Miércoles, 22 de enero de 2014

Miércoles, 22 de enero de 2014

Memoria obligatoria de San Vicente

San Vicente, diácono de Zaragoza y mártir, que durante la persecución bajo el emperador Diocleciano sufrió cárcel, hambre, potro y hierros candentes, hasta que en Valencia, en la Hispania Cartaginense, voló al cielo a recoger el premio del martirio (Martirologio   Romano).

Beata Laura Vicuña

En Junín de los Andes, en Argentina, beata Laura Vicuña, virgen, que habiendo nacido en la ciudad de Santiago de Chile, fue alumna del Instituto de Hijas de María Auxiliadora y, para obtener la conversión de su madre, a los trece años ofreció su vida a Dios (Martirologio Romano).

Semblanza

Una flor de los Andes

Revolución en Chile

El 15 de junio de 1886 ganó las elecciones presidenciales de Chile el candidato presentado por los partidos liberal, radical y nacional, José Manuel Balmaceda. Éste llamó a colaborar en el gobierno a sus adversarios políticos. A pesar de sus innegables logros, su forma de gobernar personalista hizo que la oposición parlamentaria al presidente se hiciera agresiva. Balmaceda, que poseía un carácter sensible y arrogante, se sintió afectado en sus prerrogativas esenciales y resistió con firmeza el intento de la mayoría del Congreso de imponerle un gabinete de su confianza.

En octubre de 1890 la situación política del país se tornó inquietante, pues se clausuró el período de sesiones ordinarias del Parlamento cuando aún se encontraban pendientes los trámites de las leyes de los presupuestos y de fijación de las fuerzas armadas. Sin esas leyes, el presidente no podía gobernar, pero, a la vez, su aprobación por el Congreso estaba condicionada a que Balmaceda se inclinara a sus exigencias. Los opositores, que conocían el carácter del presidente, comprendieron que no estaba dispuesto a ceder y se prepararon para la revolución.

Tal como lo preveían, el 1 de enero de 1891, Balmaceda omitió los trámites constitucionales y decretó la prórroga de las dos leyes pendientes. Sus adversarios tuvieron así una justificación legal para el alzamiento: Balmaceda se había transformado en dictador. Pocos días después, la Marina se sublevó y se dirigió a la zona norte del país a ocupar la región salitrera, que proporcionaba la principal fuente de ingresos al erario público. Balmaceda, con el fin de evitar lo peor, propuso como candidato presidencial a un miembro del partido conservador: Claudio Vicuña. Pero por desgracia ya era demasiado tarde. Tras una cruenta lucha, José Manuel Balmaceda fue derrotado por las fuerzas revolucionarias a fines de agosto de 1891. Sus contrarios se apoderaron del poder y empezaron una persecución despiadada contra Balmaceda, los Vicuña y sus partidarios.  El presidente derrocado buscó asilo político en la embajada de Argentina y en la mañana del 19 de septiembre, día siguiente a la expiración de su mandato constitucional, después de dejar un impresionante manifiesto, se suicidó de un tiro.

Mientras ocurrían estos trágicos sucesos, el 5 de abril de 1891 nació en Santiago de Chile una niña llamada Laura, hija de José Domingo Vicuña y de Mercedes del Pino. Desde su misma venida a este mundo, su corta vida -solamente infancia y los comienzos de la adolescencia- no estuvo exenta de dificultades. Su padre, militar de profesión, era, como toda su familia, partidario del presidente Balmaceda y, como tal, fue un activista de la guerra civil chilena. Tras la derrota de Balmaceda, cuando Laura sólo contaba pocos meses de vida, se vio obligado a abandonar la capital de la nación y a emprender el siempre duro y difícil camino del exilio.

Emigrante en Argentina

La familia Vicuña se instaló en Temuco, ciudad fundada en 1881, que era un pobre villorio, aunque con el tiempo se convertiría en la capital de la provincia de Cautín, en la región de Concepción y La Frontera. Situada al Sur del río Bío Bío, ninguna región chilena conoció a finales del siglo XIX un desarrollo tan espectacular. Allí la familia se incrementó con un nuevo miembro, Julia Amanda. Pero al poco tiempo, en 1893, falleció el padre. Muerto éste, la madre -Mercedes- y sus hijas pequeñas, sumidas en la pobreza y en el dolor, hubieron de emigrar a Argentina. Atravesando los Andes y después de estar en varias ciudades patagónicas en 1900 se establecieron definitivamente en Quilquihué, una hacienda distante veinte kilómetros de una pequeña aldea de la provincia de Neuquén, llamada Junín de los Andes. Allí Mercedes había encontrado trabajo.

