de la Orden, preparó la redacción de las nuevas Constituciones, y tras llegar a edad muy avanzada, se durmió en el Señor en la ciudad de Barcelona, en España (Martirologio Romano).

Un buen antídoto

La alegría cristiana excluye de modo definitivo y combate implacablemente toda tristeza enfermiza o imaginaria: la envidia, el desaliento, el repliegue sobre sí mismo no pueden emparejarse con ella, y uno de sus beneficios es el de excluir todas esas penas, llenas de veneno y fuentes de muerte (J. M. Perrin, El evangelio de la alegría).

Un regalo del Señor

Vengo a vosotros como siervo de Jesucristo y quiero hablaros de Él. Cristo vino a traer alegría; alegría a los niños, a los padres, a las familias y a los amigos, a los obreros y a los estudiantes; gozo a los enfermos y a los ancianos, gozo a toda la humanidad. (…) Si silenciamos la alegría que nace de conocer a Jesús, gritarán incluso las piedras de nuestras ciudades. (…) Con san Pablo os digo: “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo, alegraos” (Flp 4, 4). Alegraos porque Jesús ha venido al mundo. Alegraos porque Jesús ha muerto en la cruz. Alegraos porque resucitó de entre los muertos. Alegraos porque nos borra los pecados en el bautismo. Alegraos porque Jesús ha venido a liberarnos. Alegraos porque Él es el dueño de nuestra vida (Juan Pablo II, Homilía 2.X.1979).

Anécdota

El cardenal Mendoza aconsejó a Isabel la Católica que tomarse como confesor a fray Hernando de Talavera. La reina aceptó el consejo, y nombró al recomendado su confesor. La primera vez que fue a confesarse Isabel la Católica con fray Hernando de Talavera, el monje se sentó en una silla e indicó con respeto a la reina que se pusiera de rodillas, como cualquier otro penitente. Isabel se quedó atónita. Sus anteriores confesores se habían arrodillado ante ella como muestra de deferencia hacia su persona. Reverendo Padre ‑dijo‑, la costumbre indica que ambos debemos arrodillarnos. Fray Hernando contestó: Hija mía, la confesión es el tribunal de Dios, en el que no existen reyes ni reinas, sino simplemente pecadores; y yo, a pesar de mi indignidad, soy Su ministro. Lo justo es que yo me siente y vos os arrodilléis.

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