Miércoles, 8 de enero de 2014

Miércoles, 8 de enero de 2014

Feria del Tiempo de Navidad

Pensamientos sobre la amistad

Existe más posibilidad de amistad cuanto más grande es la ocasión de difundir el bien que se posee: sólo son verdaderos amigos aquellos que tienen algo que dar y, al mismo tiempo, la humildad suficiente para recibir. Por eso es más propia de los hombres virtuosos. El vicio compartido no produce amistad sino complicidad, que no es lo mismo. Nunca podrá ser legitimado el mal con una pretendida amistad; el mal, el pecado, no une jamás en la amistad y en el amor (J. Abad, Fidelidad).

Ser fieles a la amistad verdadera, porque nada hay más hermoso en las relaciones humanas. Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles (San Ambrosio, Sobre los oficios de los ministros).

Nosotros, los cristianos, podemos dar a nuestros amigos comprensión, tiempo, ánimo y aliento en las dificultades, optimismo y alegría, muchos detalles de servicio…, pero, sobre todo, podemos y debemos darles el bien más grande que poseemos: Cristo mismo, el Amigo por excelencia. Por eso la amistad verdadera lleva al apostolado, en el que comunicamos los bienes inmensos de la fe (Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios).

El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos (Lc 17, 10). Muchas veces nos sentimos simplemente siervos inútiles, y es verdad. Y, a pesar de ello, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El Señor define la amistad (…). No hay secretos entre amigos. Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la Cruz. Nos da su confianza, nos da el poder de hablar con su yo: éste es mi cuerpo, yo te absuelvo… Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: el misterio del Dios que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único. Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo correspondemos? (Cardenal Ratzinger, Homilía 18.IV.2005).

Preguntas y respuestas

En mi instituto, un profesor dijo que hay que distinguir entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. Según aquel profesor, existió un hombre llamado Jesús, muy bueno y que dio un ejemplo maravilloso, pero solamente era hombre, y que después de su muerte, sus discípulos mitificaron su figura diciendo que era Dios encarnado. Este Jesús mitificado -dijo- es el “Cristo de la fe”, el que predica la Iglesia, distinto a Jesús de Nazaret de la historia.

Lo que dijo aquel profesor es falso. El Papa Juan Pablo II salió al paso de esa herejía en varias ocasiones. En un documento que forma parte del Magisterio pontificio escribió: Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma claramente que el Verbo, que estaba en el principio con Dios, es el mismo que se hizo carne (Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un Jesús de la historia, que sería distinto del Cristo de la fe. La Iglesia conoce y confiesa a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.

Tengo algunos compañeros que dicen que Jesucristo no existió. ¿Se puede negar la existencia histórica de Jesús?

De Jesús tenemos más y mejor información que de la mayoría de los personajes de su época. Disponemos de todo lo que los testigos de su vida y de su muerte nos han transmitido: tradiciones orales y escritas sobre su persona, entre las que destacan los Santos Evangelios. En la actualidad, los análisis históricos más rigurosos coinciden en afirmar con toda certeza que Jesús de Nazaret existió, vivió en la primera mitad del siglo I, era judío, habitó la mayor parte de su vida en Galilea, formó un grupo de discípulos que lo siguieron, suscitó fuertes adhesiones y esperanzas por lo que decía y por los hechos admirables que realizaba, estuvo en Judea y Jerusalén al menos una vez , con motivo de la fiesta de la Pascua, fue visto con recelo por parte de algunos miembros del Sanedrín y con prevención por parte de la autoridad romana, por lo que al final fue condenado a muerte por el procurador romano de Judea, Poncio Pilato, y murió en una cruz. Una vez muerto, su cuerpo fue depositado en un sepulcro, pero al cabo de unos días el cuerpo sin vida de Jesús ya no estaba allí.

¿Qué documentos históricos hablan de Jesucristo?

Hay varios documentos que se pueden reducir a tres fuentes: cristiana, judía y romana. A su vez los documentos cristianos pueden ser: canónicos los cuatro Evangelios, Hechos de los Apóstoles, 21 Epístolas y Apocalipsis), apócrifos (más de 50 evangelios) y primeros escritores cristianos (la literatura cristiana a partir de finales del siglo I). Estos testimonios cristianos, en especial los escritos del Nuevo Testamento, prueban la existencia histórica de Jesucristo y tienen garantía de autenticidad bien probada. Además, la abundante literatura cristiana, que muy pronto surgió, prueba con infinidad de datos la vida y los milagros del Señor, así como lo más destacado de su doctrina.

¿Qué son los apócrifos?

Apócrifos es una palabra de origen griego. Significa: fabulosos o fingidos. Se dice que unos evangelios son apócrifos cuando no son auténticos ni están inspirados, y cuyo origen es desconocido o sospechoso, y que no se deben confundir con los libros de la Sagrada Escritura, o Biblia, con los que presentan semejanzas aparentes.