Quilquihué era una estancia con grandes extensiones de tierras de cultivo y con mucho ganado. Todo el campo estaba lleno de verdor. Su propietario era un rico terrateniente que se llamaba Manuel Mora, hombre déspota, autoritario y corroído por la soberbia y la sensualidad.

Alumna de las Salesianas

Laura y su hermana Amanda, nada más llegar a Junín, fueron matriculadas como alumnas internas por su madre en el colegio-misión de las Hijas de María Auxiliadora (Hermanas Salesianas), gracias a la ayuda financiera de Manuel Mora. Las salesianas, fundadas por san Juan Bosco, hacían poco tiempo que se habían establecido por aquellas desoladas tierras para dedicarse a la evangelización de las poblaciones de la zona que estaban lejos de toda pastoral ciudadana.

El edificio del colegio no era más que una casa pobre en donde había escasez de todo. Se había puesto en marcha el 29 de enero de 1899, gracias al tesón del padre salesiano Domingo Milanesio. La comunidad de religiosas que atendía el centro escolar estaba formada por cuatro hermanas: sor Angela de Piai, como directora; la novicia sor Rosa Azoca; y las postulantes Carmen Opaso y Francisca Mendoza. Un único deseo les movía: difundir el Reino de Dios.

Laura fue una alumna aplicada. Prestaba atención a todo lo que se explicaba en clase. Asistía al Catecismo, estudiándolo con esmero y sacando provecho de la doctrina católica para su vida cristiana. Las salesianas, al ver el carácter bondadoso y la exquisita educación de Laura, decidieron encargarla del cuidado de las alumnas más pequeñas. Cometido que hizo la adolescente de mil maravillas. Con un trato agradable y siempre con una sonrisa en los labios, Laura atendía a las párvulas con cariño, las peinaba y las arreglaba; las enseñaba a leer; consolaba a las que veía un poco tristes o llorosas; y a todas las animaba a estar alegres y contentas.

Laura era feliz en el colegio. Ya no era una niña, sino una adolescente de gran belleza, y llena de bondad, inocencia y candor, y de trato muy cariñoso con sus compañeras. Tenía el don del desprendimiento y sacrificio por los demás. Todas las cosas que le traía su madre, como dulces, las repartía con las demás internas del colegio. Era admirada por las demás alumnas como la mejor compañera, la más amable y servicial. Había descubierto a Dios en la fraternidad con sus amigas y en el amor a su familia. Enseguida se hizo amiga de sus compañeras, especialmente de Mercedes Vera. Las hermanas salesianas del colegio estaban maravilladas de su obediencia y del enorme amor que sentía por Jesús Sacramentado y por María Auxiliadora.

Pero también la joven Vicuña sufrió la incomprensión por parte de algunas compañeras, que empezaron a tenerle envidia, a murmurar de ella, e incluso a difamarla. Una de ellas llegó insultarla, diciéndole: Eres necia y una petulante. Laura reaccionó con mansedumbre y le dijo: Siento verte contrariada, me gustaría hacer algo por ti.

Como hermana mayor que era, se ocupaba de Amanda, a la que le tiene un gran cariño. En más de una ocasión consoló a la pequeña. Pero también los caprichos y los pataleos de Amanda a veces les hace perder la paciencia. Un día, en la capilla, dirigiéndose al Señor, le dijo: Me siento contenta de amar a todos, sin excepción. Quisiera, Jesús, que todos se sintiesen buenos y felices en mi compañía. Desearía que Amandita no fuese caprichosa. Yo sé, Jesús, que te hace sufrir un poco, pero perdónala. Todavía es muy pequeña y no se da cuenta. Ya verás cómo más tarde mejorará y se hará buena de veras. No te canses de ella y ayúdala. También quisiera que mamá se sintiera feliz. ¡Ha sufrido tanto! Quisiera que te conociese más. Entonces sí que te amaría y su sonrisa volvería a ser tranquila y serena como la de nuestras Hermanas.

