Jueves, 9 de enero de 2014

Jueves, 9 de enero de 2014

Memoria libre de san Eulogio de Córdoba

En Córdoba, ciudad de la región hispánica de Andalucía, san Eulogio, presbítero y mártir (Martirologio Romano).

Efemérides

Tal día como hoy del año 1902 nació en Barbastro (Huesca, España) san Josemaría Escrivá. Fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925.

El 2 de octubre de 1928, en Madrid, fundó por inspiración divina el Opus Dei, que ha abierto a los fieles un nuevo camino de santificación en medio del mundo, a través del ejercicio del trabajo profesional ordinario y en el cumplimiento de los propios deberes personales, familiares y sociales, siendo así fermento de intensa vida cristiana en todos los ambientes. El 14 de febrero de 1930, san Josemaría Escrivá entendió, con la gracia de Dios, que el Opus Dei debía desarrollar su apostolado también entre las mujeres, y el 14 de febrero de 1943 fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei. El Opus Dei fue aprobado definitivamente por la Santa Sede el 16 de junio de 1950, y el 28 de noviembre de 1982 fue erigido como Prelatura personal, que era la forma jurídica deseada y prevista por san Josemaría Escrivá.

Con oración y penitencia constantes, con el ejercicio heroico de todas las virtudes, con amorosa dedicación e infatigable solicitud por todas las almas, y con una continua e incondicionada entrega a la Voluntad de Dios, impulsó y guió la expansión del Opus Dei por todo el mundo. Cuando rindió su alma a Dios -falleció repentinamente, después de haber mirado con inmenso cariño por última vez una imagen que presidía el cuarto de trabajo-, el Opus Dei estaba ya extendido en los cinco continentes, y contaba con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades, al servicio de la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión y veneración al Papa y a los Obispos, que vivió siempre san Josemaría Escrivá.

La Santa Misa era la raíz y el centro de su vida interior. El hondo sentido de su filiación divina, mantenido en una continua presencia de Dios Uno y Trino, le movía a buscar en todo la más completa identificación con Jesucristo, a tener una tierna y fuerte devoción a la Virgen Santísima y a San José, a un trato habitual y confiado con los Santos Ángeles Custodios, y a ser sembrador de paz y alegría por todos los caminos de la tierra.

Había ofrecido su vida, repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. El Señor acogió ese ofrecimiento, y entregó santamente su alma a Dios, en Roma, el 26 de junio de 1975, en su habitación de trabajo.

Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz -viale Bruno Buozzi 75, Roma-, continuamente acompañado por la oración y por el agradecimiento de sus hijas e hijos, y de incontables personas que se han acercado a Dios, atraídas por el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Su causa de canonización fue introducida en Roma el 19 de febrero de 1981. El papa san Juan Pablo II declaró el 9 de abril de 1990 la heroicidad de sus virtudes cristianas y, el 6 de julio de 1991, decretó el carácter milagroso de una curación atribuida a su intercesión. El Fundador del Opus Dei fue beatificado por san Juan Pablo II en Roma, el 17 de mayo de 1992. El mismo Pontífice lo canonizó en la Plaza de San Pedro de Roma, el 6 de octubre de 2002. Su fiesta litúrgica se celebra el 26 de junio.

Han dicho sobre el sacerdocio

Cuatro son las condiciones que debe reunir el buen pastor. En primer lugar, el amor: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño. Luego, la vigilancia, para estar atento a las necesidades de las ovejas. En tercer lugar, la doctrina, con el fin de poder alimentar a los hombres hasta llevarlos a la salvación. Y finalmente la santidad e integridad de vida; ésta es la principal de todas las cualidades (Santo Tomás de Villanueva).

Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto (Benedicto XVI, Homilía 13.IV.2006).

El Pueblo de Dios se congrega primeramente por la palabra de Dios vivo, que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes. En efecto, como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere, los presbíteros, como cooperadores que son de los Obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios, de forma que, cumpliendo el mandato del Señor: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura, formen y acrecienten el pueblo de Dios (Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, n. 4).

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