Los evangelios apócrifos no han sido aceptados por la Iglesia como auténtica tradición apostólica, aunque normalmente ellos mismos se presentaban bajo el nombre de algún apóstol. Empezaron a circular muy pronto, pues ya se les cita en la segunda mitad del siglo II; pero no gozan de la garantía apostólica como los cuatro evangelios reconocidos como inspirados y, además muchos de ellos contienen doctrinas que no están de acuerdo con la enseñanza apostólica.

Normalmente los evangelios apócrifos tienen relatos de carácter legendario y están llenos de fantasía. Vienen a satisfacer la piedad popular narrando detenidamente lo concerniente a aquellos momentos que en los evangelios canónicos (los de san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan) no cuentan o se exponen de manera sucinta. En general, bastantes de ellos están acordes con la doctrina de la Iglesia y traen relatos sobre el nacimiento de la Virgen, de cómo una partera comprobó la virginidad de María, de los milagros que hacía Jesús de niño, etc. Otros evangelios apócrifos tienen un carácter herético gnóstico. Estos tienen forma de dichos secretos de Jesús o de revelaciones del Señor resucitado explicando los orígenes del mundo material, o la ascensión del alma. Y también hay algunos evangelios apócrifos que están compuestos enteramente, o en la mayor parte, de sentencias y expresiones recogidas de posibles homilías o catequesis.

¿Cuáles son los documentos de las otras dos fuentes?

Los testimonios judíos del tiempo de Jesús se pueden dividir en dos grupos: rabínicos (Talmud y Oraciones litúrgicas) e históricos (los libros de Flavio Josefo). Los escritos rabínicos que hablan de Jesús de Nazaret son escasos y dan interpretaciones parciales e irreverentes. Así sucede en el libro llamado Talmud, que es uno de los principales textos religiosos judíos. En este libro se lee: En la víspera de la fiesta de la Pascua se colgó a Jesús. Cuarenta días había pregonado el heraldo: “Será apedreado, porque ha practicado la hechicería y ha seducido a Israel haciéndolo apostatar. El que tenga que decir algo en su defensa, venga y dígalo”. Pero, como no se alegó nada en su defensa, se lo colgó en la víspera de la fiesta de la Pascua. Como se ve, este texto en algo concuerda con lo que sabemos por los Evangelios (Jesús fue colgado en la cruz en la víspera de la fiesta de la Pascua). Los escritos históricos son dos libros (Antigüedades judías y La guerra de los judíos) del historiador judío Flavio Josefo, que los escribió a finales del siglo I. En ellos, Flavio Josefo habla de Jesús y da detalles de su vida. Llama la atención la simpatía que parece tener el historiador hacia Jesús. Por este tiempo -escribió-, un hombre sabio llamado Jesús tuvo una buena conducta y era conocido por ser virtuoso. Tuvo como discípulos a muchas personas de los judíos y de otros pueblos. Pilato lo condenó a ser crucificado y morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos no abandonaron el discipulado y contaron que se les apareció a los tres días de la crucifixión y estaba vivo, y que por eso podía ser el Mesías del que los profetas habían dicho cosas maravillosas.

A pesar de que la figura de un hebreo, trabajador manual que acaba su vida condenado a muerte en la cruz, no debería llamar la atención a los escritores romanos, lo cierto es que importantes cronistas del Imperio romano nos han dejado claros testimonios de la vida de Jesús. De esta fuente romana, los testimonios más explícitos son de Plinio el Joven, de Tácito y de Suetonio.

Plinio el Joven era gobernador romano de Bitinia, a principios del siglo II. En una carta preguntó al emperador qué hacer con los cristianos. Éste es el texto: Cayo Plinio al emperador Trajano. Suelo, Señor, informarme de cuanto me ofrece dudas. Nunca he asistido a procesos contra los cristianos. Por eso desconozco qué y en qué medida suele castigarse e investigarse. Los renegados afirman que todo su error consiste en que el día señalado, antes de salir el sol, entonan un cántico a Cristo como a Dios, en que se obligan, mutuamente y con juramento, a no cometer hurtos, latrocinios ni adulterios, a no faltar a la palabra dada ni a negar el depósito recibido. Una vez hecho esto, se retiran, volviendo de nuevo a participar en una comida inocente. Yo no he hallado mal alguno. El contagio de esa superstición ha invadido no sólo las ciudades sino hasta los barrios y las aldeas campesinas. Pero al parecer, aún puede detenerse y remediarse.

Otro testimonio está en Anales de Roma de Tácito. Habla de los cristianos con ocasión del incendio de Roma y la falsa acusación del emperador Nerón contra ellos. Entre otras cosas dice que los cristianos eran odiados por sus crímenes y que se les castigó con penas horribles, siendo desgarrados por los perros, clavados en cruces y quemados a modo de antorchas nocturnas. Y por último, Suetonio en su obra Vida de los Doce Césares hace alusiones a la persona de Jesús y tacha al cristianismo de superstición maléfica.

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