Primera Comunión

Cuando Laura tuvo diez años, recibió por vez primera a Jesús en la Eucaristía, con gran fe y mucho amor, después de prepararse muy bien. Aquel día de su Primera Comunión, como ya había hecho santo Domingo Savio en semejante circunstancia, formuló a Jesús su disposición de preferir la muerte antes que pecar: Quiero morir antes que ofenderte con el pecado. Desde este día quiero mortificarme a fin de evitar cuanto pueda alejarme de Ti. En su libreta apuntó los otros propósitos que hizo: * Dios mío, quiero amarte y servirte durante toda mi vida: tuya es mi alma, mi corazón, todo mi ser.

* Quiero hacer todo lo que sé y puedo con el fin de que Tú seas conocido y amado, y repara de este modo las ofensas que recibes cada día de los hombres, en especial de las personas de mi familia. Y por último, una petición: Dios mío, concédeme una vida de amor, de mortificación, de sacrificio.

Pero hubo una nota triste en ese día tan feliz. Mercedes del Pino acompañó a su hija, pero sin recibir la sagrada comunión. Laura, al finalizar aquel día, se le comentaría  a su compañera y amiga Mercedes Vera: ¿No te diste cuenta, Merceditas? Hoy mamá estaba al lado mío, pero me parecía sentirla tan lejos. No ha recibido a Jesús… ¡No puede recibirlo!

El día de la Inmaculada Concepción de 1901 Laura y su amiga Mercedes, entre otras, fueron acogidas como Hijas de María. Laura consagró ese día su pureza a la Santísima Virgen María. ¡Somos Hijas de María! -dijo Laura a Mercedes-. De ahora en adelante trataremos de ser dignas de nuestra Madre del Cielo y trataremos de imitar sus virtudes. Y las dos amigas se comprometieron a ayudarse mutuamente para conseguir ese ideal.

Cada año, al llegar el mes dedicado a la Virgen María, ambas amigas se esforzaban por ofrecer a la Madre de Dios muchos actos de amor, bastantes sacrificios y mortificaciones. Para Laura no había medida. Todo le parecía poco. ¿Qué no sería capaz de hacer por la Virgen?

La madre de Laura

El sueño de las adolescentes pasa siempre por encontrar un amor que les llene de felicidad. Y este sueño se hizo realidad en Mercedes del Pino. Ésta era una joven gentil, delicada, con una gran viveza y una gracia especial. Parecía reunir todas las dotes para ser una especial esposa ideal. Y esto es lo que pensaba José Domingo Vicuña, por lo que se decidió contraer matrimonio con Mercedes.

En su ciudad natal, Santiago, pasaron los años de su juventud y su época de recién casada. Fueron años de vida tranquila, de ilusiones y de felicidad. Sólo una sombra en la dicha que la invadía. Su marido pertenecía a una noble familia chilena y ella procedía de una familia humilde y pobre. Esta desigualdad se levantaría enseguida como un muro de distanciamiento y frialdad entre ella y la familia de José Domingo.

Felicidad que se vio incrementada con el nacimiento de su primogénita, pero, por desgracia, no fue duradera. Por las dramáticas jornadas de lucha de 1891 su vida comenzó a ser un calvario. Su marido, convertido en prófugo y perseguido, no tuvo otra solución que escapar. Durante el continuo andar sin descanso de la familia hasta encontrar un lugar para establecerse, Laura enfermó de gravedad. Temuco sería el término del largo caminar de José Domingo y Mercedes. La llegada al mundo de Julia Amanda parecía ser portadora de un poco de paz y tranquilidad en medio de las penas y contrariedades que sufrían. Pero no fue así. Pronto la alegría por el nuevo retoño se vio reemplazada por la tristeza y el dolor por la muerte de José Domingo. Éste, después de tantas desgracias y penalidades, murió agotado y extenuado.

Laura no recordará a su padre -era muy pequeña cuando él falleció- pero sabía que era fuerte, leal, bueno y valiente. En más de una ocasión su madre le dijo que ella se parecía mucho a él.

Mercedes se percató con toda claridad de su situación. Viuda, con dos hijas de corta edad y sin ningún tipo de recursos económicos. No era posible volver a Santiago, pues el solo hecho de llevar el apellido Vicuña constituía un peligro. El abandono en que había caído era absoluto. El drama de su inseguridad, de su soledad, lo sentía en carne viva. Pero había que sacar adelante a sus hijas y volver a comenzar la nueva la lucha por sobrevivir. Y decidió sin más cruzar los Andes para llegar a las pampas argentinas, zona rica de promesas y meta de muchos emigrantes chilenos. Allá tratará de rehacer su hogar  y proteger y defender a sus pequeñas Laura y Amanda. Eran nuevos proyectos y sueños.

Las jornadas de caravana resultaban interminables; los distancias, inmensas; los caminos, poco menos que intransitables; los medios de transporte, animales de carga y nada más. De un pueblo a otro. Sin embargo, Mercedes sentía renacer en su corazón algo que creía muerto: la esperanza.

En La Lajas, ¡por fin! parecía haber encontrado el deseado trabajo, pero todo fue un espejismo. En la entrevista previa al contrato, una mujer le preguntó: –¿Es usted chilena? -Sí, de Santiago. La mujer quedó como en suspenso. Observaba de reojo a Mercedes, y se dijo para sí: Es hermosa, joven, distinguida y parece culta. Mercedes alzó la mirada fijándola en su interlocutora. Había llegado hasta allí con ardiente esperanza en su corazón: trabajar con honestidad para resolver la difícil situación económica en la que se encontraba. Su único fin era que Laura y Amanda pudiesen crecer tranquilas y seguras. Pero en aquel momento empezó a sentirse más sola que nunca. Sola, sin apoyo, sin trabajo y en un país extranjero, en medio de peligros morales, en los cuales tal vez nunca había pensado.

Y La Lajas fue una etapa más -aunque la última- en el doloroso peregrinar. En Quilquihué consiguió colocarse como simple empleada. Pero su gran belleza no pasó desapercibida para el amo de la propiedad, Manuel Mora, y nada más llegar se enredó con éste aceptando sus proposiciones de convivencia y convirtiéndose en su amante.

Una clase de religión

En el colegio, sor Rosa era la encargada de la clase de religión. Tenía un modo especial, lleno de entusiasmo, para explicar la doctrina católica. Con su forma de hablar de Dios conseguía que las alumnas estuvieran atentas. Laura la escuchaba con verdadera fruición.

Y llegó un día en que la profesora trató del Matrimonio, el sacramento por el cual Dios asocia al hombre y a la mujer a su plan creador. Sor Rosa bien sabía que no era prematuro hablar de este tema a sus alumnas, porque por aquellos lugares y pueblos las chicas se casaban muy jovencitas y, además, por desgracia, abundaban las uniones libres. Lo mejor, por tanto, era afrontar a tiempo dicho tema, con claridad, delicadeza y valentía.

Laura, como de costumbre, prestaba atención a las palabras de la profesora. Cuando ésta explicó que la unión libre es pecado grave y que a Dios les disgustan mucho los que viven juntos sin estar casados, Laura quedó pensativa en un primer momento, pero inmediatamente después empezó a palidecer. Había comprendido demasiado bien una terrible realidad: su madre, el ser que más quería en este mundo, vivía en pecado mortal y estaba en grave peligro de condenación eterna.

La clase tuvo que interrumpirse por el desvanecimiento de Laura. Al verla caer, sus compañeras corrieron hacia ella con premura. ¿Qué te pasa, Laura?, le preguntaron, pero ella había perdido el conocimiento. Sor Rosa la llevó al dormitorio para tenderla sobre la cama y, una vez acostada, le dio a beber algo caliente. Toma, Laura, y descansa, le dijo.

Un deseo

Un buen día del año 1902, Merceditas Vera comentó a Laura que su hermana María quería hacerse hermana salesiana. Y como de pasada, añadió: Pero… no se lo digas a nadie, Laura, porque sabes, a lo mejor también yo un día… Ante aquella confidencia de su amiga, Laura le manifestó un deseo que desde hacía tiempo tenía. Ella también quería ser Hija de María Auxiliadora.

Quedaron las dos amigas en guardar el secreto. No era conveniente divulgar estos sueños a los cuatro vientos. Sabía que tendría que esperar aún algún tiempo. Pero la llama de vocación había prendido ya en el alma de Laura. Y bien decidida estaba de alimentar y de defender aquella llama, fruto de su amor a Dios y a la Virgen, con toda la fuerza de su alma.

Por fin, después de meditarlo mucho en su corazón, Laura se decidió a pedir ser admitida entre las postulantes de la congregación de las hermanas salesianas. Mas su petición no fue aceptada. La principal dificultad era obviamente la temprana edad de la aspirante, sin embargo, había otra razón que no era otra que la irregular situación familiar de su madre, pues en toda la aldea se sabía que vivía en concubinato con Manuel Mora.

Lo que sí consiguió Laura, con el permiso de su confesor, fue comprometerse a vivir los consejos evangélicos, pronunciando privadamente los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.

Mientras tanto llegó para Laura el momento de recibir el sacramento de la Confirmación. Monseñor Cagliero, obispo misionero y salesiano, estuvo unos días en Junín de los Andes predicando una misión, y aprovechó la ocasión para confirmar a los niños y adolescentes de la aldea.

Mercedes asistió a la ceremonia, pues además de Laura también se confirmaba Amanda. Con la alegría de ser confirmada, Laura recibió una nueva desilusión. Lo mismo que el día de su Primera Comunión, su madre no se confesó y, por tanto, se quedó sin comulgar.

La conducta de su madre le causaba una gran pena. Una vez la reprendió dulcemente: Mamá, no puedes vivir así con ese hombre. Cásate con él. Mercedes le contestó: Pero hija, no quiere casarse. Y la joven, cogiendo la mano de su madre y besándola, le dijo: Pues entonces vámonos de aquí, aunque sea pidiendo limosna por los caminos, pero dignas y decentes. La madre se echó a llorar, pero no se atrevió a dar ese paso definitivo, el de abandonar al amo.

Las vacaciones escolares

Al llegar el período de vacaciones, Laura y Amanda iban a Quilquihué a pasarlas con su madre. Allí en el campo ambas hermanas gozaban de la belleza del valle y del bosque, del alegre canto de los pájaros y de la hermosura de las flores. Para Amanda su felicidad no parecía tener límite cuando se encontraba en aquellas inmensas y verdes praderas, con caballos y otros animales. Quedaba deslumbrada con las riquezas del establecimiento y disfrutaba del aire puro y con los platos de comida tan sabrosos que le preparaba su madre. Y para Laura era un sitio donde podía rezar con más holgura a Dios y a la Virgen María, aunque sentía que la hacienda no tuviera capilla ni fueran sacerdotes para celebrar la Misa.

Mercedes se desvivía por sus hijas. Era una madre solícita, afectuosa, que rodeaba de mil atenciones a las dos niñas. Sin embargo, Manuel Mora las observaba con una especie de indiferencia, sin advertir, tal vez, el rechazo que producía en Laura.

Cuando llegaron por primera vez, a Laura le agradó aquel lugar de paz serena y  vida tranquila después de tantas andanzas. Pero según iba pasando el tiempo, cada año al llegar las vacaciones le costaba más ir a Quilquihué, y mucho más después de saber el motivo de aquel inesperado bienestar y del interés que el amo del establecimiento  demostraba a su madre. Él le ofrecía casa, comodidad para sí y para sus hijas…, pero a qué precio tan alto.

Con la fortaleza de Dios

Un año, cuando Mercedes acudió a Junín de los Andes a recoger a sus hijas para pasar juntos las vacaciones, observó cuánto había crecido Laura. Era ya una adolescente llena de belleza y con una madurez nueva. En Quilquihué, Manuel Mora, que en años anteriores no le había prestado atención, en esta ocasión la miraba insistentemente sin ahorrarse cumplidos. La encontraba tan encantadora, que empezó a requebrarla. Laura intuyó que una nueva lucha se acercaba, y una vez más le dijo al Señor: Quiero morir antes que ofenderte. Con la gracia de Dios se sentía fuerte.

El amo, creyéndola ingenua, pensó que sería una presa fácil y que en el primer asalto conseguiría sus propósitos. Minuciosamente preparó su plan. Con una excusa consiguió que Mercedes se alejara, a fin de quedarse solo con Laura. Entró en la habitación de ésta con una sonrisa maliciosa, seguro de su conquista, y acercándose a la adolescente, le dijo: Yo te quiero; y si te entregas en mis brazos, te haré reina de todas mis propiedades. Laura, serena, pero firme, se negó rotundamente, diciéndole: Eso no puede ser, e intentó huir, pero Manuel Mora la detuvo y le dijo: Ven aquí; yo soy el amo, y al amo se le obedece. Pero Laura, con la fortaleza de quien esta dispuesto a jugarse el todo por el todo, a fin de no perder su tesoro más sagrado, resistió con una tenacidad superior a sus fuerzas. A pesar del poderío brutal del hombre, consiguió librarse y escapar. El hacendado salió de la habitación encolerizado, murmurando entre dientes: He doblegado a la madre, también doblegaré a la hija. Su lujurioso deseo era tener dos amantes, la madre y la hija.

En la desigual lucha la niña salió victoriosa. La fuerza de la oración que Laura practicaba en todo momento con mucho recogimiento, le permitió resistir la tentación y conservar el encanto de la pureza. Ahora ya sabía que la fidelidad al Amor podría costarle la vida, pero ¿qué importa? El amor vale más que la vida.

Manuel Mora, furioso, sintiéndose humillado, no estaba dispuesto a abandonar la pelea. ¡Había sido tan fácil doblegar a Mercedes! ¿Cómo era posible que Laura pudiera resistirle? Esperaría una próxima ocasión para un nuevo asalto.

Fiesta en la estancia

Y la ocasión esperada por el amo fue la fiesta anual de la hacienda. Con motivo de marcarse a hierro candente a los potros, se organizaba todos los años una gran cena para todos los sirvientes y jornaleros. La cena era espléndida: diversos fritos, carne de ternera asada y pasteles, todo ello regado con buen vino y delicioso café. Después, comenzaba a sonar la música y se organizaba el baile, en un ambiente eufórico y bullanguero.

Mientras se preparaba la fiesta, todo el establecimiento estaba en movimiento. Laura, sin embargo, presentía un nuevo ataque. Mora no se le había acercado ya más, pero la joven se daba cuenta que aquella tregua era simplemente una táctica preparatoria para asaltarla de nuevo.

Con una noche sumamente agradable, comenzaron los festejos. Entre los participantes, Mercedes y sus dos hijas. ¡Dios mío, dame fortaleza! ¡Madre mía, soy tu hija, ayúdame!, con estas palabras Laura se dirigía al Cielo para vencer en el difícil combate que iba a sostener.

Bien pronto, los ojos del amo se fijaron en la hermosura de la adolescente. Lleno de galantería se le acercó para invitarla a bailar. Ella, con firmeza, se negó: No, señor. Pero Mora, persuasivo y sonriente, insistió nuevamente. Y por segunda vez fue obtuvo una respuesta negativa por parte de la chica. La sonrisa del hacendado se transformó en una mirada convulsionada. Todos los presentes en la fiesta quedaron perplejos, y muchos, contentos, con el rechazo persistente de Laura a las exigencias perversas del amo.

Manuel Mora, cegado por la ira y por la humillación, la expulsó de la fiesta. ¡Muchacha! Vete de aquí, a vivir con los perros. ¡Ése es tu lugar. Mercedes había contemplado la escena angustiada, llena de temor. Conociendo bien a Mora, sabía que éste era capaz despedirlas a ella y a sus hijas de la hacienda. Saliendo del salón, y acercándose adónde Laura estaba, le animó a bailar con el amo, diciéndole: ¿Cómo es eso, Laura? Un baile no es pecado. ¡Mora está furioso! ¡Acéptalo! Hazlo por mí y por Amanda, de otra manera se va a desquitar con toda dureza. Pero Laura se mantuvo firme. No, madre; luego, después del baile querrá otra cosa, y mi dignidad no me lo permite.

De vuelta al baile, Mercedes vio como la rabia de Mora fue a descargar sobre ella. Al verla, de manera grosera, le exigió que convenciera a Laura para que bailara con él. La madre, convencida de la firmeza de la chica, le comentó que su hija jamás lo hará. Él, iracundo, le dijo: ¿Así me pagas, cuando a las tres os he sacado del hambre y la miseria? Mercedes le contestó: Te lo pagamos con nuestro trabajo.

Manuel Mora, enfurecido por la negativa de Laura a satisfacer sus obscenos caprichos, fue al lugar donde ésta estaba y con un látigo la golpeó brutalmente; la joven, caída en el suelo, exclamaba con lágrimas en los ojos: Tened piedad. Pero el amo aún la amenazó con marcarla con el hierro candente con el que se herraba a los terneros y potros.

En represalia, Mora se negó a dar dinero a Mercedes para pagar el colegio de las niñas. Laura, consciente del peligro que suponía para ella permanecer en Quilquihué, le pidió a su madre: Mamá, no quiero estar más aquí. Lo que quiero es volver al colegio. Mercedes no tuvo más remedio que explicar a su hija que ya no contaba con dinero para pagar la pensión del colegio. Pero Laura no se dio por vencida: Mamá, habla con las Hermanas, y verás como todo se arregla. Y efectivamente, las religiosas salesianas dijeron a Mercedes que Laura podía estar en el colegio gratuitamente.

Ofrecimiento de su vida

Muy preocupada por la salvación del alma de su madre y dada la inutilidad de sus esfuerzos -varias veces la había invitado infructuosamente a romper la relación pecaminosa con el terrateniente-, el 13 de abril de 1903 Laura se decidió a ofrecer su vida por la conversión de su madre. Antes lo había consultado con su confesor, el padre salesiano Crestanello. Éste, cuando la joven le manifestó su propósito, se quedó pensativo. Laura era todavía una niña, pero tenía ya la madurez necesaria para saber lo que quería, y sufría en el secreto de su corazón por el amancebamiento de su madre con Manuel Mora.

Durante un buen rato, don Crestanello estuvo perplejo, pero ante la insistencia de Laura para que bendijera su ardiente deseo, le dijo: ¿Lo has pensado bien, Laura? Mira que es eso es muy serio. Dios puede aceptar ese ofrecimiento tuyo por la salvación de tu madre y te puede llegar la muerte muy pronto. La adolescente no dudó en dar aquel paso. Sabía por experiencia que siempre Dios la tomó en serio y que había sido exigente con ella. Y por otra parte, ella le había respondido siempre con un sí generoso, aun en los momentos en que la fidelidad requería dolor y sacrificio. En la capilla del colegio Laura, con toda sencillez, ofreció su vida por la salvación de su madre: Señor, que mi madre abandone a Manuel Mora, y que vuelva a Ti; daré mi vida por la suya.

Enfermedad y muerte

A los pocos días llegó la respuesta de Dios. Unos días de lluvia torrenciales hicieron que los habitantes de Junín de los Andes observaran con inquietud el crecimiento del caudal del río Chimeuin. Éste ruge amenazador, hasta que se desbordó inundando la población con agua helada y fangosa. El colegio de la Hijas de María Auxiliadora no se salvó de la riada y las alumnas con sus profesoras tuvieron que refugiarse a una casa situada en la ladera de una montaña.

El frío y la humedad les penetraban a los allí refugiados por todo el cuerpo. Las pequeñas estaban llenas de temor. Al cabo de cuatro días pudieron volver al colegio, pero encontraron a éste completamente lleno de barro. Las alumnas mayores se prestaron a limpiarlo. Laura, que durante la inundación del colegio pasó largas horas sacando a las niñas más pequeñas del peligro, adquirió una dolorosa enfermedad en los riñones. Y para colmo de males, el invierno fue crudo y se prolongó más de lo acostumbrado.

Laura se fue poniendo cada vez más pálida y quedando sin fuerzas. A pesar de los cuidados que tenían con ella, cada día empeoraba más, con dolores intensísimos y vómitos continuos. Su vida se iba apagando y ella lo sabía. Sin ninguna queja, repetía a Dios su ofrecimiento: Señor: que yo sufra todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve. El padre Crestanello, al ver el curso de la enfermedad, comprendió que Dios había aceptado el sacrificio de la joven.

Mercedes del Pino, al ver a su hija enferma, la trasladó a Quilquihué pensando que el aire sano del campo la haría bien. Después de uno días en la hacienda vio más conveniente llevarla de nuevo a Junín por la mayor facilidad de ser visitada por el médico y de conseguir medicamentos. Allí alquiló una casa.

La enfermedad de Laura avanzaba inexorablemente. Cada vez su rostro estaba más pálido y demacrado. Un día apareció en la pequeña casa Manuel Mora. Sus intenciones son perversas. Trató brutalmente de que Laura se le entregara a él. La sacó de la cama, la zarandeó, la cogió con dureza, la golpeó y le gritó: Te aplastaré. Y con un violento movimiento la tiró al suelo. Pero la joven, una vez más, venció, y el amo no tuvo más remedio que salir de la habitación enfurecido y lleno de odio y lujuria contra Laura, porque no se había entregado a él.

Viendo próxima su muerte, llamó a su madre para decirle: Mamá, quiero hablar contigo. Yo pedí a Dios que a cambio de mi vida tú te arrepintieras de convivir en pecado con el amo, y Dios ha aceptado mi ofrecimiento. Antes de que muera, me darías mucha alegría si te reconcilias con el Señor. La madre se echó a llorar, y decía: Desdichada de mí, yo soy la culpable de la muerte de mi hija. Te juro, Laura, que haré lo que me pides. Señor, perdóname. Iré a la iglesia y me confesaré, abandonaré a ese hombre.

Durante su enfermedad, Laura recibió frecuentemente las visitas de las hermanas salesianas. A las religiosas le agradeció sus cuidados, diciéndoles: Nos veremos en el Cielo, y a María Auxiliadora le contaré todo el bien que he recibido de ustedes.  También el padre Crestanello acudió a verla. Antes de despedirse le dijo que tenía que irse a Santiago, pero que el padre Genghini le administraría la extremaunción y le traería el viático.

Al acercarse el fin, Amanda, toda llorosa, se abrazó a su hermana y ésta le dijo serenamente: No llores, querida Amanda; no te digo adiós, te digo hasta pronto, hasta el Cielo. Cuida de mamá. Respétala y ayúdala siempre. Sé buena y caritativa con todos. Sé fiel al Señor.

Un poco antes de morir, Laura pronunció estas sencillas palabras: Gracias, Jesús; gracias, Virgen María. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 22 de enero de 1904.

Fue sepultada al pie del Cerro de la Cruz, primer cementerio de Junín de los Andes. Más tarde, en 1937, sus restos fueron trasladados al cementerio de la Avenida Neochea. Y desde 1958, descansan en la capilla de las Hijas de María Auxiliadora en Bahía Blanca (Argentina).

La conversión de la madre

Muerta su hija, Mercedes del Pino se reconcilió con Dios, confesándose. El mismo día del entierro, junto al féretro de Laura, cumplió la promesa que había hecho a ésta. Para ella también comenzaba una nueva vida. Aunque no era fácil romper la cadena que le tenía atada a Mora -ello significaba de nuevo la soledad, la incertidumbre, la pobreza y la persecución-, lo hizo.

Pero el amo, brutal y matón como siempre, no se dio por vencido y la amenazó con una pistola si se marchaba de la estancia. Mercedes, sintiéndose fuerte y decidida, resistió. Se sentía en paz con Dios y esto valía más que cualquier riqueza. Una noche, amparada por la oscuridad, Mercedes huyó de Quilquihué. Su hija Amanda se quedó en el colegio bajo la custodia de las Hijas de María Auxiliadora. Poco tiempo después, Amanda contrajo matrimonio.

Al día siguiente, Mora la buscó furioso para conducirlo de nuevo a la hacienda, pero su búsqueda resultó infructuosa. Mercedes tuvo que cambiarse de nombre y salir disfrazada de aquella región para verse libre del hombre que la perseguía. Cruzó la cordillera de los Andes para establecerse en Chile. Volvió sola, pero sin sentirse abandonada porque había vuelto a encontrarse con Dios. Y fiel a lo que prometió a Laura, vivió el resto de su vida santamente.

Beatificación de Laura Vicuña

La causa de beatificación de Laura Vicuña se inició en Roma el 25 de febrero de 1982. No pudo introducirse antes por el problema que suponía en la época de su muerte la corta edad de la candidata de los altares. En efecto, la Iglesia, antes de declarar la santidad de una persona, exigía que se demostrase que el siervo (o la sierva) de Dios había practicado durante un conveniente período de tiempo las virtudes teologales y cardinales en grado heroico. Esto, en la práctica, excepto en los casos de martirio, excluía la posibilidad de que los niños y adolescentes fuesen beatificados o canonizados, pues por su breve vida no podía existir un largo período de tiempo de esfuerzo en el perfeccionamiento moral.

El precedente de santo Domingo Savio, muerto a los quince años y canonizado en 1954, hizo desbloquear la situación y que la Congregación para las Causas de los Santos admitiera procesos de otros niños y jóvenes. Por tanto, se pudo llegar a la instrucción del proceso de una muchacha menor de trece años como era el caso de Laura. Reconocida la heroicidad de las virtudes de la joven andina, fruto de la pedagogía salesiana, el 5 de junio de 1986, fue beatificada por Juan Pablo II el 3 de septiembre de 1988, en la Colina de las Bienaventuranzas Juveniles de Castelnuovo (Turín), donde había nacido san Juan Bosco.

 

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